Que el veneno revitalice.
Que los amaneceres adormilen.
Que el esfuerzo sepa a gloria.
Que los kilómetros parezcan paseos.
Que las diferencias quiebren cualquier línea divisoria.
Que lo natural sea no tomar nada como normal.
Que lo dicho no se olvide.
Que la claridad deslumbre en los días grises.
Que no nos tomen por tontos los de arriba.
Que lo improbable se cumpla.
Que los intereses dejen de arruinar vidas.
Mundos paralelos
martes, 25 de abril de 2017
miércoles, 29 de marzo de 2017
El manuscrito encontrado en Accra
"Después de reflexionar un poco, el Copto continuó:
-Nadie puede volver atrás, pero todos podéis seguir adelante. Y mañana, cuando el sol salga, será suficiente con repetirse a uno mismo: Voy a ver este día como si fuese el primero de mi vida.
Pediré permiso para acompañar la primera caravana que aparezca en el horizonte, sin preguntar hacia dónde se dirige. Y dejaré de seguirla cuando algo interesante me llame la atención.
Me cruzaré con alguien que está intentando destruir un puente. Tal vez intente impedirlo, tal vez entienda que lo hace porque no tiene a nadie que lo espere al otro lado y, de esa manera, procura espantar su propia soledad.
Lo miraré todo y a todos como si fuese la primera vez, sobre todo las pequeñas cosas, a las que me he habituado olvidando la magia que las rodea. Las dunas del desierto, por ejemplo, que se mueven con una energía que no comprendo porque no puedo ver el viento.
En el pergamino que siempre llevo conmigo, en vez de anotar cosas que no puedo olvidar, escribiré un poema. Incluso sin haberlo hecho nunca e incluso si no vuelvo a hacerlo, sabré que tuve el coraje de convertir mis sentimientos en palabras.
Cuando llegue a una aldea que ya conozco, entraré por un camino diferente. Iré sonriendo, y los habitantes del lugar comentarán: <<Está loco porque la guerra y la destrucción ha dejado la tierra estéril.>> Pero seguiré sonriendo porque me agrada que piensen que estoy loco, Mi sonrisa es mi manera de decir: <<Podéis acabar con mi cuerpo, pero no podéis destruir mi alma.>>
Esta noche, antes de partir, me voy a dedicar a poner en orden el montón de cosas para las que nunca tuve paciencia. Y acabaré descubriendo que en ellas hay un poco de mi historia. Todas las cartas, todas las notas, recortes y recibos adquirirán vida propia y tendrán historias curiosas -del pasado y del futuro- que contarme. Tantas cosas en el mundo, tantos caminos recorridos, tantas entradas y salidas en mi vida.
Voy a ponerme una camisa que suelo usar siempre y, por primera vez, voy a fijarme en la manera como la cosieron. Voy a imaginar las manos que tejieron el algodón y el río en el que nacieron las fibras de la planta. Voy a entender que todas esas cosas ahora invisibles forman parte de la historia de mi camisa. E incluso las cosas a las que estoy acostumbrado -como los zapatos que se convirtieron en una extensión de mis pies después de mucho usarlos- se verán revestidas del misterio del hallazgo. Puesto que camino hacia el futuro, él me ayudará con las marcas que quedaron después de tropezar cada vez en el pasado.
Que todo lo que toque mi mano, mis ojos vean y mi boca pruebe sea diferente, aunque siga igual. Así, todas esas cosas dejarán de ser naturaleza muerta y pasarán a explicarme por qué están conmigo durante tanto tiempo. Y manifestarán el milagro del reencuentro con emociones que la rutina ya había destruido.
Probaré el té que nunca bebí porque me dijeron que era malo. Pasearé por una calle por donde nunca pasé porque me dijeron que no tenía nada de interesante. Y descubriré si quiero volver.
Quiero ver por primera vez el sol, si mañana hace sol.
Quiero ver hacia dónde caminan las nubes, si el tiempo está nublado. Siempre creo que no tengo tiempo o no me fijo lo suficiente. Pues bien, mañana me voy a concentrar en el camino de las nubes o en los rayos del sol y en las sombras que producen.
Encima de mi cabeza hay un cielo y, a lo largo de miles de años de observación, toda la humanidad ha tejido una serie de explicaciones razonables respecto de él. Pues voy a olvidar todas las cosas que he aprendido acerca de las estrellas, y se transformarán de nuevo en ángeles, o en niños, o en cualquier cosa que me apetezca creer en ese momento.
El tiempo y la vida me han dado muchas explicaciones lógicas para todo, pero mi alma se alimenta de misterios. Necesito el misterio, ver en el trueno la voz de un dios enfurecido aunque muchos lo consideren una herejía. Quiero llenar mi vida de fantasía otra vez: un dios enfurecido es mucho más curioso, aterrador e interesante que un fenómeno explicado por sabios.
Aunque ya haya pasado por los mismos sitios infinidad de veces y haya dicho <<Buenos días>> a las mismas personas, hoy mi <<Buenos días>> será diferente. No serán palabras educadas, sino una manera de bendecir a los demás. Deseo que todos comprendan la importancia de estar vivos incluso cuando la tragedia nos ronda y nos amenaza.
Y voy a tener el coraje de abrir la puerta del santuario que lleva hasta mi alma. Quiero verme a mí mismo como si fuera la primera vez que estoy en contacto con mi cuerpo y mi alma. Quiero ser capaz de aceptarme como soy. Una persona que camina, que siente, que habla como cualquier otra, pero que a pesar de sus defectos tiene coraje.
Entonces habré vivido cada hora del día como una constante sorpresa para mí mismo. Este Yo que no fue creado ni por mi padre, ni por mi madre, ni por mi escuela, sino por todo lo que he vivido hasta hoy, lo que olvidé de repente y ahora estoy descubriendo otra vez."
-Nadie puede volver atrás, pero todos podéis seguir adelante. Y mañana, cuando el sol salga, será suficiente con repetirse a uno mismo: Voy a ver este día como si fuese el primero de mi vida.
Pediré permiso para acompañar la primera caravana que aparezca en el horizonte, sin preguntar hacia dónde se dirige. Y dejaré de seguirla cuando algo interesante me llame la atención.
Me cruzaré con alguien que está intentando destruir un puente. Tal vez intente impedirlo, tal vez entienda que lo hace porque no tiene a nadie que lo espere al otro lado y, de esa manera, procura espantar su propia soledad.
Lo miraré todo y a todos como si fuese la primera vez, sobre todo las pequeñas cosas, a las que me he habituado olvidando la magia que las rodea. Las dunas del desierto, por ejemplo, que se mueven con una energía que no comprendo porque no puedo ver el viento.
En el pergamino que siempre llevo conmigo, en vez de anotar cosas que no puedo olvidar, escribiré un poema. Incluso sin haberlo hecho nunca e incluso si no vuelvo a hacerlo, sabré que tuve el coraje de convertir mis sentimientos en palabras.
Cuando llegue a una aldea que ya conozco, entraré por un camino diferente. Iré sonriendo, y los habitantes del lugar comentarán: <<Está loco porque la guerra y la destrucción ha dejado la tierra estéril.>> Pero seguiré sonriendo porque me agrada que piensen que estoy loco, Mi sonrisa es mi manera de decir: <<Podéis acabar con mi cuerpo, pero no podéis destruir mi alma.>>
Esta noche, antes de partir, me voy a dedicar a poner en orden el montón de cosas para las que nunca tuve paciencia. Y acabaré descubriendo que en ellas hay un poco de mi historia. Todas las cartas, todas las notas, recortes y recibos adquirirán vida propia y tendrán historias curiosas -del pasado y del futuro- que contarme. Tantas cosas en el mundo, tantos caminos recorridos, tantas entradas y salidas en mi vida.
Voy a ponerme una camisa que suelo usar siempre y, por primera vez, voy a fijarme en la manera como la cosieron. Voy a imaginar las manos que tejieron el algodón y el río en el que nacieron las fibras de la planta. Voy a entender que todas esas cosas ahora invisibles forman parte de la historia de mi camisa. E incluso las cosas a las que estoy acostumbrado -como los zapatos que se convirtieron en una extensión de mis pies después de mucho usarlos- se verán revestidas del misterio del hallazgo. Puesto que camino hacia el futuro, él me ayudará con las marcas que quedaron después de tropezar cada vez en el pasado.
Que todo lo que toque mi mano, mis ojos vean y mi boca pruebe sea diferente, aunque siga igual. Así, todas esas cosas dejarán de ser naturaleza muerta y pasarán a explicarme por qué están conmigo durante tanto tiempo. Y manifestarán el milagro del reencuentro con emociones que la rutina ya había destruido.
Probaré el té que nunca bebí porque me dijeron que era malo. Pasearé por una calle por donde nunca pasé porque me dijeron que no tenía nada de interesante. Y descubriré si quiero volver.
Quiero ver por primera vez el sol, si mañana hace sol.
Quiero ver hacia dónde caminan las nubes, si el tiempo está nublado. Siempre creo que no tengo tiempo o no me fijo lo suficiente. Pues bien, mañana me voy a concentrar en el camino de las nubes o en los rayos del sol y en las sombras que producen.
Encima de mi cabeza hay un cielo y, a lo largo de miles de años de observación, toda la humanidad ha tejido una serie de explicaciones razonables respecto de él. Pues voy a olvidar todas las cosas que he aprendido acerca de las estrellas, y se transformarán de nuevo en ángeles, o en niños, o en cualquier cosa que me apetezca creer en ese momento.
El tiempo y la vida me han dado muchas explicaciones lógicas para todo, pero mi alma se alimenta de misterios. Necesito el misterio, ver en el trueno la voz de un dios enfurecido aunque muchos lo consideren una herejía. Quiero llenar mi vida de fantasía otra vez: un dios enfurecido es mucho más curioso, aterrador e interesante que un fenómeno explicado por sabios.
Aunque ya haya pasado por los mismos sitios infinidad de veces y haya dicho <<Buenos días>> a las mismas personas, hoy mi <<Buenos días>> será diferente. No serán palabras educadas, sino una manera de bendecir a los demás. Deseo que todos comprendan la importancia de estar vivos incluso cuando la tragedia nos ronda y nos amenaza.
Y voy a tener el coraje de abrir la puerta del santuario que lleva hasta mi alma. Quiero verme a mí mismo como si fuera la primera vez que estoy en contacto con mi cuerpo y mi alma. Quiero ser capaz de aceptarme como soy. Una persona que camina, que siente, que habla como cualquier otra, pero que a pesar de sus defectos tiene coraje.
Entonces habré vivido cada hora del día como una constante sorpresa para mí mismo. Este Yo que no fue creado ni por mi padre, ni por mi madre, ni por mi escuela, sino por todo lo que he vivido hasta hoy, lo que olvidé de repente y ahora estoy descubriendo otra vez."
lunes, 27 de febrero de 2017
15
-Le abría mi mente como el que abre un baúl que ha mantenido siempre oculto. Pero no lo hacía porque me lo pidiese, jamás se le pasó por la cabeza; si lo hubiera hecho posiblemente ese baúl habría permanecido cerrado mucho más tiempo. Me desnudaba sin necesidad de hacer pregunta alguna. Era su tierna forma de mirarme la que me transmitía la seguridad necesaria para mostrarle mis rincones más intransitados. Supongo que sabrás que es peligroso enseñarle todo eso a cualquiera. En el momento en el que alguien te conoce por completo, sabe lo suficiente como para poder hacerte daño. Yo estaba seguro de que, aunque algún día nos separásemos, ella jamás trataría de herirme, ni tampoco sería capaz de olvidarme. Porque, y hablo por experiencia propia, es sumamente complicado no recordar a alguien que te ha mostrado sus ángeles y demonios sin importarle la posibilidad de ser juzgado. De todos modos, también sabía que nunca me juzgaría, ya que conocía tan bien como yo el apego del ser humano a cometer errores.
>>Pero entonces no imaginé lo vacío que me sentiría cuando se marchase. Fue como si se llevase esos pedazos de mí que había dejado al antojo de su raciocinio. Se llevó lo que pasa por mi cabeza cuando se cuelan los rayos de sol entre las hojas de un árbol; se llevó las dos cucharadas de azúcar que le echo al café cada mañana; se llevó el final de esa canción con la frase más introspectiva del mundo; se llevó el medio paso que doy sin querer cuando caigo en la cuenta de algo; se llevó la sonrisa de media luna que esbozo cuando vuelvo a ver a un viejo amigo; se llevó hasta mi peculiar forma de encender los cigarrillos. Y ahora sólo espero que no deje morir todo eso, que lo guarde y de vez en cuando le produzca una de esas sonrisas nostálgicas que dicen mucho más que cualquier monólogo. Sólo quiero que, vaya donde vaya, no abandone mis trozos en cualquier callejón de la calle Olvido.
>>Pero entonces no imaginé lo vacío que me sentiría cuando se marchase. Fue como si se llevase esos pedazos de mí que había dejado al antojo de su raciocinio. Se llevó lo que pasa por mi cabeza cuando se cuelan los rayos de sol entre las hojas de un árbol; se llevó las dos cucharadas de azúcar que le echo al café cada mañana; se llevó el final de esa canción con la frase más introspectiva del mundo; se llevó el medio paso que doy sin querer cuando caigo en la cuenta de algo; se llevó la sonrisa de media luna que esbozo cuando vuelvo a ver a un viejo amigo; se llevó hasta mi peculiar forma de encender los cigarrillos. Y ahora sólo espero que no deje morir todo eso, que lo guarde y de vez en cuando le produzca una de esas sonrisas nostálgicas que dicen mucho más que cualquier monólogo. Sólo quiero que, vaya donde vaya, no abandone mis trozos en cualquier callejón de la calle Olvido.
jueves, 23 de febrero de 2017
14
Última bifurcación a la derecha. Once pasos. Entre los dos árboles más frondosos de toda la plaza. La piedra blanquecina rodeada de los bancos que nunca le incitaron a sentarse. Prefería aquel sitio, aparentemente frío e incómodo, lejos del mundanal ruido del que están plagadas las conversaciones vacías. Entonces, como siempre, tomaba asiento cruzando ambas piernas, mientras rebuscaba en su maletín de cuero el cuaderno que albergaba todas y cada una de sus reflexiones. En ocasiones le acompañaba en sus escritos la intensa luz que augura un nuevo día, aunque en otras prefería cobijarse bajo los rayos perpendiculares del crepúsculo. Eran estos dos momentos del día, los cuales no acostumbraban a durar más de media hora, sus preferidos para desparramar sobre el papel las historias que tenían la suerte de vivir los rostros que se le cruzaban en aquella plaza. Cada uno contaba con algún rasgo que le llamaba la atención, alguna característica con la que comenzar un nuevo relato. Pintaba en el margen superior derecho la fecha; a veces hacía tiempo subrayándola a la espera de que surgiesen las palabras, otras la garabateaba apresurado o se olvidaba de ponerla llevado por un ansia apremiante que se personificaba en el volar de su bolígrafo.
Era una rutina sagrada. Su modo de sanear la mente de todas las preocupaciones que adquieren más importancia cuanto más se paseaban por su cavilar. Sin embargo, en una de las escasas ocasiones -casi se podían enumerar con los dedos de una mano- en las que le había prestado su cuaderno a un amigo en busca de opiniones ajenas, se halló con una verdad que nunca antes había visitado su cabeza:
-Parece como si estuvieras constantemente hablando del pasado. Incluso cuando describes acciones transcurridas en el presente, haces que tomen un matiz exhausto, como si no fueran nada que no hubiera ocurrido antes. No me malinterpretes, Benja. Está genial, se nota que te sale talento hasta por las orejas. Es sólo que tus descripciones están llenas de nostalgia.
Cuando halló en sus propias palabras esa realidad silenciosa, trató de cambiar su modo de escribir. Pero, cuanto más borraba y borraba; cuanto más tachaba y tachaba; cuanto más reinventaba y recomponía, más se cercioraba de que intentar modificar su modo de ver el mundo tan sólo le conducía a una confusa frustración. Las ráfagas literarias que empujaban con fervor su bolígrafo solían teñirse con ese tono grisáceo tan propio del olvido. Y esto, según creía él hasta aquel nueve de abril, no tenía solución.
La mañana estaba a punto de dar paso a la tarde y a él le faltaban dos frases para ponerle punto y final a su relato cuando alguien se sentó en el banco de su derecha: la chica que, a partir de entonces, se sentaría cada día a la misma hora en el mismo banco, propagando la misma sombra sobre el mismo chico que ahora la contempla meditabundo sin que ella, concentrada en el fluir de su lápiz creador de esbozos, llegue a darse cuenta.
Tres días después, Benja le pregunta su nombre. Pero no serán sino cuatro semanas más tarde cuando realmente caiga en que ese nueve de abril dejó de hablar en pasado.
Era una rutina sagrada. Su modo de sanear la mente de todas las preocupaciones que adquieren más importancia cuanto más se paseaban por su cavilar. Sin embargo, en una de las escasas ocasiones -casi se podían enumerar con los dedos de una mano- en las que le había prestado su cuaderno a un amigo en busca de opiniones ajenas, se halló con una verdad que nunca antes había visitado su cabeza:
-Parece como si estuvieras constantemente hablando del pasado. Incluso cuando describes acciones transcurridas en el presente, haces que tomen un matiz exhausto, como si no fueran nada que no hubiera ocurrido antes. No me malinterpretes, Benja. Está genial, se nota que te sale talento hasta por las orejas. Es sólo que tus descripciones están llenas de nostalgia.
Cuando halló en sus propias palabras esa realidad silenciosa, trató de cambiar su modo de escribir. Pero, cuanto más borraba y borraba; cuanto más tachaba y tachaba; cuanto más reinventaba y recomponía, más se cercioraba de que intentar modificar su modo de ver el mundo tan sólo le conducía a una confusa frustración. Las ráfagas literarias que empujaban con fervor su bolígrafo solían teñirse con ese tono grisáceo tan propio del olvido. Y esto, según creía él hasta aquel nueve de abril, no tenía solución.
La mañana estaba a punto de dar paso a la tarde y a él le faltaban dos frases para ponerle punto y final a su relato cuando alguien se sentó en el banco de su derecha: la chica que, a partir de entonces, se sentaría cada día a la misma hora en el mismo banco, propagando la misma sombra sobre el mismo chico que ahora la contempla meditabundo sin que ella, concentrada en el fluir de su lápiz creador de esbozos, llegue a darse cuenta.
Tres días después, Benja le pregunta su nombre. Pero no serán sino cuatro semanas más tarde cuando realmente caiga en que ese nueve de abril dejó de hablar en pasado.
domingo, 19 de febrero de 2017
Sonreír acentúa las arrugas en el rostro. Entrecierra la
mirada. Crea ondulaciones, aunque temporales, en la piel. Y sin embargo, cuanto
más kilométrica sea una sonrisa, más embellecerá a su poseedor. Qué ironía. ¿A
qué se debe esto? ¿No debería surgir el efecto opuesto con todas las aparentes
imperfecciones que propicia su presencia? Por supuesto que no. Porque toda la
belleza que nos transmite una sonrisa no procede de ella en sí, sino de las sensaciones
que nos produce.
Algo por el estilo ocurre con las personas: formamos nuestra
propia imagen de alguien mediante lo que nos hace sentir, de forma que su
aspecto juega un papel secundario. Hay gente, dentro de la cual me incluyo, que
es capaz de ver mucho más aún teniendo los ojos cerrados. Mucho más de lo que
nos muestran. Mucho más de lo que creen que percibimos. Y esto no es más que el
resultado de una serie de percepciones que vamos modificando en nuestro
interior. Tomamos la imagen de alguien y la editamos haciéndola un poco
nuestra, fusionando los momentos vividos con el carácter: al igual que ocurre
con las sonrisas, nos quedamos con las sensaciones, en lugar de con la
realidad.
sábado, 28 de enero de 2017
Como quemarse.
Si no te acercas demasiado, el fuego puede resultar sumamente reconfortante. Pero, al intentar atraparlo, es inevitable que te quemes. No se puede poseer algo que no comprendes. ¿Termina la llama en su mecha originaria? ¿O su final es invisible y a la vez inexistente? ¿Por qué adopta formas tan diversas según la dirección del viento que la hace bailar?
El fuego es tan incomprensible como bello. Y precisamente es el primer adjetivo la causa del segundo. Lo que escapa de tu raciocinio siempre estará compuesto de una extraña hermosura, como una pregunta retórica que oculta múltiples respuestas. Al tratar de hallar una explicación que te conduzca a su procedencia, te encuentras en un bucle sin salida.
Amar es sinónimo de no comprender. Cuando intentas descubrir los motivos de esas ensoñaciones pasionales, tu mente se tiñe con una blancura confusa. No los hay. No los busques. Porque, si de verdad existieran, entonces la causa de tu meditar no sería más que un reflejo en un espejo empañado. Si no queda ningún misterio por resolver, si cuatro labios se mantienen cerrados por la ausencia de ideas que compartir, si ese raudal de pensamientos que creías obsoletos no luchan por materializarse en palabras -descubriendo así un "tú" que estaba tan dormido que ni siquiera parecía existir-, entonces cambia el verbo. No es el adecuado para describir lo que sientes.
Querer es querer conocer al otro, pero nunca conseguirlo del todo. Querer es la ilusión provocada por las sorpresas que faltan por venir, por la cantidad de situaciones que todavía no se han producido y por cómo reaccionarás tú y esa persona a dichas situaciones. Querer se asemeja a un cielo plagado de tonalidades que jamás deja de cambiar.
El fuego es tan incomprensible como bello. Y precisamente es el primer adjetivo la causa del segundo. Lo que escapa de tu raciocinio siempre estará compuesto de una extraña hermosura, como una pregunta retórica que oculta múltiples respuestas. Al tratar de hallar una explicación que te conduzca a su procedencia, te encuentras en un bucle sin salida.
Amar es sinónimo de no comprender. Cuando intentas descubrir los motivos de esas ensoñaciones pasionales, tu mente se tiñe con una blancura confusa. No los hay. No los busques. Porque, si de verdad existieran, entonces la causa de tu meditar no sería más que un reflejo en un espejo empañado. Si no queda ningún misterio por resolver, si cuatro labios se mantienen cerrados por la ausencia de ideas que compartir, si ese raudal de pensamientos que creías obsoletos no luchan por materializarse en palabras -descubriendo así un "tú" que estaba tan dormido que ni siquiera parecía existir-, entonces cambia el verbo. No es el adecuado para describir lo que sientes.
Querer es querer conocer al otro, pero nunca conseguirlo del todo. Querer es la ilusión provocada por las sorpresas que faltan por venir, por la cantidad de situaciones que todavía no se han producido y por cómo reaccionarás tú y esa persona a dichas situaciones. Querer se asemeja a un cielo plagado de tonalidades que jamás deja de cambiar.
lunes, 23 de enero de 2017
13
¿Cómo se le demuestra a alguien que conoces cada una de sus inseguridades y que no te asustan? ¿Cómo se le hace ver a una persona enferma que la cura de todos sus quebraderos de cabeza está a sólo unos cuantos besos sinceros? ¿De qué modo se pueden transmitir a otra mente todos los futuros perfectos, cuando esta solo es capaz de ver presentes errados, cabizbajos?
Nuria se hallaba envuelta en un vertiginoso círculo de preguntas para las que todavía no descubría respuesta. Se culpaba por la tortuosa cantidad de ensoñaciones que había mandado ahogar, creyendo que convirtiéndolas en palabras su autoestima se vería mermada. Qué equivocada estaba. Ahora caía en la cuenta de que reprimir sentimientos que mueren por salir a ahorcajadas es como un veneno que te va matando por dentro, y de cuya presencia nadie se cerciora hasta que es demasiado tarde.
Debería haberle dicho que sí, que ella también pensaba en él cada vez que sonaba esa canción. Debería haberle dicho que todos y cada uno de los silencios sonrojados no eran más que la prueba del miedo a perderle. Y ahora le estaba perdiendo por ese miedo. Debería haberle dicho -sin que ello le hiciese sentir inferior, niña, tonta enamorada o débil- que se moría cada vez que sus miradas se mantenían durante más de tres segundos.
Pero, como siempre, la certeza de que amar no es sino un acto de valentía desinteresado tocaba a la puerta de su conciencia demasiado tarde. Por no haber hallado las palabras idóneas en el momento adecuado o por haberlas callado.
Sin embargo, antes de darse la penúltima media vuelta intentando conciliar el sueño, pensó que ahora que no temía sentir lo que sentía era el momento de darle la espalda a esa sucesión de arrepentimientos. Y comenzar a reconstruir lo que estaba en ruinas.
Nuria se hallaba envuelta en un vertiginoso círculo de preguntas para las que todavía no descubría respuesta. Se culpaba por la tortuosa cantidad de ensoñaciones que había mandado ahogar, creyendo que convirtiéndolas en palabras su autoestima se vería mermada. Qué equivocada estaba. Ahora caía en la cuenta de que reprimir sentimientos que mueren por salir a ahorcajadas es como un veneno que te va matando por dentro, y de cuya presencia nadie se cerciora hasta que es demasiado tarde.
Debería haberle dicho que sí, que ella también pensaba en él cada vez que sonaba esa canción. Debería haberle dicho que todos y cada uno de los silencios sonrojados no eran más que la prueba del miedo a perderle. Y ahora le estaba perdiendo por ese miedo. Debería haberle dicho -sin que ello le hiciese sentir inferior, niña, tonta enamorada o débil- que se moría cada vez que sus miradas se mantenían durante más de tres segundos.
Pero, como siempre, la certeza de que amar no es sino un acto de valentía desinteresado tocaba a la puerta de su conciencia demasiado tarde. Por no haber hallado las palabras idóneas en el momento adecuado o por haberlas callado.
Sin embargo, antes de darse la penúltima media vuelta intentando conciliar el sueño, pensó que ahora que no temía sentir lo que sentía era el momento de darle la espalda a esa sucesión de arrepentimientos. Y comenzar a reconstruir lo que estaba en ruinas.
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