jueves, 27 de octubre de 2016

4

-Sé perfectamente a qué fue debido. Fueron diez años, casi once, en los que no dejamos de conocer historias ocultas tras caras nuevas. Descubrí allí lo mejor y lo peor del ser humano. Hubo momentos, créeme, que pasé miedo. El alcohol de vez en cuando hace resurgir el lado más oscuro de las personas, y en ese estado tan anárquico es muy difícil hacerles comprender que lo que están haciendo está fuera de lugar.
>>Durante ese tiempo, mantuvimos muchas conversaciones interesantes, no tenían nada que envidiarles a las tertulias propias de pedantes. Sin embargo, también nos vimos obligados a fingir, a hacer el papel de auténticos actores y aparentar que nos interesaba lo que nos contaban cuatro gatos que estaban perdidos en su soledad. Debido a ello, acabamos por crearnos involuntariamente distintas versiones de nuestra forma de ser. Nos mostrábamos cariñosos con quien parecía pedir aprecio en lugar de una cerveza, cambiábamos la música en función de los gustos de la persona que estuviese al otro lado de la barra, nos transformábamos en cómplices, en amigos, en el sacerdote que escucha cualquier pecado sin inmutarse, en la mujer que siempre han querido llevarse a la cama o en el hombre que bajo ningún concepto dejará pasar un insulto. Y en ocasiones, sobre todo después de un día duro, volvíamos a casa con un millón de perspectivas desde las que mirar el mundo que se entremezclaban, hasta el punto de que no sabíamos cuál era la nuestra. Usábamos tantos rostros que, cuando volvíamos a ponernos el nuestro, se nos antojaba extraño.
<<Y ese no es más que otro de los muchos motivos por los que decidimos abandonar la aventura. Nos consumía. Nos arrebataba los días y estábamos tan ocupados con el millar de obligaciones que pusimos como prioridades que no nos percatamos de verlos irse. Todos crecimos allí, de un modo u otro. Unos aprendieron a caminar entre baldosas y taburetes, otros conocieron el turbio mundo de la noche, y algunas, como yo, nos cercioramos a base de tortazos de que muy pocas personas merecen nuestra confianza. Pero no es ese el futuro que quiero para mis hijos, por muchos momentos bonitos que haya vivido entre esas paredes. No quiero verlos pelearse por estar conmigo, quiero que se harten de mí porque me ven durante todo el día; no quiero verlos hablar con gente con la que ni yo hablaría, quiero poder enseñarles a escoger quién merece su tiempo y quién no. Lo entiende, ¿verdad? No considero que sea el mejor lugar para unos niños.

-Allí se formó una familia, según me ha dicho. No creo que haya mejor sitio para un niño que con su familia.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Yo creo en las energías y en las percepciones.
Creo en la energía de un cuerpo en descomposición que se transforma en alimento para la planta que nacerá de su muerte. En la energía invisible e imposible de captar por los sentidos que provoca que esa banda sonora te erice la piel. En la energía que lleva a una madre a dar su propia vida por su hijo. En la energía del propio ciclo terrestre que consigue hacer mudar casi por completo a un árbol sin que parezca otro. En la energía que se apropia de palabras sin la necesidad de decirlas cuando dos personas se miran. En la energía capaz de transformarnos en locos durante lo que dura una escapada. 
Creo en las percepciones que surcan los límites de nuestro raciocinio, fusionando nuestras impresiones con nuestro comportamiento y sentimientos,  burlándose de los sentidos, de la propia realidad. Esas en las que nosotros mismos nos vemos reflejados, como si cumpliesen la función de un río plagado de rápidos si nos sentimos agitados. Las percepciones de nuestro propio mundo se parecen a un antifaz que tiñe de color nuestro mirar, y esto provoca que veamos cerca lo que está lejos o que nos resulte el fin del mundo una situación irrisoria. 
Y también creo que hay momentos en los que se debe mantener a raya ambas, y otros en los que es necesario dejarse llevar por la tentación. 

martes, 25 de octubre de 2016

Lista de cosas que arrebatan el aliento.

Un sol afinado en una guitarra acústica, la cerveza que va por la mitad y se mantiene fría, esa carcajada que no te sale con cualquiera, un billete que aparece el día indicado, los últimos cinco minutos antes de que parta el tren (los mismos que creías perdidos por culpa del adelantado de tu reloj), reemplazar la cena por una avalancha de ideas que bajo ningún concepto se debe dejar que escapen, trasnochar simplemente porque apetece aún sabiendo las escasas horas de sueño a posteriori, llegar puntual por los pelos a una cita y luego hacerte la contrariada porque llevas esperando treinta segundos, que él o ella lo sepa y se eche a reír, la canción de Michael Kiwanuka que consigue hacer descansar a cualquier reloj, una playa desierta, una playa desierta contigo y conmigo, que olvides por completo durante una noche todas tus obligaciones y te pongas como excusa que puedes morirte en cualquier momento, la sonrisa desprevenida y natural que inmortaliza una cámara, el conjunto de metáforas con las que Sabina consigue hacer soñar, cuando decides que te la suda todo y le das rienda suelta a las ganas, los domingos de ruta, los viernes de apocalipsis, las palabras perfectas para susurrarte al oído, el paquete de café que te ha salvado la mañana y creías inexistente, tener una conversación en inglés con un alemán y acabar hablando francés, el sonido de una ola justo después de haberse roto contra la arena, el viento en un campo de maíz, que te tapen hasta arriba con la manta cuando creen que estás profundamente dormida.

Y a todo eso le podemos añadir el modo en que miras. 

3

Cuando miras durante demasiado tiempo hacia una única dirección, las demás comienzan a asemejarse a senderos inciertos, para nada apetecibles. Hay sentimientos que nos nublan el mirar, nos anclan en un tiempo y en un solo lugar. Y cuando nos preguntan sobre el resto del mundo, su exhuberante infinidad se nos antoja peligrosa, resolvemos que es mejor permanecer junto a una persona antes que marchar a conocer cientos.
Benja se halló pensando en todo esto con incredulidad. Él, que nunca había sido amigo de mantener los pies en el mismo puerto durante más de lo que dura una tormenta; él, con sus ideales y convicciones –en ese instante, un tanto olvidadas- plagadas de frases en las que estaba prohibida la palabra “querer” o “siempre”; él, con sus veinticinco años a rebosar de experiencias, ¿realmente prefería quedarse allí? ¿Estaba remplazando todos los billetes de avión, las entrevistas con cantantes, las camas inmensas de hotel, por un sitio al lado de Nuria en el sofá?
Se giró ligeramente hacia la izquierda para mirarla durante unos segundos. Había notado que se había dormido mucho antes, por su respiración. Su mano seguía todavía entre las suyas, mas ya carente de voluntad, mientras que su cabeza descansaba en el hombro de Benja. Recordó entonces un fragmento de su libro favorito, “Marina”, el cual afirmaba que resulta sumamente conmovedor el momento en el que alguien se abandona de esa forma.
Y de nuevo se formuló la pregunta, pero esta vez a la inversa: ¿De verdad era capaz de marcharse , de dejarla dormir sola por las noches –o acompañada, lo cual daba aún más pavor-, de perderse cada una de las manías que siempre le sacaban de quicio para terminar arrancándole auténticas sonrisas? ¿Estaba dispuesto a renunciar a su mundo favorito simplemente por continuar saltando de uno a otro? Tenía miedo. Nunca se había planteado quedarse con el sabor de un beso, pudiendo probar mil nuevos.
-Detesto los finales felices en aeropuertos –comentó Nuria de pronto, sacando a Benja de su evasión-. ¿Puede haber un sitio más frío? ¿Por qué al protagonista siempre se le ocurre ir a buscarla en el último momento?
-Para que la trama sea más intrigante. Él puede llegar tarde y perderla.
-O también podría haber sido un poco menos gilipollas y no esperar tanto.
-¿Dónde pondrías tú un final feliz?
Nuria alzó la mirada con un atisbo de sonrisa escondido en su comisura derecha antes de responder:
-En un sofá, por ejemplo.
A Benja se le esfumaron cada una de las preguntas sin respuesta en cuanto la probó de nuevo. Supo entonces que se quedaría allí, en ese pueblo, al menos un ratito más.
-¿Sabes? Te queda genial este vestido. Pero le queda mejor al sofá.

viernes, 21 de octubre de 2016

"Todo lo que no aprendí nunca se me ha olvidado."

El final de la película que nunca terminé de ver por no esperar una visita inesperada.
La hucha que no alcanzó el objetivo de su origen.
La mandala del río Yamuna que se extravió junto con mi cartera de Rennes.
Los estribillos que jamás replicaron en mis oídos.
La hoja seca de mi infancia, perdida dentro de un libro con localización olvidada.
El libro que abandoné en la página 57; el mismo que me habría sorprendido en la página 59.
Las casualidades en las que traté de hallar causas.
El café más rico del mundo. El café más rico del mundo frío.
Todas las palabras que no se me ocurrieron en el momento oportuno. Todas esas que se me ocurren ahora.

jueves, 20 de octubre de 2016

En las últimas semanas, he escrito una infinidad de textos que permanecen y permanecerán cobijados entre las páginas de mi cuaderno. He inmortalizado un número, que preferiría no contar, de imágenes nuevas: imágenes que pretenden reinventar nuestros sentidos, para conseguir que capten lo que nunca nos habíamos planteado sentir.
Sin embargo, la mayoría de escritos y cada una de las imágenes continuarán con su desconocida existencia, ocultas de miradas cargadas de prejuicios, de halagos o críticas que seguramente estén creadas bajo la mejor de las intenciones, pero que no logran comprender el mensaje que se trata de transmitir.
Antes me hartaba de crear para los demás. Creaba fábulas, ensayos críticos con la sociedad, relatos en los que cualquiera pudiera sentirse identificado, fotos simples de lugares complejos. Creaba, como he dicho, para la gente. No para mí.
Posiblemente, a partir de ahora, la mayoría de mis escritos e imágenes provengan de los rincones más inexplorados de mi mente, esos a los que no se consigue llegar a través de una aplicación, ni de ninguna página web. Tengo un mundo aquí dentro demasiado incomprensible como para dejarlo a la vista y esperar a que alguien lo entienda.


martes, 11 de octubre de 2016

Un café con sal.
Pantalones largos en la playa.
Un atardecer que nadie contempla.
Dos que se miran y no sonríen.
El charco inmóvil al llover.
Que nos queramos más de espaldas que de frente.
Que estas seis frases -ahora siete- sean las únicas que me permita mi mente escribir en el día de hoy.
Todo lo anterior es tan contradictorio que hasta duele leerlo. Pero, a veces, todo lo anterior sucede.

martes, 4 de octubre de 2016

<<Este es el quinto intento de triunfo.
He eliminado los cuatro anteriores. Y posiblemente también borraré algún que otro párrafo de este.
Desconozco la razón de llamarlo de ese modo, a lo mejor es porque sería todo un triunfo llamar tu atención, aunque solo fuera durante lo que tardes en leer estas líneas.
Me he equivocado. Tú también, pero yo más. He desperdiciado una enorme cantidad de ocasiones que no me apetece ni rememorar, por culpa de dudar demasiado. Por culpa de mi orgullo. Ocasiones en las que tenía a un par de centímetros tu cuello, ocasiones en las que me quedé callada en lugar de seguirte el juego. Ahora me encantaría tenerte delante, y quién sabe si entonces abriría al fin mi torpe boca para soltarlo todo. Yo creo que un par de miradas bastarían para darme fuerzas, si aún sigues con ganas de pasar horas y horas bajo la luz de Lorenzo sin nada más que hacer que no sea vivir, de amanecer sin reloj, de que la cama sirva para todo menos para dormir.
 De futuro no podría hablarte aunque quisiera, ni siquiera conozco el mío. Pero por qué cojones debería preocuparnos el futuro si aún no ha llegado. Estoy aquí, ahora. ¿Tú dónde? Lo único de lo que tengo absoluta certeza es de que no me perdonaría jamás no haberlo intentado, nunca sabemos si vamos a estar aquí mañana, sonará a tópico pero en realidad es una verdad de mal gusto.
Así que perdóname por tratar de saber cómo continúa una historia que pintaba tan intrigante... siempre he sido fan de los libros con continuación. Pero necesito una señal.>>
Arrugó de nuevo otra carta más. Pero esta vez no se molestó en coger un folio nuevo. Estaba harta de no hallar las palabras adecuadas. Sin embargo, se detuvo a pensar finalmente en la señal que esperaba.
Y la esperaba a pesar de no haber enviado la carta. La esperaba como espera el barco salvador un náufrago en alta mar.

lunes, 3 de octubre de 2016

2

Había nacido demasiado tarde. De hecho, era un milagro que hubiera nacido.
Todas las familias tienen una serie de etapas. En su familia, las celebraciones más pomposas, plagadas de personas célebres y literatos que resurgieron de debajo de las piedras, tras haberse ocultado durante tanto tiempo, y los acontecimientos más relevantes ya habían sucedido antes de que ella existiera. Era todavía demasiado pequeña cuando el siglo XXI entraba en escena; y, con él, sus hermanos, al igual que antaño sus padres, abandonaban la lucha por el cambio, hartos de descubrir tramas emponzoñadas, intereses ocultos bajo capas de cordialidad, y principios corruptos.
Se podría decir que creció envuelta en un halo de desesperanza, de suspiros y reproches. El panorama político que siempre se había cernido sobre las diversas ramas de sus allegados sirvió al menos para hacerle ver la oculta pero verdadera cara del mundo: desde pequeña, tenía plena consciencia de que ahí fuera, en la inmensidad del planeta visto por los ojos de una niña, se hallaban incontables personas con el único objetivo de engañarla, de modificar de un modo u otro sus aspiraciones, sus principios, de hacerla ir por caminos erróneos. La televisión, con sus platós, su continua publicidad, sus distintas versiones de la realidad que variaban según qué número del mando pulsara, no era sino una prueba más de que detrás se ocultaba algo.
La religión, con sólo ocho años, le resultaba tan contradictoria como ficticia. Le parecía una novela más, pero una que se creía demasiada gente. Hasta que se le ocurrió preguntar, pensaba que todo lo obtenido tras el cepillo iba dirigido a la ayuda de los niños pobres de África. Cuando descubrió la verdad, ni siquiera se sorprendió por haber hallado otra prueba más de que, muchas veces, lo que se predica a los cuatro vientos no se cumple.
Resultaba chocante tanto escepticismo en una niña todavía por formar. Tal vez fuera debido al deseo de sus padres por criar hijos capaces de desenvolverse con total resolución en un mundo lleno de minas. No obstante, Nuria fue siempre feliz. Aún siendo la menor de tres hijas y un primogénito, y habiendo una notable diferencia entre las edades de esta y los tres primeros, a Nuria jamás le faltó el héroe en el que inspirarse que constituía la figura de su padre, ni el cariño que enfundaban los consejos de su madre.
Alcanzada la mayoría de edad, decidió escapar del estado de dejadez en el que sus padres estaban ya acostumbrados a habitar. Resolvió que su vida no había hecho más que comenzar, y no podía rodearse de personas que vivían en el pasado. De forma que abandonó aquella casa, la casa que la había visto crecer, a la que no le quedaba ni un hueco de pared en el que no hubiera un cuadro, una fotografía, un artículo enmarcado. Una casa enorme llena de recuerdos, una casa que apestaba a pasado.

1

Nola era una mujer peculiar para su edad.
Hasta su nombre lo era, puesto que constituía el resultado de su propio paso por otras vidas, hasta que no quedaba de él más que la esencia que se le fue otorgada: Manuela-Manola-Nola. En un pueblo como ese, no resultaba desconocido para nadie. Tal vez se debiese a que la gente lo había querido así, puesto que en su origen era tan común que no podía bajo ningún concepto nombrar a una persona incapaz de pasar desapercibida.
Ella era la única que podía afirmar que se había criado allí: en esa plaza, jugando en el tobogán que presidía el jardín que había sido sustituido por baldosas de piedra. Ella había presenciado su evolución y, a sus cincuenta y largos años, relataba viejos hábitos y festejos entre sorbo y sorbo de caña, siempre con la mirada ausente, perdida entre años que no lograban hallar el camino de vuelta.
Nola era partidaria de arreglar las cosas en lugar de tirarlas. Aunque este modo de pensar contrastaba con su espíritu guerrillero: acostumbraba a exclamar que hay que romper, que hay que quemar, que hay que destrozar para que los que nos observan desde su cómodo respaldo presidencial sientan miedo, como lo sentimos nosotros cuando vemos que no llega el día treinta. Esta era una de las razones por las que se deshacía de rabia por la boca cuando expresaba sus ideales. Ideales que, con veinte años, tuvo que cobijar en lo más profundo del falso fondo de su armario, acobardados por la posguerra, ansiando la hora de salir. Mas, cuando lo lograron, los brazos ya no encontraban las fuerzas para alzarse, de modo que Nola apaciguaba su conciencia infundiendo en los clientes habituales del local (sobre todo en los más jóvenes) sus principios marchitos, su anhelo de justicia, y los invitaba a asistir en todas y cada una de las manifestaciones venideras. 
Se veía a leguas que era una persona a la que la edad no le hacía justicia. Todo lo que soltaba por la boca no era más que lo que pensaba en el momento, y no le importaba enfrentarse con quien hiciese falta, en la más larga de las peleas verbales, con tal de demostrarle que la razón iba en su bando.

domingo, 2 de octubre de 2016

Prólogo de un prólogo.

El señor sentado al fondo de la barra gira la cabeza hacia ambos lados con ademán indignado, mientras repasa las últimas líneas de la exclusiva de su habitual periódico.
Fuera, una pareja discute acaloradamente, sumergidos en uno más de sus encontronazos rutinarios. En el barril contiguo, otra pareja los escucha ensimismada, tratando en vano de ocultar las carcajadas que asoman por sus miradas. No es para menos: a ojos ajenos, la disputa tiene matices cómicos; incluso a los propios participantes de esta se les escapa alguna que otra risa entre puñal y puñal.
En la penúltima mesa de la terraza, la chica que ojea el móvil distraída alza la vista cuando oye el grito: "¡Imbécil, tómate la pastilla cuando te levantes y déjame en paz!". Ella también reprime una sonrisa, puesto que la frase la ha devuelto al pasado -en ocasiones, volvemos a instantes concretos que llevaban tiempo sin surgir dentro de nuestra mente-, a días viejos y noches jóvenes, en los que cualquier problema se asemejaba a una mera piedra en el zapato, para la cual sólo debía tomarse un minuto.
La camarera, en cambio, no presta atención alguna a la conversación, y con los oídos a rebosar de Leonard Cohen, imagina la historia del chico de la mesa tres, intrigada porque desconoce el título del libro que lee, aunque sí le resulta familiar el autor.