domingo, 2 de octubre de 2016

Prólogo de un prólogo.

El señor sentado al fondo de la barra gira la cabeza hacia ambos lados con ademán indignado, mientras repasa las últimas líneas de la exclusiva de su habitual periódico.
Fuera, una pareja discute acaloradamente, sumergidos en uno más de sus encontronazos rutinarios. En el barril contiguo, otra pareja los escucha ensimismada, tratando en vano de ocultar las carcajadas que asoman por sus miradas. No es para menos: a ojos ajenos, la disputa tiene matices cómicos; incluso a los propios participantes de esta se les escapa alguna que otra risa entre puñal y puñal.
En la penúltima mesa de la terraza, la chica que ojea el móvil distraída alza la vista cuando oye el grito: "¡Imbécil, tómate la pastilla cuando te levantes y déjame en paz!". Ella también reprime una sonrisa, puesto que la frase la ha devuelto al pasado -en ocasiones, volvemos a instantes concretos que llevaban tiempo sin surgir dentro de nuestra mente-, a días viejos y noches jóvenes, en los que cualquier problema se asemejaba a una mera piedra en el zapato, para la cual sólo debía tomarse un minuto.
La camarera, en cambio, no presta atención alguna a la conversación, y con los oídos a rebosar de Leonard Cohen, imagina la historia del chico de la mesa tres, intrigada porque desconoce el título del libro que lee, aunque sí le resulta familiar el autor. 




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