“Tener en los ojos el
deseo de mirar. Tener en los zapatos las ganas de marchar. Y
quedarse… prisioneros de un mundo que sólo nos deja soñar”
No conozco otra forma de
escribir que no sea desde el interior. Todas y cada una de las
historias tienen su parte real, aunque hablen de dragones, de
princesas que esperan en sus torres o de niños que escapan volando
hacia un país donde crecer está prohibido.
Todo escritor mira dentro
de su vida antes de coger el bolígrafo. Si no está contento, crea
un mundo nuevo, perfecto, utópico. Si lo está, entonces las
historias suelen ser reales, con sentimientos palpables que no se
pierden en bocas ajenas como palabrería.
Aunque resulte extraño,
lo imposible se hace alcanzable si se sueña. Porque los sueños son
el comienzo de las posibilidades. Sin embargo, hay sueños en los que
algunos se sumergen demasiado hondo, tanto que la realidad a veces se
confunde, se entrelaza con aquellos pensamientos que parecen
pasajeros, que no están para quedarse, pero que sin querer pulsan
ese botón. Y entonces todo cambia.
El curso de los
pensamientos suele ser verdadero. Si al leer algo, te pierdes y no
consigues encontrarle el sentido, significa que el autor está
confuso.
Al leer cualquier texto,
le estás leyendo la mente al que lo escribe.