Quizá, se dice Raquel, la gente normal, la gente feliz, los otros, no aspiran a una vida tan intensa. Quizá se conformaron con lo que encontraron. No son adictos a las emociones fuertes. No aspiran a que su amante sepa hablar de cuadros y de libros y de composiciones de Stravinsky, y sea perfecto en la cama, entregado, perverso, imaginativo y sofisticado. Les basta con vivir el día a día y no esperan hallar fuera lo que no tienen dentro."
viernes, 16 de diciembre de 2016
"¿Qué tienen todos esos hombres y mujeres que parecen felices? ¿Qué secreto resorte de entusiasmo lleva escondido dentro la portera de su inmueble que la impulsa a cantar todas las mañanas mientras barre las escaleras? ¿Por qué el chico de la tienda de vinos parece tan satisfecho de haberse conocido? Raquel se encuentra con sus rostros en las aceras y se los queda mirando fijamente hasta incomodarlos, intentando desentrañar el misterio de su aparente acomodación al mundo, una mirada o un gesto que le recuerde a sí misma tal y como era antes.
jueves, 15 de diciembre de 2016
12
Camina por los callejones que escapan del interés de los turistas y empresarios, allí donde los grandes escaparates y rascacielos no representan más que un mal chiste que no es recomendado contar, allí donde todavía se puede apreciar la piedra primitiva sobre la que se había erigido tal civilización.
Se imagina murallas enormes, firmes portones de madera que no conocen el invento de la electricidad y sólo responden a la llamada del centinela. Se imagina puestos de frutas, que en la actualidad se harían llamar "frutas ecológicas", mas en aquel entonces tal redundancia era del todo innecesaria.
Y se pregunta una vez más si cualquier pasado no sería mejor o si, mejor dicho, el futuro que hemos convertido en presente resulta tan irónico como ilógico.
Se imagina murallas enormes, firmes portones de madera que no conocen el invento de la electricidad y sólo responden a la llamada del centinela. Se imagina puestos de frutas, que en la actualidad se harían llamar "frutas ecológicas", mas en aquel entonces tal redundancia era del todo innecesaria.
Y se pregunta una vez más si cualquier pasado no sería mejor o si, mejor dicho, el futuro que hemos convertido en presente resulta tan irónico como ilógico.
miércoles, 14 de diciembre de 2016
-Me das
envidia.
-¿Y eso?
-Porque no
soy capaz de entenderte. Por la misma razón que provoca que tú me comprendas
tan bien a mí. Tu cabeza está hecha de otra pasta, no puedes pretender pensar
como el resto.
-No te sigo
ahora mismo.
-Joder… Mira
ese árbol –señaló hacia un gran sauce, a dos metros, que se balanceaba mecido
por el viento-. Yo veo simplemente eso: un árbol, con sus hojas verdes y su
tronco marrón. Pero creo que tú ves mucho, muchísimo más. Creo que incluso
alcanzas a ver más de lo que cualquier ojo permite.
Sabía a qué
se refería, aunque no estuviera demasiado acertada al escoger las palabras para
describirlo. Ella también veía un árbol. Por supuesto que era esa, y no otra,
la visión que le proporcionaba su mirada. Pero no eran las imágenes que le
regalaba la luz las que hacían que tuviese una concepción tan singular del
mundo, sino las sensaciones.
Las
impresiones que le producían un mar en calma, una nube a punto de estallar, un amanecer,
una mirada sostenida o ese mismo árbol bailando al son de la brisa crepuscular,
eran las causantes de todas las sonrisas torcidas que la gente, como su amiga,
no lograba comprender. Había más magia en cada uno de esos acontecimientos
cotidianos que en la suma de los mejores números de un mago.
Sin embargo,
a menudo solo agradece de verdad los rayos de sol quien se ha pasado el mes
bajo un cielo encapotado. Es una lástima que para valorar algo tenga que
desaparecer.
martes, 13 de diciembre de 2016
lunes, 5 de diciembre de 2016
He
soltado un montón de te quieros inoportunos. Y me he guardado otros cuantos
cuando debía liberarlos.
He caminado
manteniendo el equilibrio para llegar a donde estoy ahora. Y no hay nada como
que el abismo te mantenga la mirada para valorar lo que tienes.
He jugado
con fuego llevándome un par de marcas de recuerdo. Y quemarse en ocasiones
resulta demasiado placentero.
He escrito
versos que nunca verán la luz. Y son más auténticos que los que lo logran.
He perdido
el sueño de noche y lo he encontrado de día. Y diría que cambiando la
perspectiva, se abren senderos inexplorados.
He desafiado
a la lógica anhelando lo prohibido. Y no hay nada más intrigante que un cartel
de "no pasar".
He eliminado
miles de frases tan incoherentes como el interior de mi mente. Y un tachón,
tecleo continuo, o canasta dentro de la papelera no se considera un error, sino
otro nuevo comienzo.
Y, tras todo eso, sólo me quedan ganas de descubrir lo que
falta por llegar. El incontable número de crepúsculos que me embriagarán, los
que me perderé y no echaré en falta por contemplar otros soles; todos los
sabores y olores que no alcanzo a imaginar todavía, distribuidos meticulosamente
por todos los sitios en los que seguro me encantará perderme; las palabras que
jamás se me ha ocurrido susurrar; la bifurcación que siempre ha estado ahí y
nunca se me ha antojado tomar; mirar las montañas que me han visto crecer y que
consigan reconocerme.
jueves, 1 de diciembre de 2016
11
Mientras
marcaba el número dos entre los seis botones del ascensor, se preguntó a sí
misma el motivo real de su visita. Tal vez necesitaba expresar sus dudas en voz
alta, y si le parecían descabelladas, al menos que también se lo pareciesen a
otra persona. Además, en Nola, aunque acostumbraban a discutir, encontraba una
complicidad y un cariño que le infundían confianza, y no se contaban con los
dedos de las manos las tardes que se habían pasado simplemente charlando, entre
cañas, sentadas en los barriles.
De modo que
comenzaron a conversar. Y Nuria soltó nombres, sucesos y sensaciones con una
convicción antaño desconocida, para al final hallarse con la pregunta:
-Pero tú
¿qué es lo que buscas en realidad?
-¿Quieres
saber qué quiero? Quiero reírme de verdad. Reírme hasta llorar. Reírme sin
preocuparme por si levanto los labios demasiado y se me ven las encías, ni por
si las patatas fritas que me acabo de comer se me han quedado entre los
dientes. Quiero peleas de comida y sofás volcados. Quiero amanecer y
preguntarle al nuevo día qué me depara, y preguntármelo a mí también sin poder
imaginármelo. Quiero que ese alguien me toque una canción y no sentirme
ridícula si me apetece llorar. Porque a veces, Nola, ya sabes, a veces es
normal llorar cuando te emocionas. Quiero poder tener la confianza de soltarme
y susurrarle al oído todas las travesuras que reprimí por una bondad que en
realidad no tengo. Porque todos decís que soy buena. Pero yo no lo considero
así. Me veo egoísta , en ocasiones demasiado entusiasta y en otras marchita y
sin ilusión. Me veo como una cría a la que le importa una mierda lo que piensen
los demás con tal de dar rienda suelta a sus tentaciones. Y sobre todo quiero
que alguien me sorprenda de verdad; no sé si ya le conozco o todavía no he
tenido la oportunidad, pero estaría bien alguien que me rompiera la camisa por
la noche y al día siguiente apareciese con una nueva, alguien al que no le
importe mover los muebles del salón porque de repente cree que se está mejor
sobre una manta dentro de una tienda de campaña improvisada. No sé… puede que
suene infantil.
-No, Nuria.
Suena idílico. No deja de ser un ideal. Una esperanza, una ilusión. Por ese
tipo de ideales se trata de cambiar a la gente. Yo perdí tiempo intentándolo,
todavía hoy. Pero nadie cambia. Te dirán que son capaces, y alguno puede que lo
crea realmente, pero no lo son.
Nola
continuó con su monólogo desesperanzador, rasgado por el paso de los años y las
desilusiones y Nuria, de nuevo, se encontró disconforme con la mujer que había
vivido tantas desgracias que se le había olvidado vivir. Sin embargo, halló en
esa negación interna a su propio yo diciéndole lo que antes no conseguía
escuchar. Se dijo que si ella era así, si ella hacía ese tipo de cosas y
también las anhelaba, ¿cuántas personas habría en el mundo afines a su modo de mirar? Un millón. Más. Muchas más.
Pero allí
no. Allí no.
martes, 29 de noviembre de 2016
Estaba segura de lo que debía sentir.
¿Y entonces a qué era debido ese hormigueo en la palma de las manos?
A que, aunque estaba segura de lo que debía sentir, no lo sentía.
Pensó esto al dar media vuelta y comenzar a correr.
Pensó esto mientras se despedía de la confusión.
Pensó esto. Sin mirar hacia atrás.
sábado, 26 de noviembre de 2016
10
“El camarero
reaparece con la taza de café y de pronto Jaime empieza a sentirse más
tranquilo, quizá porque ahora es consciente de que ya no alberga la menor
esperanza, de que lo ha perdido todo, y de que no queda, por tanto, ni el más
mínimo resquicio abierto a la ansiedad. Cuando llegó al restaurante lo hizo con
la misma absurda e insolente esperanza con la que uno relee una historia trágica
esperando que termine de otra manera. Pero ahora la marea de lo inevitable se
ha abalanzado sobre él, dejándolo demasiado exhausto como para respirar. La
marea se aleja, se lleva lo que Jaime deseaba ser, y cuando regresa, imponente,
trae la certidumbre de que Jaime ha perdido a Raquel para siempre.”
Si quisiéramos
narrar lo que sucedió sin complicarnos, diríamos que Nuria lloraba por lo que
quiso tener y nunca tuvo. O peor: por lo que quiso tener y tuvo demasiado
tarde. Tan tarde que lo que recibió tenía el mismo aspecto que lo que creía
anhelar, pero ese aspecto no era más que un envoltorio. Ya no quedaba nada de
la imagen idealizada que Nuria albergaba en su cabeza. La habían empobrecido y
maltratado el número de esperanzas que ella misma había mandado ahorcar.
David no
había cambiado. Era ella la que lo había hecho. Y con ella, su imagen de él. La
antaña adoración irracional, las miradas capaces de reactivar volcanes, las
ensoñaciones que se sucedían a ritmo frenético en las que se imaginaba con él:
con él, en la cama, con él en el teatro, con él en la playa, con él sobre la
encimera, con él muriéndose de frío al contemplar un cielo nocturno y
despejado, con él tirando el mapa por la ventanilla del coche mientras le
propone que se pierdan, con él inmersa en una guerra de cosquillas, con él
intentando impresionarle mientras se comunica en un perfecto alemán con un
turista desorientado… Ahora todo aquello se parecía a un pasado que nunca jamás
había existido, a error, a rabia y a orgullo. La capacidad de estar por encima
de cualquier situación que Nuria había hecho resurgir en ese año, la
incapacitaba en la tarea de volver a mirar a David con los mismos ojos.
Al fin y al
cabo, era él quien se había marchado. Era él quien no se había lanzado nunca a
por ella, a pesar de tener múltiples oportunidades. Y ahora estaba de vuelta, y
pretendía… ¿qué pretendía? Nuria no tenía la menor idea, y tampoco quería
tenerla. Nuria ya estaba harta de finales inacabados, de ensoñaciones
incompletas, de esperanzas frustradas, y tal vez por eso se acostó aquella noche
con David. Para, por una vez, pagarle con la misma moneda: permitirle probar lo
que le había estado esperando durante tanto tiempo, y acto seguido
arrebatárselo.
viernes, 25 de noviembre de 2016
9
Había pasado
una semana. El teléfono seguía sin sonar. Mejor dicho: había sonado, y más
veces de las que le hubiera gustado a David, pero los nombres que se reflejaban
en la pantalla no eran personas, sino falsas alarmas. Y continuaba aguardando,
incapaz de dar un paso en falso y ser el primero en llamar, porque ni siquiera
sabía si debía hacerlo. Como tampoco sabía si había hecho lo correcto pasándose
por el bar en el que trabajaba Nuria. Creía que se alegraría de volver a verle,
y así había sido. Sin embargo, a David no se le escapaba de la cabeza la
sensación de que no era la misma, de que cuando le miraba ya no hallaba esa
absoluta adoración. Tal vez eso fuese lo que le llevó por fin a acostarse con
ella. Hasta entonces, Nuria había sido tan alcanzable que no representaba
ningún reto. El juego era entretenido, pero no le satisfacía, no le intrigaba.
Quizás porque creía que ya la conocía, que no tenía forma de sorprenderlo, ni
siquiera en la cama.
Pero aquella
noche se encontró con una Nuria que albergaba un misterio digno de resolver. Y
le dirigió las palabras que antaño sólo había dejado entrever, como el que es lo
suficientemente valiente para dejar la puerta abierta y lo suficientemente
cobarde para cerrarla cuando ve que alguien se dispone a entrar. Sólo se
percató realmente de lo estúpido que había sido cuando su pelo despidió
destellos rojizos, envuelto en un gravitar que precedía al mejor beso que le
habían dado en mucho tiempo.
En ese
momento, mientras mantenía la vista fija pero a la vez perdida en su número, a
David se le pasó por la cabeza que nunca había estado más lejos de Nuria. Y
maldijo la otra noche, maldijo la cara de tonto que se le había quedado cuando
ella le pidió que se marchara. Pobre ingenuo. Creía que después de un año todo
volvería a seguir su curso tal y como lo había dejado. No comprendía que el
tiempo no solo corre para los que se marchan.
Arrojó el
móvil al sofá, despidiéndose al menos durante un rato de las preguntas sin
respuesta. Y dejó, como en tantas otras ocasiones, que las cosas surgieran solas.
jueves, 24 de noviembre de 2016
8
Suso
comprendía que su hija tuviese su propio
mundo. No la obligaba a volver al real, al común, porque sabía que ella ya lo
conocía, y que esa consciencia era la que le había provocado crearse uno
propio, más adaptado a sus necesidades. El hogar al que siempre poder huir. Y
este hecho no podía ser de otro modo dado que era como actuaba cualquier
artista. Sin esos mundos paralelos, sin esos conjuntos de ideas y sensaciones
diferentes, ¿qué voces llenarían los vinilos de su colección? ¿Quién inundaría
de luz los marcos de fotos? ¿Cuán vacías y pálidas se le antojarían las paredes
de su casa sin cuadros que las vistiesen?
Al contrario
que un padre corriente, no trataba de sacarle de la cabeza esa peregrina e insalubre
idea de ser artista. Y sabía que no había modo de hacerlo, puesto que Nuria
llevaba siendo artista desde su nacimiento. Suso la observaba crear con sólo
seis años, hallando argumentos impensables para una edad tan temprana; la
observaba crear cuando se quedaba patidifusa contemplando el labor de una
hormiga en su jardín; la observaba crear cuando llegaba fin de curso y con él sus
respectivas notas mediocres; la observaba crear cada vez que algún profesor le
mostraba el incontable número de bocetos que le habían sido usurpados a su hija
por no prestar atención.
Así que no.
Aunque contrastara con su personalidad –la de un hombre sensato, previsor, partidario
de trabajar duro en lugar de soñar despierto-, Suso no podía evitar
enorgullecerse internamente de las creaciones de Nuria, y a pesar de que no
lograba comprender al completo el significado de sus pinturas, siempre se le
escapaba una sonrisilla satisfecha cuando husmeaba por el hueco de su puerta y
la cazaba expresándose artísticamente. No se le pasaría jamás por la mente
interrumpirla en uno de esos momentos. Tan íntimos. Tan brillantes.
Acostumbraba a dar media vuelta y aplazar lo que le hubiese conducido a su
cuarto. Era, además, una cuestión de respeto. El mismo que le impedía a Nuria hacerle
apartar a su padre la atención de los sobres que se desparramaban a lo largo de
su escritorio aquellas tardes en las que tocaba recordar.
Tal vez
porque era conocedor de su talento, el año perdido de Nuria le oprimía las
sienes y le producía un incómodo sudor en las manos cuando se paraba a pensar
en lo lejos que podría llegar, los obstáculos que sin duda esquivaría porque
siempre se le había dado bien resolver problemas. Si su hija fuera tonta,
habría aceptado que dejase de estudiar, e incluso la habría animado a hacerlo.
Pero, de sus cuatro hijos, la última les había salido artista, y ni él ni su
esposa iban a consentir que tanta devoción terminase por ser un simple
espejismo.
miércoles, 23 de noviembre de 2016
"Él
le dice que está dispuesto a creer que ella es feliz, pero no que está sola.
¿Una chica como tú? Imposible. Le recuerda vagamente a un actor que siempre
interpreta papeles de bueno. La charla se extiende un buen rato y luego se
extingue por sí sola, una vez agotado el repertorio de tópicos de las
conversaciones de bar: el amor, la crueldad humana, la política, el mundo. La
vida, que tan simple parece en una mesa de café, le resulta a Elsa en realidad
un complejo entramado de calles amistosas y calles que no lo son, de
habitaciones en las que se ha sido feliz y habitaciones en las que una nunca lo
será, de espejos que devuelven un rostro agradable y espejos que nunca
favorecen, de vestidos que dan suerte y otros que no… Y así sucesivamente.”
“-Lo
que quiero decir, Raquel, es que creo que es absurdo intentar definir o prever
los patrones de conducta de cada uno, porque cuando nos enamoramos, por
ejemplo, no hay psicólogos ni psiquiatras que puedan explicar el fenómeno con
exactitud. En realidad, empiezo a pensar que el amor es tan inexplicable como
el sexo de los ángeles. De verdad, los psicólogos aplican teorías tan simples
como los planos y contraplanos de este vídeo, y para intentar explicar las
reacciones de los seres humanos tienden a echar mano de lugares comunes, de
teorías que se suponen universales, de mitos jungianos o patrones freudianos o
explicaciones lacanianas presuntamente aplicables a cualquier circunstancia
vital. Pero en la vida real los lugares comunes no funcionan, no existe el
absoluto ni los casos determinantes, porque la mayoría de las personas son
demasiado complicadas como para que sus reacciones puedan explicarse en función
de unas emociones predeterminadas.”
martes, 22 de noviembre de 2016
7
<<Mayo ha llegado con fuerza>>, pensaba Nuria mientras observaba el chaparrón que congregaba a los habituales fumadores en el umbral del portón. Ella no lo sospechaba, cómo habría de hacerlo, pues no tenía ni la menor idea de que tal pensamiento guardaba un matiz predictivo.
Aquella misma tarde, el cielo la sorprendía una vez más con su habitual impredecibilidad, saludándola mientras abría el bar con unos rayos luminosos que la obligaban a entrecerrar los párpados. Presagio, tal vez, de que su mundo estaba a punto de dar un vuelco.
Cuatro horas más tarde, Nuria se relamía internamente mientras observaba lo rápido que había avanzado el reloj: ya casi era hora de cerrar. Se imaginaba paseando de vuelta a casa por las callejuelas de piedra que guardaban su niñez; se imaginaba que de pronto percibía vida en un local que no solía abrir un martes; se imaginaba oyendo una voz amiga que la invitaba a tomarse algo. Pero Nuria no había cerrado todavía el bar. Y fue otra voz la que llegó a sus oídos, aunque también familiar.
-¡BU!
En aquel momento, vio como natural el girarse hacia la barra y cerciorarse de si sus temores eran ciertos, de si el dueño de esa voz era el mismo que había desaparecido hacía casi un año, sin dejar rastro ni despedida a la cual aferrarse. En aquel momento, Nuria anhelaba mirarle de nuevo: contemplar el tono ocre de sus ojos, su barba que siempre se le había asemejado a la de un pirata, la sonrisa torcida de quien ha ganado o está al alcance de conseguirlo todo, el pecho erguido que planchaba la camiseta de su grupo favorito. En aquel momento, se alegró tanto de volver a tenerle en frente que olvidó todo el sufrimiento, todas las ilusiones frustradas, todos los juegos a los que él había jugado con ella, sin esta percibirlo hasta pocos meses atrás.
-¡David! ¿Pero qué haces aquí?
Lo que pasó a continuación se lo devolvería su mente al día siguiente teñido con un filtro de arrepentimiento, de frustración irónica; y su recuerdo se intercalaba con una cita que no había desaparecido de su cabeza en años: <<Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiese llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo.>>
Aquella noche, la primera desde hacía mucho tiempo en la que se miraban con ganas y sin prejuicios, tras una serie de cubatas y cigarros prohibidos a puerta cerrada, ambos terminaron en el piso de Nuria. Primero, en la cocina; después, en el sofá; y, por último, en la cama. Y Nuria al fin consiguió lo que tanto había ansiado tiempo atrás, al fin tiró al suelo con ademán furioso la camiseta que siempre había querido que le regalase, al fin arañó su espalda, mordió su abdomen y descubrió el cuerpo que tanta intriga le provocaba. Pero se sorprendió hallando ira en cada beso que le regalaba a David. Donde creía que encontraría seguridad y calidez, descubrió una nueva faceta de sí misma: una que no le gustaba. Encontró a una mujer que ya no era la niña que soñaba con él; encontró a alguien que más que hacer el amor, se desfogaba, se liberaba de tanto odio, de tan larga y dolorosa espera, de la sucesión de casis que antaño habían minado su autoestima. Recordar a Benja sólo la hizo enfurecerse más, y la cama rugía también enfurecida, y el hombre que tenía debajo gemía enloquecido, inconsciente, embriagado y ajeno al motivo real de tanta agitación.
No hubo desayuno; de hecho, ella le pidió que se marchase nada más terminar. A él le sorprendió, no iba a engañarse, pero lo aceptó. Había pasado mucho tiempo.
Aquella misma tarde, el cielo la sorprendía una vez más con su habitual impredecibilidad, saludándola mientras abría el bar con unos rayos luminosos que la obligaban a entrecerrar los párpados. Presagio, tal vez, de que su mundo estaba a punto de dar un vuelco.
Cuatro horas más tarde, Nuria se relamía internamente mientras observaba lo rápido que había avanzado el reloj: ya casi era hora de cerrar. Se imaginaba paseando de vuelta a casa por las callejuelas de piedra que guardaban su niñez; se imaginaba que de pronto percibía vida en un local que no solía abrir un martes; se imaginaba oyendo una voz amiga que la invitaba a tomarse algo. Pero Nuria no había cerrado todavía el bar. Y fue otra voz la que llegó a sus oídos, aunque también familiar.
-¡BU!
En aquel momento, vio como natural el girarse hacia la barra y cerciorarse de si sus temores eran ciertos, de si el dueño de esa voz era el mismo que había desaparecido hacía casi un año, sin dejar rastro ni despedida a la cual aferrarse. En aquel momento, Nuria anhelaba mirarle de nuevo: contemplar el tono ocre de sus ojos, su barba que siempre se le había asemejado a la de un pirata, la sonrisa torcida de quien ha ganado o está al alcance de conseguirlo todo, el pecho erguido que planchaba la camiseta de su grupo favorito. En aquel momento, se alegró tanto de volver a tenerle en frente que olvidó todo el sufrimiento, todas las ilusiones frustradas, todos los juegos a los que él había jugado con ella, sin esta percibirlo hasta pocos meses atrás.
-¡David! ¿Pero qué haces aquí?
Lo que pasó a continuación se lo devolvería su mente al día siguiente teñido con un filtro de arrepentimiento, de frustración irónica; y su recuerdo se intercalaba con una cita que no había desaparecido de su cabeza en años: <<Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiese llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo.>>
Aquella noche, la primera desde hacía mucho tiempo en la que se miraban con ganas y sin prejuicios, tras una serie de cubatas y cigarros prohibidos a puerta cerrada, ambos terminaron en el piso de Nuria. Primero, en la cocina; después, en el sofá; y, por último, en la cama. Y Nuria al fin consiguió lo que tanto había ansiado tiempo atrás, al fin tiró al suelo con ademán furioso la camiseta que siempre había querido que le regalase, al fin arañó su espalda, mordió su abdomen y descubrió el cuerpo que tanta intriga le provocaba. Pero se sorprendió hallando ira en cada beso que le regalaba a David. Donde creía que encontraría seguridad y calidez, descubrió una nueva faceta de sí misma: una que no le gustaba. Encontró a una mujer que ya no era la niña que soñaba con él; encontró a alguien que más que hacer el amor, se desfogaba, se liberaba de tanto odio, de tan larga y dolorosa espera, de la sucesión de casis que antaño habían minado su autoestima. Recordar a Benja sólo la hizo enfurecerse más, y la cama rugía también enfurecida, y el hombre que tenía debajo gemía enloquecido, inconsciente, embriagado y ajeno al motivo real de tanta agitación.
No hubo desayuno; de hecho, ella le pidió que se marchase nada más terminar. A él le sorprendió, no iba a engañarse, pero lo aceptó. Había pasado mucho tiempo.
"Retornó a la cama. Lilian, medio dormida, rodó sobre el colchón, se acurrucó a su lado y reposó la cabeza en su hombro. María la abrazó y pensó que al abrazarla, abrazaba a un trozo de sí misma, puesto que Lilian, como todo amor, era, más allá de su propia identidad, una construcción, un soporte investido. En ella, como en cada amante, había parte de María, de sus aspiraciones, de sus necesidades. Y de ella, como de los demás, había recibido, por tanto, un reflejo de sí misma. Cada uno había actuado como un espejo diferente y le había hecho verse de distinta manera. Llegó horrible a Escocia porque Miguel ya no la quería. Y en Edimburgo, Grahame, que la deseaba, la convirtió en hermosa; y por Andy, que la admiraba, se sintió inteligente. Y con Lilian, de igual a igual, volvió a ser persona.
Había construido una pirámide en la que cada cara, cada triángulo, sostenía a los otros, y la suma de todos ellos componía a María.
Al día siguiente abandonaba la ciudad y toda aquella historia parecía un breve sueño que colgaba de un presente que ya era su pasado. A la luz del radiador Lilian se tornó anaranjada, cálida y brillante. Fijó la mirada en ese color, y lo mantuvo en la memoria al cerrar los ojos para volver a hundirse en los acogedores refugios del sueño. Pero esta vez sin miedo. Ya no huía, simplemente descansaba, haciendo acopio de fuerzas para volver."
sábado, 19 de noviembre de 2016
6
Ahora debía despedirse de otro de sus mundos. Y este, aún encima, era su favorito. Tan perfecto como irreal. Tan idealizado que, si llegara a materializarse, carecería de sentido. Y era ese el motivo por el que tenía que dejarlo marchar -aunque le doliese más que un latigazo, con marca incluida-: no era real, nunca lo había sido. Se repetía esto cada mañana, después y antes del primer café. Se repetía esto en la ducha, cuando se esforzaba en cantar pensando por una vez en la letra. Se repetía esto mientras pedía cien gramos de harina, y también cuando los utilizaba. Se repetía esto al mismo tiempo que el protagonista de la película se enfrentaba a sus miedos. Se repetía esto al ponerse el pijama. Se repetía esto al despedirse del sol otro día más.
Pero jamás se lo ha repetido creyéndoselo. A lo mejor, cuando lo haga, no necesita más repeticiones.
Pero jamás se lo ha repetido creyéndoselo. A lo mejor, cuando lo haga, no necesita más repeticiones.
viernes, 18 de noviembre de 2016
5
El futuro se
parece a una tragaperras que no necesita monedas y que no cesa de girar.
Cambiando la velocidad y el sentido, eso sí, en función de nuestras decisiones.
Hasta la más insignificante puede torcernos el rumbo y cambiarnos los esquemas.
A lo mejor
un día a Nola se le antoja ir a ese puesto del mercado que tiene las manzanas
más naturales y apetecibles del mundo. A lo mejor conoce al chico que le sonríe
cuando le entrega la bolsa. A lo mejor ese chico, con el tiempo, acaba por
infundirle la confianza que creía perdida. A lo mejor crece como profesional y
como persona, en parte gracias a él, en parte gracias a ella. A lo mejor logra
el trabajo que siempre soñó, en el lugar donde siempre soñó dormir. A lo mejor
ese chico pasa a ser una experiencia más del camino y llega el momento en el
que se ve obligada a decirle adiós. Pero, aunque eso sucediera, la causa de su
crecimiento siempre sería la misma: un día a Nola se le antojó ir a ese puesto del mercado.
Hay personas
que no están destinadas a quedarse con nosotros, sino que aparecen en nuestras
vidas para dejarnos su huella intercalada con una lección. ¿Cuál es el objetivo
de esto? Aprender y avanzar.
jueves, 17 de noviembre de 2016
También hay cosas que me sacan de quicio.
La gente
intransigente que exige empatía.
Los halagos
falsos sin razón de sí.
Un albañil
de derechas. Uno no. Muchos.
Que no se
vaya la luz una noche de tormenta.
Los
prejuicios propios del que nunca ha cambiado de zapatos.
Mantener la
calefacción al máximo para crear un verano invernal.
Los futuros
que jamás se tornarán presentes.
Que alguien
se ponga en modo avión cuando le estoy revelando sensaciones que nunca antes
había exteriorizado.
Que el tarro
de la sal se parezca tanto al del azúcar y que yo me despierte tan dormida.
El mejor
momento de la canción interrumpido por un diálogo banal.
Hacer la
mochila para escapar a la playa y que comience a llover.
Perder
cuando sé que podría haber ganado por goleada.
Los tiempos
en condicional. Y lo que conllevan.
No poder
deshacer nunca del todo la maleta.
Haber
perdido la <<lista de cosas que hacer antes de morir>> garabateada
a los quince. Habría tachado un par de experiencias.
Que alguien
aumente el volumen de la televisión porque se grita en lugar de hablar.
El recuerdo
que me prohíbe concentrarme.
Los lunes
que sólo son lunes.
La cantidad
de susurros que permanecerán anclados en una esquina recóndita de la avenida
que rodea lo que pudo ser y no será.
(...)
miércoles, 16 de noviembre de 2016
“-Doctor,
puede decírmelo –insistió ella-. Ya no tengo miedo, ni indiferencia, ni nada.
Tengo voluntad de vivir, pero sé que esto ahora no basta y estoy resignada con
mi destino.
-Entonces,
¿qué es lo que desea?
-¿Cuánto
tiempo me queda? –repitió Veronika, mientras la enfermera le ponía la
inyección.
-Veinticuatro
horas. Quizá menos.
Ella bajó
los ojos y se mordió los labios, pero se controló.
-Quiero
pedir dos favores. El primero es que me dé un medicamento, una inyección, lo
que sea, para que me mantenga despierta y aproveche cada minuto que me reste de
vida. Tengo mucho sueño, pero ya no quiero dormir; tengo mucho que hacer: cosas
que siempre he dejado para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna;
cosas por las que perdí interés cuando creí que la vida no valía la pena.
-¿Cuál es su
segunda petición?
-Salir de
aquí y morir allá afuera. Quiero subir al castillo de Ljubljana, que siempre ha
estado ahí y nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Quiero conversar con
la mujer que vende castañas en el invierno y flores en la primavera. ¡Cuántas
veces nos hemos cruzado y nunca le he preguntado cómo se sentía! Quiero andar
por la nieve sin abrigo, sintiendo el extremo frío, yo que siempre anduve bien
abrigada, para no resfriarme.
>>En
fin, Dr. Igor, quiero que la lluvia me dé en la cara, sonreír a los hombres que
me interesan, aceptar todos los cafés que me inviten. Tengo que besar a mi
madre, decirle que la amo, llorar en su hombro, sin vergüenza de mostrar mis
sentimientos, que siempre existieron pero los oculté.
>>Quizá
entre en la iglesia, mire las imágenes que nunca me dijeron nada… y a lo mejor
me dicen alguna cosa. Si un hombre interesante me invita a un cabaret, lo
aceptaré y bailaré toda la noche, hasta caer exhausta. Luego me iré a acostar
con él, pero no como lo he hecho en otras ocasiones. Quiero entregarme a un
hombre, a la ciudad, a la vida y, finalmente, a la muerte…”
“-En la
catedral de Florencia hay un reloj bellísimo, diseñado por Paolo Uccello en
1443. Pero este reloj tiene una curiosidad: aunque marca las horas como los
demás, las manecillas van en sentido contrario.
-¿Qué tiene
que ver esto con mi enfermedad?
-Para allá
voy. Paolo Uccello, al fabricar este reloj, no trataba de ser original. En
realidad, en aquel momento había otros relojes así y otros cuyas manecillas
iban en el sentido contrario que hoy conocemos. Por alguna razón desconocida,
quizá porque el duque tenía un reloj cuyas agujas marchaban en el sentido que
hoy conocemos como <<correcto>>, este fue el sentido que se impuso
como único y el reloj de Uccello pasó a ser una aberración, una locura.
>>Ahora
vayamos a su mal: cada ser humano es único, con sus propias cualidades, instintos,
formas de placer, búsqueda de aventuras. Pero la sociedad termina imponiendo
una manera colectiva de actuar y la gente no se detiene a preguntarse por qué
hay que comportarse así. Lo aceptan y ya, como los dactilógrafos aceptaron el
hecho de que el QWERTY era el mejor teclado posible. ¿Ha conocido a alguien en
toda su vida que se haya preguntado por qué las manecillas del reloj marchan en
una dirección y no en sentido contrario?
-No.
-Si alguien
preguntara, seguramente escucharía: <<¡Está usted loco!>> Si insistiera
en la pregunta, los demás tratarían de encontrar una razón, pero enseguida
cambiarían de tema, porque no hay ninguna razón, salvo la que le he explicado.
Ahora, volvamos a su pregunta. Repítala.
-¿Estoy curada?
-No. Usted
es una persona diferente y quiere ser igual. Y esto, según mi punto de vista,
se considera un mal grave.”
lunes, 14 de noviembre de 2016
"Una tarde pasó frente a la estatua de Preweren, el gran poeta esloveno, y comenzó a reflexionar sobre su vida. A los treinta y cuatro años, él había entrado cierta vez en una iglesia y vio a una joven adolescente, Julia Primic, por la que se apasionó perdidamente. Como los antiguos trovadores, le escribió poemas, con la esperanza de casarse con ella.
Resultó que Julia era hija de una familia de la alta burguesía y, salvo en aquel encuentro fortuito en la iglesia, Preweren nunca consiguió acercársele. Pero aquel encuentro le inspiró sus mejores versos y creó la leyenda en torno a su nombre. En la pequeña plaza central de Ljubljana, la estatua del poeta mantiene los ojos fijos en una dirección: quien siga su mirada descubrirá, del otro lado de la plaza, un rostro de mujer esculpido en la pared de una de las casas. Allí moraba Julia. Preweren, incluso después de muerto, contempla por toda la eternidad su amor imposible.
¿Y si él hubiera luchado más?"
"Eduard sonreía, quizá sin entender ni una palabra de lo que le estaba diciendo. Pero ella se acordó del Dr. Igor: los esquizofrénicos podían entrar y salir de sus separadas realidades.
-Yo voy a morir -continuó, con la esperanza de que sus palabras fueran comprendidas-. La muerte ya rozó hoy mi cara con sus alas y tocará a mi puerta mañana o después. No tienes que acostumbrarte a oír el piano todas las noches.
>>Nadie se tiene que acostumbrar a nada, Eduard. Mira: yo estaba disfrutando de nuevo del sol, de las montañas, de los problemas y hasta estaba aceptando que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie, salvo mía. Quería volver a ver la plaza de Ljubljana, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas simples y tontas que forman parte de lo cotidiano, pero que dan gusto a la existencia. Si algún día llegara a salir de aquí, me permitiría ser loca, porque todo el mundo lo está y aún son peores aquellos que no saben que lo están, porque no hacen más que repetir lo que los otros ordenan.
>>Pero nada de esto es posible, ¿entiendes? Por lo mismo, no tienes que pasarte el día esperando que llegue la noche y que una de las internas toque el piano, porque esto pronto acabará. Mi mundo y el tuyo se están acabando."
Resultó que Julia era hija de una familia de la alta burguesía y, salvo en aquel encuentro fortuito en la iglesia, Preweren nunca consiguió acercársele. Pero aquel encuentro le inspiró sus mejores versos y creó la leyenda en torno a su nombre. En la pequeña plaza central de Ljubljana, la estatua del poeta mantiene los ojos fijos en una dirección: quien siga su mirada descubrirá, del otro lado de la plaza, un rostro de mujer esculpido en la pared de una de las casas. Allí moraba Julia. Preweren, incluso después de muerto, contempla por toda la eternidad su amor imposible.
¿Y si él hubiera luchado más?"
"Eduard sonreía, quizá sin entender ni una palabra de lo que le estaba diciendo. Pero ella se acordó del Dr. Igor: los esquizofrénicos podían entrar y salir de sus separadas realidades.
-Yo voy a morir -continuó, con la esperanza de que sus palabras fueran comprendidas-. La muerte ya rozó hoy mi cara con sus alas y tocará a mi puerta mañana o después. No tienes que acostumbrarte a oír el piano todas las noches.
>>Nadie se tiene que acostumbrar a nada, Eduard. Mira: yo estaba disfrutando de nuevo del sol, de las montañas, de los problemas y hasta estaba aceptando que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie, salvo mía. Quería volver a ver la plaza de Ljubljana, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas simples y tontas que forman parte de lo cotidiano, pero que dan gusto a la existencia. Si algún día llegara a salir de aquí, me permitiría ser loca, porque todo el mundo lo está y aún son peores aquellos que no saben que lo están, porque no hacen más que repetir lo que los otros ordenan.
>>Pero nada de esto es posible, ¿entiendes? Por lo mismo, no tienes que pasarte el día esperando que llegue la noche y que una de las internas toque el piano, porque esto pronto acabará. Mi mundo y el tuyo se están acabando."
jueves, 10 de noviembre de 2016
"La utilidad del pasado está en quedarse atrás."
Tenemos la
extraña afición de volver a los mismos sitios cuando regresamos a una
determinada ciudad. Nos encanta pasear por ellos y que nos invadan los
recuerdos en cada esquina. Encantar, a lo mejor, no es la palaba adecuada. Pero
lo buscamos, aunque en la mayoría de las ocasiones sea nocivo, sentimos la
necesidad de volver a mirar en la misma dirección y ver lo mismo, a pesar de
que todo haya cambiado. Es entonces y solo entonces cuando nos cercioramos de
que el reloj no ha dejado de contar por muy larga que sea nuestra ausencia. Y
cuando miramos el escalón, el parque, la cervecería o el puente de nuestra
añoranza, sentimos que ya no son los mismos, porque ya no son nuestros.
Considero un
error la necesidad que nos apremia a retornar a los lugares que antaño parecían
guardar nuestro nombre. La alternativa más adecuada siempre será conocer nuevos
senderos, y dejarse un pedazo de corazón en cada uno de ellos; no prometer en
las despedidas, simplemente aprovecharlas porque presagian un final.
No hay nada
que salvar en la nostalgia. La nostalgia se sustenta a base de pasado. Y si nos
dejamos seducir en exceso por ella, nos pasaremos la vida con la mirada
perdida.
lunes, 7 de noviembre de 2016
Winter
´Creo que hay pocas sensaciones tan reconfortantes como pasear por una ciudad que acaba de ser acariciada por la lluvia. Todo es diferente sin cambiar en absoluto. Hasta tú lo eres. También tú te renuevas, de alguna manera, con la lluvia. Sobre todo al observarla caer a través del cristal. O cuando te moja, cuando te cala hasta los huesos, para llegar a casa y quitarte los zapatos nada más entrar, y que alguien aparezca de pronto con una toalla, y que la ropa vuele y la toalla también, y que de pronto te olvides de que estás helada. Porque ya no lo estás.
sábado, 5 de noviembre de 2016
No sé hacia
dónde debemos dirigirnos. A veces me cuesta diferenciar entre perder tiempo o
aprovecharlo. A menudo mis noches se convierten en días y pasan a ser estos los
que me confunden. No sé si tomar un determinado camino me llevará a perderme
otro todavía mejor. De momento no tengo ni idea de si debo capturar, escribir o
crear sensaciones, ni si en lugar de eso mi futuro está en intentar que la
marea no suba todavía más. Voy dando pasos de ciego, tropezando algunas ocasiones,
encontrándome otras, pero suelo salir ilesa.
Aunque
elegir siempre ha sido lo más duro. Porque mientras no lo hagas, todo sigue
siendo posible.
jueves, 27 de octubre de 2016
4
-Sé
perfectamente a qué fue debido. Fueron diez años, casi once, en los que no dejamos
de conocer historias ocultas tras caras nuevas. Descubrí allí lo mejor y lo
peor del ser humano. Hubo momentos, créeme, que pasé miedo. El alcohol de vez
en cuando hace resurgir el lado más oscuro de las personas, y en ese estado tan
anárquico es muy difícil hacerles comprender que lo que están haciendo está
fuera de lugar.
>>Durante
ese tiempo, mantuvimos muchas conversaciones interesantes, no tenían nada que
envidiarles a las tertulias propias de pedantes. Sin embargo, también nos vimos
obligados a fingir, a hacer el papel de auténticos actores y aparentar que nos
interesaba lo que nos contaban cuatro gatos que estaban perdidos en su soledad.
Debido a ello, acabamos por crearnos involuntariamente distintas versiones de
nuestra forma de ser. Nos mostrábamos cariñosos con quien parecía pedir aprecio
en lugar de una cerveza, cambiábamos la música en función de los gustos de la
persona que estuviese al otro lado de la barra, nos transformábamos en
cómplices, en amigos, en el sacerdote que escucha cualquier pecado sin inmutarse,
en la mujer que siempre han querido llevarse a la cama o en el hombre que bajo
ningún concepto dejará pasar un insulto. Y en ocasiones, sobre todo después de
un día duro, volvíamos a casa con un millón de perspectivas desde las que mirar
el mundo que se entremezclaban, hasta el punto de que no sabíamos cuál era la
nuestra. Usábamos tantos rostros que, cuando volvíamos a ponernos el nuestro,
se nos antojaba extraño.
<<Y
ese no es más que otro de los muchos motivos por los que decidimos abandonar la
aventura. Nos consumía. Nos arrebataba los días y estábamos tan ocupados con el
millar de obligaciones que pusimos como prioridades que no nos percatamos de
verlos irse. Todos crecimos allí, de un modo u otro. Unos aprendieron a caminar
entre baldosas y taburetes, otros conocieron el turbio mundo de la noche, y
algunas, como yo, nos cercioramos a base de tortazos de que muy pocas personas
merecen nuestra confianza. Pero no es ese el futuro que quiero para mis hijos,
por muchos momentos bonitos que haya vivido entre esas paredes. No quiero verlos
pelearse por estar conmigo, quiero que se harten de mí porque me ven durante
todo el día; no quiero verlos hablar con gente con la que ni yo hablaría,
quiero poder enseñarles a escoger quién merece su tiempo y quién no. Lo
entiende, ¿verdad? No considero que sea el mejor lugar para unos niños.
-Allí se
formó una familia, según me ha dicho. No creo que haya mejor sitio para un niño
que con su familia.
miércoles, 26 de octubre de 2016
Yo creo en las energías y en las percepciones.
Creo en la energía de un cuerpo en descomposición que se transforma en alimento para la planta que nacerá de su muerte. En la energía invisible e imposible de captar por los sentidos que provoca que esa banda sonora te erice la piel. En la energía que lleva a una madre a dar su propia vida por su hijo. En la energía del propio ciclo terrestre que consigue hacer mudar casi por completo a un árbol sin que parezca otro. En la energía que se apropia de palabras sin la necesidad de decirlas cuando dos personas se miran. En la energía capaz de transformarnos en locos durante lo que dura una escapada.
Creo en las percepciones que surcan los límites de nuestro raciocinio, fusionando nuestras impresiones con nuestro comportamiento y sentimientos, burlándose de los sentidos, de la propia realidad. Esas en las que nosotros mismos nos vemos reflejados, como si cumpliesen la función de un río plagado de rápidos si nos sentimos agitados. Las percepciones de nuestro propio mundo se parecen a un antifaz que tiñe de color nuestro mirar, y esto provoca que veamos cerca lo que está lejos o que nos resulte el fin del mundo una situación irrisoria.
Y también creo que hay momentos en los que se debe mantener a raya ambas, y otros en los que es necesario dejarse llevar por la tentación.
martes, 25 de octubre de 2016
Lista de cosas que arrebatan el aliento.
Un sol
afinado en una guitarra acústica, la cerveza que va por la mitad y se mantiene
fría, esa carcajada que no te sale con cualquiera, un billete que aparece el
día indicado, los últimos cinco minutos antes de que parta el tren (los mismos
que creías perdidos por culpa del adelantado de tu reloj), reemplazar la cena
por una avalancha de ideas que bajo ningún concepto se debe dejar que escapen,
trasnochar simplemente porque apetece aún sabiendo las escasas horas de sueño a
posteriori, llegar puntual por los pelos a una cita y luego hacerte la
contrariada porque llevas esperando treinta segundos, que él o ella lo sepa y
se eche a reír, la canción de Michael Kiwanuka que consigue hacer descansar a
cualquier reloj, una playa desierta, una playa desierta contigo y conmigo, que
olvides por completo durante una noche todas tus obligaciones y te pongas como
excusa que puedes morirte en cualquier momento, la sonrisa desprevenida y
natural que inmortaliza una cámara, el conjunto de metáforas con las que Sabina
consigue hacer soñar, cuando decides que te la suda todo y le das rienda suelta
a las ganas, los domingos de ruta, los viernes de apocalipsis, las palabras
perfectas para susurrarte al oído, el paquete de café que te ha salvado la
mañana y creías inexistente, tener una conversación en inglés con un alemán y
acabar hablando francés, el sonido de una ola justo después de haberse roto
contra la arena, el viento en un campo de maíz, que te tapen hasta arriba con
la manta cuando creen que estás profundamente dormida.
Y a todo
eso le podemos añadir el modo en que miras.
3
Cuando miras durante demasiado tiempo hacia una única dirección, las demás comienzan a asemejarse a senderos inciertos, para nada apetecibles. Hay sentimientos que nos nublan el mirar, nos anclan en un tiempo y en un solo lugar. Y cuando nos preguntan sobre el resto del mundo, su exhuberante infinidad se nos antoja peligrosa, resolvemos que es mejor permanecer junto a una persona antes que marchar a conocer cientos.
Benja se halló pensando en todo esto con incredulidad. Él, que nunca había sido amigo de mantener los pies en el mismo puerto durante más de lo que dura una tormenta; él, con sus ideales y convicciones –en ese instante, un tanto olvidadas- plagadas de frases en las que estaba prohibida la palabra “querer” o “siempre”; él, con sus veinticinco años a rebosar de experiencias, ¿realmente prefería quedarse allí? ¿Estaba remplazando todos los billetes de avión, las entrevistas con cantantes, las camas inmensas de hotel, por un sitio al lado de Nuria en el sofá?
Se giró ligeramente hacia la izquierda para mirarla durante unos segundos. Había notado que se había dormido mucho antes, por su respiración. Su mano seguía todavía entre las suyas, mas ya carente de voluntad, mientras que su cabeza descansaba en el hombro de Benja. Recordó entonces un fragmento de su libro favorito, “Marina”, el cual afirmaba que resulta sumamente conmovedor el momento en el que alguien se abandona de esa forma.
Y de nuevo se formuló la pregunta, pero esta vez a la inversa: ¿De verdad era capaz de marcharse , de dejarla dormir sola por las noches –o acompañada, lo cual daba aún más pavor-, de perderse cada una de las manías que siempre le sacaban de quicio para terminar arrancándole auténticas sonrisas? ¿Estaba dispuesto a renunciar a su mundo favorito simplemente por continuar saltando de uno a otro? Tenía miedo. Nunca se había planteado quedarse con el sabor de un beso, pudiendo probar mil nuevos.
-Detesto los finales felices en aeropuertos –comentó Nuria de pronto, sacando a Benja de su evasión-. ¿Puede haber un sitio más frío? ¿Por qué al protagonista siempre se le ocurre ir a buscarla en el último momento?
-Para que la trama sea más intrigante. Él puede llegar tarde y perderla.
-O también podría haber sido un poco menos gilipollas y no esperar tanto.
-¿Dónde pondrías tú un final feliz?
Nuria alzó la mirada con un atisbo de sonrisa escondido en su comisura derecha antes de responder:
-En un sofá, por ejemplo.
A Benja se le esfumaron cada una de las preguntas sin respuesta en cuanto la probó de nuevo. Supo entonces que se quedaría allí, en ese pueblo, al menos un ratito más.
-¿Sabes? Te queda genial este vestido. Pero le queda mejor al sofá.
Benja se halló pensando en todo esto con incredulidad. Él, que nunca había sido amigo de mantener los pies en el mismo puerto durante más de lo que dura una tormenta; él, con sus ideales y convicciones –en ese instante, un tanto olvidadas- plagadas de frases en las que estaba prohibida la palabra “querer” o “siempre”; él, con sus veinticinco años a rebosar de experiencias, ¿realmente prefería quedarse allí? ¿Estaba remplazando todos los billetes de avión, las entrevistas con cantantes, las camas inmensas de hotel, por un sitio al lado de Nuria en el sofá?
Se giró ligeramente hacia la izquierda para mirarla durante unos segundos. Había notado que se había dormido mucho antes, por su respiración. Su mano seguía todavía entre las suyas, mas ya carente de voluntad, mientras que su cabeza descansaba en el hombro de Benja. Recordó entonces un fragmento de su libro favorito, “Marina”, el cual afirmaba que resulta sumamente conmovedor el momento en el que alguien se abandona de esa forma.
Y de nuevo se formuló la pregunta, pero esta vez a la inversa: ¿De verdad era capaz de marcharse , de dejarla dormir sola por las noches –o acompañada, lo cual daba aún más pavor-, de perderse cada una de las manías que siempre le sacaban de quicio para terminar arrancándole auténticas sonrisas? ¿Estaba dispuesto a renunciar a su mundo favorito simplemente por continuar saltando de uno a otro? Tenía miedo. Nunca se había planteado quedarse con el sabor de un beso, pudiendo probar mil nuevos.
-Detesto los finales felices en aeropuertos –comentó Nuria de pronto, sacando a Benja de su evasión-. ¿Puede haber un sitio más frío? ¿Por qué al protagonista siempre se le ocurre ir a buscarla en el último momento?
-Para que la trama sea más intrigante. Él puede llegar tarde y perderla.
-O también podría haber sido un poco menos gilipollas y no esperar tanto.
-¿Dónde pondrías tú un final feliz?
Nuria alzó la mirada con un atisbo de sonrisa escondido en su comisura derecha antes de responder:
-En un sofá, por ejemplo.
A Benja se le esfumaron cada una de las preguntas sin respuesta en cuanto la probó de nuevo. Supo entonces que se quedaría allí, en ese pueblo, al menos un ratito más.
-¿Sabes? Te queda genial este vestido. Pero le queda mejor al sofá.
viernes, 21 de octubre de 2016
"Todo lo que no aprendí nunca se me ha olvidado."
El final de la película que nunca terminé de ver por no esperar una visita inesperada.
La hucha que no alcanzó el objetivo de su origen.
La mandala del río Yamuna que se extravió junto con mi cartera de Rennes.
Los estribillos que jamás replicaron en mis oídos.
La hoja seca de mi infancia, perdida dentro de un libro con localización olvidada.
El libro que abandoné en la página 57; el mismo que me habría sorprendido en la página 59.
Las casualidades en las que traté de hallar causas.
El café más rico del mundo. El café más rico del mundo frío.
Todas las palabras que no se me ocurrieron en el momento oportuno. Todas esas que se me ocurren ahora.
La hucha que no alcanzó el objetivo de su origen.
La mandala del río Yamuna que se extravió junto con mi cartera de Rennes.
Los estribillos que jamás replicaron en mis oídos.
La hoja seca de mi infancia, perdida dentro de un libro con localización olvidada.
El libro que abandoné en la página 57; el mismo que me habría sorprendido en la página 59.
Las casualidades en las que traté de hallar causas.
El café más rico del mundo. El café más rico del mundo frío.
Todas las palabras que no se me ocurrieron en el momento oportuno. Todas esas que se me ocurren ahora.
jueves, 20 de octubre de 2016
En las últimas semanas, he escrito una infinidad de textos que permanecen y permanecerán cobijados entre las páginas de mi cuaderno. He inmortalizado un número, que preferiría no contar, de imágenes nuevas: imágenes que pretenden reinventar nuestros sentidos, para conseguir que capten lo que nunca nos habíamos planteado sentir.
Sin embargo, la mayoría de escritos y cada una de las imágenes continuarán con su desconocida existencia, ocultas de miradas cargadas de prejuicios, de halagos o críticas que seguramente estén creadas bajo la mejor de las intenciones, pero que no logran comprender el mensaje que se trata de transmitir.
Antes me hartaba de crear para los demás. Creaba fábulas, ensayos críticos con la sociedad, relatos en los que cualquiera pudiera sentirse identificado, fotos simples de lugares complejos. Creaba, como he dicho, para la gente. No para mí.
Posiblemente, a partir de ahora, la mayoría de mis escritos e imágenes provengan de los rincones más inexplorados de mi mente, esos a los que no se consigue llegar a través de una aplicación, ni de ninguna página web. Tengo un mundo aquí dentro demasiado incomprensible como para dejarlo a la vista y esperar a que alguien lo entienda.
Sin embargo, la mayoría de escritos y cada una de las imágenes continuarán con su desconocida existencia, ocultas de miradas cargadas de prejuicios, de halagos o críticas que seguramente estén creadas bajo la mejor de las intenciones, pero que no logran comprender el mensaje que se trata de transmitir.
Antes me hartaba de crear para los demás. Creaba fábulas, ensayos críticos con la sociedad, relatos en los que cualquiera pudiera sentirse identificado, fotos simples de lugares complejos. Creaba, como he dicho, para la gente. No para mí.
Posiblemente, a partir de ahora, la mayoría de mis escritos e imágenes provengan de los rincones más inexplorados de mi mente, esos a los que no se consigue llegar a través de una aplicación, ni de ninguna página web. Tengo un mundo aquí dentro demasiado incomprensible como para dejarlo a la vista y esperar a que alguien lo entienda.
martes, 11 de octubre de 2016
Un café con sal.
Pantalones largos en la playa.
Un atardecer que nadie contempla.
Dos que se miran y no sonríen.
El charco inmóvil al llover.
Que nos queramos más de espaldas que de frente.
Que estas seis frases -ahora siete- sean las únicas que me permita mi mente escribir en el día de hoy.
Todo lo anterior es tan contradictorio que hasta duele leerlo. Pero, a veces, todo lo anterior sucede.
martes, 4 de octubre de 2016
<<Este es el quinto intento de triunfo.
He eliminado los cuatro anteriores. Y posiblemente también borraré algún que otro párrafo de este.
Desconozco la razón de llamarlo de ese modo, a lo mejor es porque sería todo un triunfo llamar tu atención, aunque solo fuera durante lo que tardes en leer estas líneas.
Me he equivocado. Tú también, pero yo más. He desperdiciado una enorme cantidad de ocasiones que no me apetece ni rememorar, por culpa de dudar demasiado. Por culpa de mi orgullo. Ocasiones en las que tenía a un par de centímetros tu cuello, ocasiones en las que me quedé callada en lugar de seguirte el juego. Ahora me encantaría tenerte delante, y quién sabe si entonces abriría al fin mi torpe boca para soltarlo todo. Yo creo que un par de miradas bastarían para darme fuerzas, si aún sigues con ganas de pasar horas y horas bajo la luz de Lorenzo sin nada más que hacer que no sea vivir, de amanecer sin reloj, de que la cama sirva para todo menos para dormir.
De futuro no podría hablarte aunque quisiera, ni siquiera conozco el mío. Pero por qué cojones debería preocuparnos el futuro si aún no ha llegado. Estoy aquí, ahora. ¿Tú dónde? Lo único de lo que tengo absoluta certeza es de que no me perdonaría jamás no haberlo intentado, nunca sabemos si vamos a estar aquí mañana, sonará a tópico pero en realidad es una verdad de mal gusto.
Así que perdóname por tratar de saber cómo continúa una historia que pintaba tan intrigante... siempre he sido fan de los libros con continuación. Pero necesito una señal.>>
Arrugó de nuevo otra carta más. Pero esta vez no se molestó en coger un folio nuevo. Estaba harta de no hallar las palabras adecuadas. Sin embargo, se detuvo a pensar finalmente en la señal que esperaba.
Y la esperaba a pesar de no haber enviado la carta. La esperaba como espera el barco salvador un náufrago en alta mar.
lunes, 3 de octubre de 2016
2
Había nacido demasiado tarde. De hecho, era un milagro que hubiera nacido.
Todas las familias tienen una serie de etapas. En su familia, las celebraciones más pomposas, plagadas de personas célebres y literatos que resurgieron de debajo de las piedras, tras haberse ocultado durante tanto tiempo, y los acontecimientos más relevantes ya habían sucedido antes de que ella existiera. Era todavía demasiado pequeña cuando el siglo XXI entraba en escena; y, con él, sus hermanos, al igual que antaño sus padres, abandonaban la lucha por el cambio, hartos de descubrir tramas emponzoñadas, intereses ocultos bajo capas de cordialidad, y principios corruptos.
Se podría decir que creció envuelta en un halo de desesperanza, de suspiros y reproches. El panorama político que siempre se había cernido sobre las diversas ramas de sus allegados sirvió al menos para hacerle ver la oculta pero verdadera cara del mundo: desde pequeña, tenía plena consciencia de que ahí fuera, en la inmensidad del planeta visto por los ojos de una niña, se hallaban incontables personas con el único objetivo de engañarla, de modificar de un modo u otro sus aspiraciones, sus principios, de hacerla ir por caminos erróneos. La televisión, con sus platós, su continua publicidad, sus distintas versiones de la realidad que variaban según qué número del mando pulsara, no era sino una prueba más de que detrás se ocultaba algo.
La religión, con sólo ocho años, le resultaba tan contradictoria como ficticia. Le parecía una novela más, pero una que se creía demasiada gente. Hasta que se le ocurrió preguntar, pensaba que todo lo obtenido tras el cepillo iba dirigido a la ayuda de los niños pobres de África. Cuando descubrió la verdad, ni siquiera se sorprendió por haber hallado otra prueba más de que, muchas veces, lo que se predica a los cuatro vientos no se cumple.
Resultaba chocante tanto escepticismo en una niña todavía por formar. Tal vez fuera debido al deseo de sus padres por criar hijos capaces de desenvolverse con total resolución en un mundo lleno de minas. No obstante, Nuria fue siempre feliz. Aún siendo la menor de tres hijas y un primogénito, y habiendo una notable diferencia entre las edades de esta y los tres primeros, a Nuria jamás le faltó el héroe en el que inspirarse que constituía la figura de su padre, ni el cariño que enfundaban los consejos de su madre.
Alcanzada la mayoría de edad, decidió escapar del estado de dejadez en el que sus padres estaban ya acostumbrados a habitar. Resolvió que su vida no había hecho más que comenzar, y no podía rodearse de personas que vivían en el pasado. De forma que abandonó aquella casa, la casa que la había visto crecer, a la que no le quedaba ni un hueco de pared en el que no hubiera un cuadro, una fotografía, un artículo enmarcado. Una casa enorme llena de recuerdos, una casa que apestaba a pasado.
Todas las familias tienen una serie de etapas. En su familia, las celebraciones más pomposas, plagadas de personas célebres y literatos que resurgieron de debajo de las piedras, tras haberse ocultado durante tanto tiempo, y los acontecimientos más relevantes ya habían sucedido antes de que ella existiera. Era todavía demasiado pequeña cuando el siglo XXI entraba en escena; y, con él, sus hermanos, al igual que antaño sus padres, abandonaban la lucha por el cambio, hartos de descubrir tramas emponzoñadas, intereses ocultos bajo capas de cordialidad, y principios corruptos.
Se podría decir que creció envuelta en un halo de desesperanza, de suspiros y reproches. El panorama político que siempre se había cernido sobre las diversas ramas de sus allegados sirvió al menos para hacerle ver la oculta pero verdadera cara del mundo: desde pequeña, tenía plena consciencia de que ahí fuera, en la inmensidad del planeta visto por los ojos de una niña, se hallaban incontables personas con el único objetivo de engañarla, de modificar de un modo u otro sus aspiraciones, sus principios, de hacerla ir por caminos erróneos. La televisión, con sus platós, su continua publicidad, sus distintas versiones de la realidad que variaban según qué número del mando pulsara, no era sino una prueba más de que detrás se ocultaba algo.
La religión, con sólo ocho años, le resultaba tan contradictoria como ficticia. Le parecía una novela más, pero una que se creía demasiada gente. Hasta que se le ocurrió preguntar, pensaba que todo lo obtenido tras el cepillo iba dirigido a la ayuda de los niños pobres de África. Cuando descubrió la verdad, ni siquiera se sorprendió por haber hallado otra prueba más de que, muchas veces, lo que se predica a los cuatro vientos no se cumple.
Resultaba chocante tanto escepticismo en una niña todavía por formar. Tal vez fuera debido al deseo de sus padres por criar hijos capaces de desenvolverse con total resolución en un mundo lleno de minas. No obstante, Nuria fue siempre feliz. Aún siendo la menor de tres hijas y un primogénito, y habiendo una notable diferencia entre las edades de esta y los tres primeros, a Nuria jamás le faltó el héroe en el que inspirarse que constituía la figura de su padre, ni el cariño que enfundaban los consejos de su madre.
Alcanzada la mayoría de edad, decidió escapar del estado de dejadez en el que sus padres estaban ya acostumbrados a habitar. Resolvió que su vida no había hecho más que comenzar, y no podía rodearse de personas que vivían en el pasado. De forma que abandonó aquella casa, la casa que la había visto crecer, a la que no le quedaba ni un hueco de pared en el que no hubiera un cuadro, una fotografía, un artículo enmarcado. Una casa enorme llena de recuerdos, una casa que apestaba a pasado.
1
Nola era una mujer peculiar para su edad.
Hasta su nombre lo era, puesto que constituía el resultado de su propio paso por otras vidas, hasta que no quedaba de él más que la esencia que se le fue otorgada: Manuela-Manola-Nola. En un pueblo como ese, no resultaba desconocido para nadie. Tal vez se debiese a que la gente lo había querido así, puesto que en su origen era tan común que no podía bajo ningún concepto nombrar a una persona incapaz de pasar desapercibida.
Ella era la única que podía afirmar que se había criado allí: en esa plaza, jugando en el tobogán que presidía el jardín que había sido sustituido por baldosas de piedra. Ella había presenciado su evolución y, a sus cincuenta y largos años, relataba viejos hábitos y festejos entre sorbo y sorbo de caña, siempre con la mirada ausente, perdida entre años que no lograban hallar el camino de vuelta.
Nola era partidaria de arreglar las cosas en lugar de tirarlas. Aunque este modo de pensar contrastaba con su espíritu guerrillero: acostumbraba a exclamar que hay que romper, que hay que quemar, que hay que destrozar para que los que nos observan desde su cómodo respaldo presidencial sientan miedo, como lo sentimos nosotros cuando vemos que no llega el día treinta. Esta era una de las razones por las que se deshacía de rabia por la boca cuando expresaba sus ideales. Ideales que, con veinte años, tuvo que cobijar en lo más profundo del falso fondo de su armario, acobardados por la posguerra, ansiando la hora de salir. Mas, cuando lo lograron, los brazos ya no encontraban las fuerzas para alzarse, de modo que Nola apaciguaba su conciencia infundiendo en los clientes habituales del local (sobre todo en los más jóvenes) sus principios marchitos, su anhelo de justicia, y los invitaba a asistir en todas y cada una de las manifestaciones venideras.
Se veía a leguas que era una persona a la que la edad no le hacía justicia. Todo lo que soltaba por la boca no era más que lo que pensaba en el momento, y no le importaba enfrentarse con quien hiciese falta, en la más larga de las peleas verbales, con tal de demostrarle que la razón iba en su bando.
domingo, 2 de octubre de 2016
Prólogo de un prólogo.
El señor sentado al fondo de la barra gira la cabeza hacia ambos lados con ademán indignado, mientras repasa las últimas líneas de la exclusiva de su habitual periódico.
Fuera, una pareja discute acaloradamente, sumergidos en uno más de sus encontronazos rutinarios. En el barril contiguo, otra pareja los escucha ensimismada, tratando en vano de ocultar las carcajadas que asoman por sus miradas. No es para menos: a ojos ajenos, la disputa tiene matices cómicos; incluso a los propios participantes de esta se les escapa alguna que otra risa entre puñal y puñal.
En la penúltima mesa de la terraza, la chica que ojea el móvil distraída alza la vista cuando oye el grito: "¡Imbécil, tómate la pastilla cuando te levantes y déjame en paz!". Ella también reprime una sonrisa, puesto que la frase la ha devuelto al pasado -en ocasiones, volvemos a instantes concretos que llevaban tiempo sin surgir dentro de nuestra mente-, a días viejos y noches jóvenes, en los que cualquier problema se asemejaba a una mera piedra en el zapato, para la cual sólo debía tomarse un minuto.
La camarera, en cambio, no presta atención alguna a la conversación, y con los oídos a rebosar de Leonard Cohen, imagina la historia del chico de la mesa tres, intrigada porque desconoce el título del libro que lee, aunque sí le resulta familiar el autor.
jueves, 29 de septiembre de 2016
"Todos los poetas escriben mala poesía. Los malos poetas la publican, los buenos la queman."
Por la habitación, de una manera totalmente arbitraria, se amontonaban álbumes de fotos incompletos; libros con sus respectivos marcapáginas sobresaliendo por la página treinta; diarios en los que las aventuras todavía no conocían su final; zapatillas nuevas, sin estrenar, pero amarillentas por el paso del olvido; cigarros a medio consumir, aunque ya apagados contra la frialdad grisácea del cenicero; la cama estaba deshecha y los surcos de las sábanas parecían conformar el contorno de la figura que en su última mañana se había revolcado a regañadientes hacia el despertador; sobre el escritorio, se hallaba un incontable número de escritos en los que, más que palabras, destacaba la confusión que impregnaba cada frase tachada.
Aquel dormitorio componía a la perfección la vida y personalidad de su dueño: una sucesión de puntos suspensivos, de asuntos que ansiaban su desembocadura, como un río perdido entre valles que no logra hallar su mar para al fin descansar. Sin embargo, todo ese aparente desorden seguía una regla que escapa de cualquier convención mundana. Los libros, anclados para siempre en la trigésima página, representaban la firme convicción de jamás continuar algo que no logra seducir a la imaginación; los diarios nunca se llenaron, pues su cometido era el de simbolizar etapas que se fundirían con las siguientes, y bajo ningún concepto se debe dejar un pedazo de alma en el papel inadecuado.
Era la primera vez que abría su cuarto desde entonces. Y resolvió, con una última mirada antes de cerrar la puerta, que todavía no estaba preparado. Que las zapatillas seguían blancas.
Aquel dormitorio componía a la perfección la vida y personalidad de su dueño: una sucesión de puntos suspensivos, de asuntos que ansiaban su desembocadura, como un río perdido entre valles que no logra hallar su mar para al fin descansar. Sin embargo, todo ese aparente desorden seguía una regla que escapa de cualquier convención mundana. Los libros, anclados para siempre en la trigésima página, representaban la firme convicción de jamás continuar algo que no logra seducir a la imaginación; los diarios nunca se llenaron, pues su cometido era el de simbolizar etapas que se fundirían con las siguientes, y bajo ningún concepto se debe dejar un pedazo de alma en el papel inadecuado.
Era la primera vez que abría su cuarto desde entonces. Y resolvió, con una última mirada antes de cerrar la puerta, que todavía no estaba preparado. Que las zapatillas seguían blancas.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
Paulo Coelho, "Veronika decide morir"
"¿Qué era un loco? No tenía la menor idea, porque esta palabra era empleada de una manera por completo anárquica. Decían, por ejemplo, que ciertos deportistas eran unos locos porque deseaban batir récords; o que los artistas eran locos, porque vivían de una manera insegura, improvisada, diferente de todos los <<normales>>. Por otro lado, ya había visto a mucha gente que iba por las calles de Ljubljana, mal abrigada durante el invierno, predicando el fin del mundo y empujando carritos de supermercado llenos de bolsas y vestidos.
-No sé qué es un loco -susurró Veronika-, pero yo no lo estoy. Soy una suicida frustrada.
-Loco es quien vive en su mundo. Como los esquizofrénicos, los psicópatas, los maníacos. O sea, personas que son diferentes de las demás.
-¿Como usted?
-Seguramente -continuó Zedka, fingiendo no haber escuchado el comentario- usted ha oído hablar de Einstein, el cual dijo que no había tiempo ni espacio, sino una unión de ambos. O Colón, insistiendo en que al otro lado del mar no había un abismo y sí un continente. O Edmond Hillary, que afirmaba que el hombre podía ascender hasta la cima del Everest. O los Beatles, que hicieron una música diferente y se vestían como personas totalmente fuera de la época. Todas esas personas, y otras miles, también vivían en su mundo."
-No sé qué es un loco -susurró Veronika-, pero yo no lo estoy. Soy una suicida frustrada.
-Loco es quien vive en su mundo. Como los esquizofrénicos, los psicópatas, los maníacos. O sea, personas que son diferentes de las demás.
-¿Como usted?
-Seguramente -continuó Zedka, fingiendo no haber escuchado el comentario- usted ha oído hablar de Einstein, el cual dijo que no había tiempo ni espacio, sino una unión de ambos. O Colón, insistiendo en que al otro lado del mar no había un abismo y sí un continente. O Edmond Hillary, que afirmaba que el hombre podía ascender hasta la cima del Everest. O los Beatles, que hicieron una música diferente y se vestían como personas totalmente fuera de la época. Todas esas personas, y otras miles, también vivían en su mundo."
martes, 27 de septiembre de 2016
Out of society
Perdonadme si no me llena el concepto de felicidad que nos inculca la sociedad en la que no me queda otra opción más que vivir.
Perdonadme si el matrimonio, con sus largos vestidos blancos y parafernalia varia, me suena a palabrería barata.
Perdonadme si no persigo el ideal común de un amor con fecha de caducidad, en el que un hijo es una medida de supervivencia en lugar de un regalo.
Perdonadme si rechazo permanecer largas y tediosas horas sentada con mi pareja en una terraza sin nada que decir, como si allí mismo nos encadenara a la silla nuestro propio silencio, provocado por años de dejadez en los que parecía tener más relevancia comprar cosas que vivirlas.
Perdonadme por tratar de que los convencionalismos no encuentren sitio en mi modo de actuar. Siempre he sido así, lo normal me resulta aburrido, vacío; conozco su final sin siquiera experimentarlo en carne propia.
Lo siento. Me niego. Me niego a esperar a que lleguen las vacaciones: prefiero vivir día a día como si cada uno fuera diferente (que lo es); me niego a dejar morir lentamente lo que un día me hizo soñar tanto.
Quedaos con vuestras comedias románticas. Yo me quedo con mis finales abiertos.
Perdonadme si el matrimonio, con sus largos vestidos blancos y parafernalia varia, me suena a palabrería barata.
Perdonadme si no persigo el ideal común de un amor con fecha de caducidad, en el que un hijo es una medida de supervivencia en lugar de un regalo.
Perdonadme si rechazo permanecer largas y tediosas horas sentada con mi pareja en una terraza sin nada que decir, como si allí mismo nos encadenara a la silla nuestro propio silencio, provocado por años de dejadez en los que parecía tener más relevancia comprar cosas que vivirlas.
Perdonadme por tratar de que los convencionalismos no encuentren sitio en mi modo de actuar. Siempre he sido así, lo normal me resulta aburrido, vacío; conozco su final sin siquiera experimentarlo en carne propia.
Lo siento. Me niego. Me niego a esperar a que lleguen las vacaciones: prefiero vivir día a día como si cada uno fuera diferente (que lo es); me niego a dejar morir lentamente lo que un día me hizo soñar tanto.
Quedaos con vuestras comedias románticas. Yo me quedo con mis finales abiertos.
jueves, 16 de junio de 2016
Dark
Ya había perdido la cuenta de las veces que, a lo largo de ese año, había contemplado su plaza. Sin embargo, nunca conseguía volver a divisar aquel tono dorado, por más que los crepúsculos bañasen un día tras otro aquellas baldosas de piedra que cobijaban su niñez. Jamás, aunque lo intentase hasta la saciedad, lograba recuperar aquel cariño perdido en la lenta sucesión de desilusiones que había conformado ese año.
Le parecía imposible que el melancólico y húmedo lugar que en ese instante surcaba su mirada fuera el mismo. No, no lo era. Allí ya no había gargantas secas coreando el nombre de la camarera; ni guitarras eléctricas encendiendo noches; ni amigos que sonríen y chocan las cinco como mascullando te quiero con los labios inmóviles; ni tampoco se divisaban botellines de estrellas vacíos.
A aquella plaza le habían arrebatado el alma los mismos que se la habían otorgado, y aguardaba, meditabunda, exhausta y desganada, a que volviesen a escucharse gritos de júbilo, a que de nuevo se derramasen botellas, y sobre todo a que a ella se le agotasen las dudas.
Le parecía imposible que el melancólico y húmedo lugar que en ese instante surcaba su mirada fuera el mismo. No, no lo era. Allí ya no había gargantas secas coreando el nombre de la camarera; ni guitarras eléctricas encendiendo noches; ni amigos que sonríen y chocan las cinco como mascullando te quiero con los labios inmóviles; ni tampoco se divisaban botellines de estrellas vacíos.
A aquella plaza le habían arrebatado el alma los mismos que se la habían otorgado, y aguardaba, meditabunda, exhausta y desganada, a que volviesen a escucharse gritos de júbilo, a que de nuevo se derramasen botellas, y sobre todo a que a ella se le agotasen las dudas.
martes, 14 de junio de 2016
Podría decir, por ejemplo, lo tentador que me resulta ahora mismo tu cuello.
Podría describirte, si me dejas, las mil maneras que usaría para que mañana amanecieras con un rastro de ojeras y que el rastro componga mi nombre, como si señalase la causa de tanto desorden en tus noches...y la razón por la que despertar con el pelo alborotado y una sonrisa.
Podría describirte, si me dejas, las mil maneras que usaría para que mañana amanecieras con un rastro de ojeras y que el rastro componga mi nombre, como si señalase la causa de tanto desorden en tus noches...y la razón por la que despertar con el pelo alborotado y una sonrisa.
lunes, 9 de mayo de 2016
Si me dijeras que me quieres te respondería que yo no, siendo sincera...
Aunque, si me dejaras matizar, también te diría que te necesito más con cada día que pasa; que guardo en los huecos de mi memoria que llevan tu nombre cada detalle que me regalas con cada nueva visita. Te confesaría que contigo la rutina es una aventura, y cada mañana una razón para abandonar el sueño y perderme contigo en la realidad más onírica.
Todo esto, también con tu permiso, me encantaría relatártelo en una cama de esas ya oxidadas de historias que mascullan juramentos cuando nos da por atacarnos...
Haríamos de cualquier lunes un viernes soleado y el invierno se hartaría de quejarse porque no le hacemos ni caso.
Todo eso pasaría si estuvieras aquí. Y, joder, me gustaría dejar de vivir en el tiempo condicional.
Aunque, si me dejaras matizar, también te diría que te necesito más con cada día que pasa; que guardo en los huecos de mi memoria que llevan tu nombre cada detalle que me regalas con cada nueva visita. Te confesaría que contigo la rutina es una aventura, y cada mañana una razón para abandonar el sueño y perderme contigo en la realidad más onírica.
Todo esto, también con tu permiso, me encantaría relatártelo en una cama de esas ya oxidadas de historias que mascullan juramentos cuando nos da por atacarnos...
Haríamos de cualquier lunes un viernes soleado y el invierno se hartaría de quejarse porque no le hacemos ni caso.
Todo eso pasaría si estuvieras aquí. Y, joder, me gustaría dejar de vivir en el tiempo condicional.
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