lunes, 23 de enero de 2017

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¿Cómo se le demuestra a alguien que conoces cada una de sus inseguridades y que no te asustan? ¿Cómo se le hace ver a una persona enferma que la cura de todos sus quebraderos de cabeza está a sólo unos cuantos besos sinceros? ¿De qué modo se pueden transmitir a otra mente todos los futuros perfectos, cuando esta solo es capaz de ver presentes errados, cabizbajos?
Nuria se hallaba envuelta en un vertiginoso círculo de preguntas para las que todavía no descubría respuesta. Se culpaba por la tortuosa cantidad de ensoñaciones que había mandado ahogar, creyendo que convirtiéndolas en palabras su autoestima se vería mermada. Qué equivocada estaba. Ahora caía en la cuenta de que reprimir sentimientos que mueren por salir a ahorcajadas es como un veneno que te va matando por dentro, y de cuya presencia nadie se cerciora hasta que es demasiado tarde.
Debería haberle dicho que sí, que ella también pensaba en él cada vez que sonaba esa canción. Debería haberle dicho que todos y cada uno de los silencios sonrojados no eran más que la prueba del miedo a perderle. Y ahora le estaba perdiendo por ese miedo. Debería haberle dicho -sin que ello le hiciese sentir inferior, niña, tonta enamorada o débil- que se moría cada vez que sus miradas se mantenían durante más de tres segundos.
Pero, como siempre, la certeza de que amar no es sino un acto de valentía desinteresado tocaba a la puerta de su conciencia demasiado tarde. Por no haber hallado las palabras idóneas en el momento adecuado o por haberlas callado.
Sin embargo, antes de darse la penúltima media vuelta intentando conciliar el sueño, pensó que ahora que no temía sentir lo que sentía era el momento de darle la espalda a esa sucesión de arrepentimientos. Y comenzar a reconstruir lo que estaba en ruinas.

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