Había nacido demasiado tarde. De hecho, era un milagro que hubiera nacido.
Todas las familias tienen una serie de etapas. En su familia, las celebraciones más pomposas, plagadas de personas célebres y literatos que resurgieron de debajo de las piedras, tras haberse ocultado durante tanto tiempo, y los acontecimientos más relevantes ya habían sucedido antes de que ella existiera. Era todavía demasiado pequeña cuando el siglo XXI entraba en escena; y, con él, sus hermanos, al igual que antaño sus padres, abandonaban la lucha por el cambio, hartos de descubrir tramas emponzoñadas, intereses ocultos bajo capas de cordialidad, y principios corruptos.
Se podría decir que creció envuelta en un halo de desesperanza, de suspiros y reproches. El panorama político que siempre se había cernido sobre las diversas ramas de sus allegados sirvió al menos para hacerle ver la oculta pero verdadera cara del mundo: desde pequeña, tenía plena consciencia de que ahí fuera, en la inmensidad del planeta visto por los ojos de una niña, se hallaban incontables personas con el único objetivo de engañarla, de modificar de un modo u otro sus aspiraciones, sus principios, de hacerla ir por caminos erróneos. La televisión, con sus platós, su continua publicidad, sus distintas versiones de la realidad que variaban según qué número del mando pulsara, no era sino una prueba más de que detrás se ocultaba algo.
La religión, con sólo ocho años, le resultaba tan contradictoria como ficticia. Le parecía una novela más, pero una que se creía demasiada gente. Hasta que se le ocurrió preguntar, pensaba que todo lo obtenido tras el cepillo iba dirigido a la ayuda de los niños pobres de África. Cuando descubrió la verdad, ni siquiera se sorprendió por haber hallado otra prueba más de que, muchas veces, lo que se predica a los cuatro vientos no se cumple.
Resultaba chocante tanto escepticismo en una niña todavía por formar. Tal vez fuera debido al deseo de sus padres por criar hijos capaces de desenvolverse con total resolución en un mundo lleno de minas. No obstante, Nuria fue siempre feliz. Aún siendo la menor de tres hijas y un primogénito, y habiendo una notable diferencia entre las edades de esta y los tres primeros, a Nuria jamás le faltó el héroe en el que inspirarse que constituía la figura de su padre, ni el cariño que enfundaban los consejos de su madre.
Alcanzada la mayoría de edad, decidió escapar del estado de dejadez en el que sus padres estaban ya acostumbrados a habitar. Resolvió que su vida no había hecho más que comenzar, y no podía rodearse de personas que vivían en el pasado. De forma que abandonó aquella casa, la casa que la había visto crecer, a la que no le quedaba ni un hueco de pared en el que no hubiera un cuadro, una fotografía, un artículo enmarcado. Una casa enorme llena de recuerdos, una casa que apestaba a pasado.
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