Hasta su nombre lo era, puesto que constituía el resultado de su propio paso por otras vidas, hasta que no quedaba de él más que la esencia que se le fue otorgada: Manuela-Manola-Nola. En un pueblo como ese, no resultaba desconocido para nadie. Tal vez se debiese a que la gente lo había querido así, puesto que en su origen era tan común que no podía bajo ningún concepto nombrar a una persona incapaz de pasar desapercibida.
Ella era la única que podía afirmar que se había criado allí: en esa plaza, jugando en el tobogán que presidía el jardín que había sido sustituido por baldosas de piedra. Ella había presenciado su evolución y, a sus cincuenta y largos años, relataba viejos hábitos y festejos entre sorbo y sorbo de caña, siempre con la mirada ausente, perdida entre años que no lograban hallar el camino de vuelta.
Nola era partidaria de arreglar las cosas en lugar de tirarlas. Aunque este modo de pensar contrastaba con su espíritu guerrillero: acostumbraba a exclamar que hay que romper, que hay que quemar, que hay que destrozar para que los que nos observan desde su cómodo respaldo presidencial sientan miedo, como lo sentimos nosotros cuando vemos que no llega el día treinta. Esta era una de las razones por las que se deshacía de rabia por la boca cuando expresaba sus ideales. Ideales que, con veinte años, tuvo que cobijar en lo más profundo del falso fondo de su armario, acobardados por la posguerra, ansiando la hora de salir. Mas, cuando lo lograron, los brazos ya no encontraban las fuerzas para alzarse, de modo que Nola apaciguaba su conciencia infundiendo en los clientes habituales del local (sobre todo en los más jóvenes) sus principios marchitos, su anhelo de justicia, y los invitaba a asistir en todas y cada una de las manifestaciones venideras.
Se veía a leguas que era una persona a la que la edad no le hacía justicia. Todo lo que soltaba por la boca no era más que lo que pensaba en el momento, y no le importaba enfrentarse con quien hiciese falta, en la más larga de las peleas verbales, con tal de demostrarle que la razón iba en su bando.
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