Si no te acercas demasiado, el fuego puede resultar sumamente reconfortante. Pero, al intentar atraparlo, es inevitable que te quemes. No se puede poseer algo que no comprendes. ¿Termina la llama en su mecha originaria? ¿O su final es invisible y a la vez inexistente? ¿Por qué adopta formas tan diversas según la dirección del viento que la hace bailar?
El fuego es tan incomprensible como bello. Y precisamente es el primer adjetivo la causa del segundo. Lo que escapa de tu raciocinio siempre estará compuesto de una extraña hermosura, como una pregunta retórica que oculta múltiples respuestas. Al tratar de hallar una explicación que te conduzca a su procedencia, te encuentras en un bucle sin salida.
Amar es sinónimo de no comprender. Cuando intentas descubrir los motivos de esas ensoñaciones pasionales, tu mente se tiñe con una blancura confusa. No los hay. No los busques. Porque, si de verdad existieran, entonces la causa de tu meditar no sería más que un reflejo en un espejo empañado. Si no queda ningún misterio por resolver, si cuatro labios se mantienen cerrados por la ausencia de ideas que compartir, si ese raudal de pensamientos que creías obsoletos no luchan por materializarse en palabras -descubriendo así un "tú" que estaba tan dormido que ni siquiera parecía existir-, entonces cambia el verbo. No es el adecuado para describir lo que sientes.
Querer es querer conocer al otro, pero nunca conseguirlo del todo. Querer es la ilusión provocada por las sorpresas que faltan por venir, por la cantidad de situaciones que todavía no se han producido y por cómo reaccionarás tú y esa persona a dichas situaciones. Querer se asemeja a un cielo plagado de tonalidades que jamás deja de cambiar.
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