martes, 29 de septiembre de 2015
Había versos pintarrajeados en cada esquina, y sus letras cobraban tal vida, al ser leídas en voz alta, que se asemejaba aquella cocina a la cuna de los sueños. Sueños encarcelados entre tinta y pergamino. Sueños disfrazados de quehaceres, cuya voz resultaba tan difícil de percibir como una libélula en una catarata. Pero estaban allí. Y cuando surcaban la mente del soñador que los albergaba, los más observadores afirman que en sus ojos surgía una luz antes inexistente.
Somos lo que hacen de nosotros.
Somos el conjunto de los pedacitos de sí mismos que las personas que nos quieren nos van prestando a lo largo de nuestro andar, y también en cada una de las paradas que nos vemos obligados a hacer en ocasiones, ya sea por un mero tropiezo o para fijar la vista por primera vez en todo el viaje.
Procedemos a seleccionar lo que vemos que puede albergar similitudes con nuestra forma de ser; lo añadimos a la sección de las prendas prestadas; utilizamos ese timbre de voz, esa risa, ese acento o aquella expresión hasta que llega otra que la reemplaza. Así, la sección jamás deja de evolucionar; así, nos renovamos con ella y aprendemos nuevas facetas de nosotros mismos que han tenido que venir a despertar otros.
Procedemos a seleccionar lo que vemos que puede albergar similitudes con nuestra forma de ser; lo añadimos a la sección de las prendas prestadas; utilizamos ese timbre de voz, esa risa, ese acento o aquella expresión hasta que llega otra que la reemplaza. Así, la sección jamás deja de evolucionar; así, nos renovamos con ella y aprendemos nuevas facetas de nosotros mismos que han tenido que venir a despertar otros.
miércoles, 16 de septiembre de 2015
Los que no podemos dormir tenemos una enfermedad llamada sueños.
Una enfermedad que impide saciar la mente.
Una enfermedad que se mofa de la almohada y toma por edredón al amasijo de nervios que conllevan las esperanzas frustradas.
Una enfermedad que no conoce cura ni remedio, ni mucho menos el menor atisbo de lógica.
Una enfermedad basada en anhelar con más fuerza de la posible a simple vista.
Una enfermedad cobijada entre metáforas, asesinada por la impaciencia, enmarcada cual retrato por un marco tallado en quizás.
Supongo que por eso hay quien necesita el beso de buenas noches.
Una enfermedad que impide saciar la mente.
Una enfermedad que se mofa de la almohada y toma por edredón al amasijo de nervios que conllevan las esperanzas frustradas.
Una enfermedad que no conoce cura ni remedio, ni mucho menos el menor atisbo de lógica.
Una enfermedad basada en anhelar con más fuerza de la posible a simple vista.
Una enfermedad cobijada entre metáforas, asesinada por la impaciencia, enmarcada cual retrato por un marco tallado en quizás.
Supongo que por eso hay quien necesita el beso de buenas noches.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)