“-Quiéreme.
¿Capaz o incapaz?
-Capaz”
Un autobús
que vuela, un te quiero que no corre lo suficiente. Un tiovivo rodando
escaleras abajo, en busca de unas manos que se vuelvan a intercambiar. La
promesa de volar en el aire, esa promesa que se cumplió, aunque él no pudiera
verla agitar los brazos. Los años que pasan, que hacen olvidar cosas para
formatear la memoria y no sufrir más. El crecer que llega de golpe, como un
puñetazo. Búscame, te esperaré. Ya veremos. Un banco que ha estado en miles de
sitios sin moverse ni un ápice, una moneda que ha viajado mundos y ha
participado en historias infinitas y eternas. Todo un mundo rodeado de lo
bohemio, romántico, increíble, soñador, mágico. Un mantel que no debería estar
ahí para tapar lo que todos merecen ver. Los años que corren furiosos, como si
buscasen algo con lo que divertirse al fin; pero no encuentran nada. Un lápiz y
una goma que dibujan pensamientos sin control, sonrisas a medio descifrar,
aquella chica que te está mirando justo ahora, no, la de atrás, ahora ya no
mira, te lo acabas de perder, pero te juro que antes te comía con los ojos. El
verde que susurra, que produce paranoias, que te hace soñar. Los mismos de
siempre esbozados contra un semáforo que se ha olvidado los colores en casa.
Aquel coche que pita, pero que lo hace por placer, sin prisa, sin motivo, el
agrio sonido de un claxon al refunfuñar. Los ojos que no miran, trabados en un
recuerdo. Los labios que gritan y se mueven palpitantes, al ritmo del beso que
han intentado saborear.
Y la vida,
que pasa siempre. A veces más rápido de lo que pretendemos.