martes, 29 de noviembre de 2016

Estaba segura de lo que debía sentir. 
¿Y entonces a qué era debido ese hormigueo en la palma de las manos?
A que, aunque estaba segura de lo que debía sentir, no lo sentía.
Pensó esto al dar media vuelta y comenzar a correr.
Pensó esto mientras se despedía de la confusión.
Pensó esto. Sin mirar hacia atrás.

sábado, 26 de noviembre de 2016

10

“El camarero reaparece con la taza de café y de pronto Jaime empieza a sentirse más tranquilo, quizá porque ahora es consciente de que ya no alberga la menor esperanza, de que lo ha perdido todo, y de que no queda, por tanto, ni el más mínimo resquicio abierto a la ansiedad. Cuando llegó al restaurante lo hizo con la misma absurda e insolente esperanza con la que uno relee una historia trágica esperando que termine de otra manera. Pero ahora la marea de lo inevitable se ha abalanzado sobre él, dejándolo demasiado exhausto como para respirar. La marea se aleja, se lleva lo que Jaime deseaba ser, y cuando regresa, imponente, trae la certidumbre de que Jaime ha perdido a Raquel para siempre.”

Si quisiéramos narrar lo que sucedió sin complicarnos, diríamos que Nuria lloraba por lo que quiso tener y nunca tuvo. O peor: por lo que quiso tener y tuvo demasiado tarde. Tan tarde que lo que recibió tenía el mismo aspecto que lo que creía anhelar, pero ese aspecto no era más que un envoltorio. Ya no quedaba nada de la imagen idealizada que Nuria albergaba en su cabeza. La habían empobrecido y maltratado el número de esperanzas que ella misma había mandado ahorcar.
David no había cambiado. Era ella la que lo había hecho. Y con ella, su imagen de él. La antaña adoración irracional, las miradas capaces de reactivar volcanes, las ensoñaciones que se sucedían a ritmo frenético en las que se imaginaba con él: con él, en la cama, con él en el teatro, con él en la playa, con él sobre la encimera, con él muriéndose de frío al contemplar un cielo nocturno y despejado, con él tirando el mapa por la ventanilla del coche mientras le propone que se pierdan, con él inmersa en una guerra de cosquillas, con él intentando impresionarle mientras se comunica en un perfecto alemán con un turista desorientado… Ahora todo aquello se parecía a un pasado que nunca jamás había existido, a error, a rabia y a orgullo. La capacidad de estar por encima de cualquier situación que Nuria había hecho resurgir en ese año, la incapacitaba en la tarea de volver a mirar a David con los mismos ojos.

Al fin y al cabo, era él quien se había marchado. Era él quien no se había lanzado nunca a por ella, a pesar de tener múltiples oportunidades. Y ahora estaba de vuelta, y pretendía… ¿qué pretendía? Nuria no tenía la menor idea, y tampoco quería tenerla. Nuria ya estaba harta de finales inacabados, de ensoñaciones incompletas, de esperanzas frustradas, y tal vez por eso se acostó aquella noche con David. Para, por una vez, pagarle con la misma moneda: permitirle probar lo que le había estado esperando durante tanto tiempo, y acto seguido arrebatárselo. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

9

Había pasado una semana. El teléfono seguía sin sonar. Mejor dicho: había sonado, y más veces de las que le hubiera gustado a David, pero los nombres que se reflejaban en la pantalla no eran personas, sino falsas alarmas. Y continuaba aguardando, incapaz de dar un paso en falso y ser el primero en llamar, porque ni siquiera sabía si debía hacerlo. Como tampoco sabía si había hecho lo correcto pasándose por el bar en el que trabajaba Nuria. Creía que se alegraría de volver a verle, y así había sido. Sin embargo, a David no se le escapaba de la cabeza la sensación de que no era la misma, de que cuando le miraba ya no hallaba esa absoluta adoración. Tal vez eso fuese lo que le llevó por fin a acostarse con ella. Hasta entonces, Nuria había sido tan alcanzable que no representaba ningún reto. El juego era entretenido, pero no le satisfacía, no le intrigaba. Quizás porque creía que ya la conocía, que no tenía forma de sorprenderlo, ni siquiera en la cama.
Pero aquella noche se encontró con una Nuria que albergaba un misterio digno de resolver. Y le dirigió las palabras que antaño sólo había dejado entrever, como el que es lo suficientemente valiente para dejar la puerta abierta y lo suficientemente cobarde para cerrarla cuando ve que alguien se dispone a entrar. Sólo se percató realmente de lo estúpido que había sido cuando su pelo despidió destellos rojizos, envuelto en un gravitar que precedía al mejor beso que le habían dado en mucho tiempo.
En ese momento, mientras mantenía la vista fija pero a la vez perdida en su número, a David se le pasó por la cabeza que nunca había estado más lejos de Nuria. Y maldijo la otra noche, maldijo la cara de tonto que se le había quedado cuando ella le pidió que se marchara. Pobre ingenuo. Creía que después de un año todo volvería a seguir su curso tal y como lo había dejado. No comprendía que el tiempo no solo corre para los que se marchan.

Arrojó el móvil al sofá, despidiéndose al menos durante un rato de las preguntas sin respuesta. Y dejó, como en tantas otras ocasiones, que las cosas surgieran solas. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

8

Suso comprendía que su hija  tuviese su propio mundo. No la obligaba a volver al real, al común, porque sabía que ella ya lo conocía, y que esa consciencia era la que le había provocado crearse uno propio, más adaptado a sus necesidades. El hogar al que siempre poder huir. Y este hecho no podía ser de otro modo dado que era como actuaba cualquier artista. Sin esos mundos paralelos, sin esos conjuntos de ideas y sensaciones diferentes, ¿qué voces llenarían los vinilos de su colección? ¿Quién inundaría de luz los marcos de fotos? ¿Cuán vacías y pálidas se le antojarían las paredes de su casa sin cuadros que las vistiesen?
Al contrario que un padre corriente, no trataba de sacarle de la cabeza esa peregrina e insalubre idea de ser artista. Y sabía que no había modo de hacerlo, puesto que Nuria llevaba siendo artista desde su nacimiento. Suso la observaba crear con sólo seis años, hallando argumentos impensables para una edad tan temprana; la observaba crear cuando se quedaba patidifusa contemplando el labor de una hormiga en su jardín; la observaba crear cuando llegaba fin de curso y con él sus respectivas notas mediocres; la observaba crear cada vez que algún profesor le mostraba el incontable número de bocetos que le habían sido usurpados a su hija por no prestar atención.
Así que no. Aunque contrastara con su personalidad –la de un hombre sensato, previsor, partidario de trabajar duro en lugar de soñar despierto-, Suso no podía evitar enorgullecerse internamente de las creaciones de Nuria, y a pesar de que no lograba comprender al completo el significado de sus pinturas, siempre se le escapaba una sonrisilla satisfecha cuando husmeaba por el hueco de su puerta y la cazaba expresándose artísticamente. No se le pasaría jamás por la mente interrumpirla en uno de esos momentos. Tan íntimos. Tan brillantes. Acostumbraba a dar media vuelta y aplazar lo que le hubiese conducido a su cuarto. Era, además, una cuestión de respeto. El mismo que le impedía a Nuria hacerle apartar a su padre la atención de los sobres que se desparramaban a lo largo de su escritorio aquellas tardes en las que tocaba recordar.

Tal vez porque era conocedor de su talento, el año perdido de Nuria le oprimía las sienes y le producía un incómodo sudor en las manos cuando se paraba a pensar en lo lejos que podría llegar, los obstáculos que sin duda esquivaría porque siempre se le había dado bien resolver problemas. Si su hija fuera tonta, habría aceptado que dejase de estudiar, e incluso la habría animado a hacerlo. Pero, de sus cuatro hijos, la última les había salido artista, y ni él ni su esposa iban a consentir que tanta devoción terminase por ser un simple espejismo.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

"Él le dice que está dispuesto a creer que ella es feliz, pero no que está sola. ¿Una chica como tú? Imposible. Le recuerda vagamente a un actor que siempre interpreta papeles de bueno. La charla se extiende un buen rato y luego se extingue por sí sola, una vez agotado el repertorio de tópicos de las conversaciones de bar: el amor, la crueldad humana, la política, el mundo. La vida, que tan simple parece en una mesa de café, le resulta a Elsa en realidad un complejo entramado de calles amistosas y calles que no lo son, de habitaciones en las que se ha sido feliz y habitaciones en las que una nunca lo será, de espejos que devuelven un rostro agradable y espejos que nunca favorecen, de vestidos que dan suerte y otros que no… Y así sucesivamente.”
                                                    

“-Lo que quiero decir, Raquel, es que creo que es absurdo intentar definir o prever los patrones de conducta de cada uno, porque cuando nos enamoramos, por ejemplo, no hay psicólogos ni psiquiatras que puedan explicar el fenómeno con exactitud. En realidad, empiezo a pensar que el amor es tan inexplicable como el sexo de los ángeles. De verdad, los psicólogos aplican teorías tan simples como los planos y contraplanos de este vídeo, y para intentar explicar las reacciones de los seres humanos tienden a echar mano de lugares comunes, de teorías que se suponen universales, de mitos jungianos o patrones freudianos o explicaciones lacanianas presuntamente aplicables a cualquier circunstancia vital. Pero en la vida real los lugares comunes no funcionan, no existe el absoluto ni los casos determinantes, porque la mayoría de las personas son demasiado complicadas como para que sus reacciones puedan explicarse en función de unas emociones predeterminadas.”

martes, 22 de noviembre de 2016

7

<<Mayo ha llegado con fuerza>>, pensaba Nuria mientras observaba el chaparrón que congregaba a los habituales fumadores en el umbral del portón. Ella no lo sospechaba, cómo habría de hacerlo, pues no tenía ni la menor idea de que tal pensamiento guardaba un matiz predictivo.
Aquella misma tarde, el cielo la sorprendía una vez más con su habitual impredecibilidad, saludándola mientras abría el bar con unos rayos luminosos que la obligaban a entrecerrar los párpados. Presagio, tal vez, de que su mundo estaba a punto de dar un vuelco.
Cuatro horas más tarde, Nuria se relamía internamente mientras observaba lo rápido que había avanzado el reloj: ya casi era hora de cerrar. Se imaginaba paseando de vuelta a casa por las callejuelas de piedra que guardaban su niñez; se imaginaba que de pronto percibía vida en un local que no solía abrir un martes; se imaginaba oyendo una voz amiga que la invitaba a tomarse algo. Pero Nuria no había cerrado todavía el bar. Y fue otra voz la que llegó a sus oídos, aunque también familiar.
-¡BU!
En aquel momento, vio como natural el girarse hacia la barra y cerciorarse de si sus temores eran ciertos, de si el dueño de esa voz era el mismo que había desaparecido hacía casi un año, sin dejar rastro ni despedida a la cual aferrarse. En aquel momento, Nuria anhelaba mirarle de nuevo: contemplar el tono ocre de sus ojos, su barba que siempre se le había asemejado a la de un pirata, la sonrisa torcida de quien ha ganado o está al alcance de conseguirlo todo, el pecho erguido que planchaba la camiseta de su grupo favorito. En aquel momento, se alegró tanto de volver a tenerle en frente que olvidó todo el sufrimiento, todas las ilusiones frustradas, todos los juegos a los que él había jugado con ella, sin esta percibirlo hasta pocos meses atrás.
-¡David! ¿Pero qué haces aquí?
Lo que pasó a continuación se lo devolvería su mente al día siguiente teñido con un filtro de arrepentimiento, de frustración irónica; y su recuerdo se intercalaba con una cita que no había desaparecido de su cabeza en años: <<Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiese llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo.>>
Aquella noche, la primera desde hacía mucho tiempo en la que se miraban con ganas y sin prejuicios, tras una serie de cubatas y cigarros prohibidos a puerta cerrada, ambos terminaron en el piso de Nuria. Primero, en la cocina; después, en el sofá; y, por último, en la cama. Y Nuria al fin consiguió lo que tanto había ansiado tiempo atrás, al fin tiró al suelo con ademán furioso la camiseta que siempre había querido que le regalase, al fin arañó su espalda, mordió su abdomen y descubrió el cuerpo que tanta intriga le provocaba. Pero se sorprendió hallando ira en cada beso que le regalaba a David. Donde creía que encontraría seguridad y calidez, descubrió una nueva faceta de sí misma: una que no le gustaba. Encontró a una mujer que ya no era la niña que soñaba con él; encontró a alguien que más que hacer el amor, se desfogaba, se liberaba de tanto odio, de tan larga y dolorosa espera, de la sucesión de casis que antaño habían minado su autoestima. Recordar a Benja sólo la hizo enfurecerse más, y la cama rugía también enfurecida, y el hombre que tenía debajo gemía enloquecido, inconsciente, embriagado y ajeno al motivo real de tanta agitación.
No hubo desayuno; de hecho, ella le pidió que se marchase nada más terminar. A él le sorprendió, no iba a engañarse, pero lo aceptó. Había pasado mucho tiempo.


"Retornó a la cama. Lilian, medio dormida, rodó sobre el colchón, se acurrucó a su lado y reposó la cabeza en su hombro. María la abrazó y pensó que al abrazarla, abrazaba a un trozo de sí misma, puesto que Lilian, como todo amor, era, más allá de su propia identidad, una construcción, un soporte investido. En ella, como en cada amante, había parte de María, de sus aspiraciones, de sus necesidades. Y de ella, como de los demás, había recibido, por tanto, un reflejo de sí misma. Cada uno había actuado como un espejo diferente y le había hecho verse de distinta manera. Llegó horrible a Escocia porque Miguel ya no la quería. Y en Edimburgo, Grahame, que la deseaba, la convirtió en hermosa; y por Andy, que la admiraba, se sintió inteligente. Y con Lilian, de igual a igual, volvió a ser persona.
Había construido una pirámide en la que cada cara, cada triángulo, sostenía a los otros, y la suma de todos ellos componía a María. 
Al día siguiente abandonaba la ciudad y toda aquella historia parecía un breve sueño que colgaba de un presente que ya era su pasado. A la luz del radiador Lilian se tornó anaranjada, cálida y brillante. Fijó la mirada en ese color, y lo mantuvo en la memoria al cerrar los ojos para volver a hundirse en los acogedores refugios del sueño. Pero esta vez sin miedo. Ya no huía, simplemente descansaba, haciendo acopio de fuerzas para volver."

sábado, 19 de noviembre de 2016

6

Ahora debía despedirse de otro de sus mundos. Y este, aún encima, era su favorito. Tan perfecto como irreal. Tan idealizado que, si llegara a materializarse, carecería de sentido. Y era ese el motivo por el que tenía que dejarlo marchar -aunque le doliese más que un latigazo, con marca incluida-: no era real, nunca lo había sido. Se repetía esto cada mañana, después y antes del primer café. Se repetía esto en la ducha, cuando se esforzaba en cantar pensando por una vez en la letra. Se repetía esto mientras pedía cien gramos de harina, y también cuando los utilizaba. Se repetía esto al mismo tiempo que el protagonista de la película se enfrentaba a sus miedos. Se repetía esto al ponerse el pijama. Se repetía esto al despedirse del sol otro día más.
Pero jamás se lo ha repetido creyéndoselo. A lo mejor, cuando lo haga, no necesita más repeticiones.

viernes, 18 de noviembre de 2016

5

El futuro se parece a una tragaperras que no necesita monedas y que no cesa de girar. Cambiando la velocidad y el sentido, eso sí, en función de nuestras decisiones. Hasta la más insignificante puede torcernos el rumbo y cambiarnos los esquemas.
A lo mejor un día a Nola se le antoja ir a ese puesto del mercado que tiene las manzanas más naturales y apetecibles del mundo. A lo mejor conoce al chico que le sonríe cuando le entrega la bolsa. A lo mejor ese chico, con el tiempo, acaba por infundirle la confianza que creía perdida. A lo mejor crece como profesional y como persona, en parte gracias a él, en parte gracias a ella. A lo mejor logra el trabajo que siempre soñó, en el lugar donde siempre soñó dormir. A lo mejor ese chico pasa a ser una experiencia más del camino y llega el momento en el que se ve obligada a decirle adiós. Pero, aunque eso sucediera, la causa de su crecimiento siempre sería la misma: un día a Nola se le antojó ir a ese puesto del mercado.

Hay personas que no están destinadas a quedarse con nosotros, sino que aparecen en nuestras vidas para dejarnos su huella intercalada con una lección. ¿Cuál es el objetivo de esto? Aprender y avanzar.

jueves, 17 de noviembre de 2016

También hay cosas que me sacan de quicio.

La gente intransigente que exige empatía.
Los halagos falsos sin razón de sí.
Un albañil de derechas. Uno no. Muchos.
Que no se vaya la luz una noche de tormenta.
Los prejuicios propios del que nunca ha cambiado de zapatos.
Mantener la calefacción al máximo para crear un verano invernal.
Los futuros que jamás se tornarán presentes.
Que alguien se ponga en modo avión cuando le estoy revelando sensaciones que nunca antes había exteriorizado.
Que el tarro de la sal se parezca tanto al del azúcar y que yo me despierte tan dormida.
El mejor momento de la canción interrumpido por un diálogo banal.
Hacer la mochila para escapar a la playa y que comience a llover.
Perder cuando sé que podría haber ganado por goleada.
Los tiempos en condicional. Y lo que conllevan.
No poder deshacer nunca del todo la maleta.
Haber perdido la <<lista de cosas que hacer antes de morir>> garabateada a los quince. Habría tachado un par de experiencias.
Que alguien aumente el volumen de la televisión porque se grita en lugar de hablar.
El recuerdo que me prohíbe concentrarme.
Los lunes que sólo son lunes.

La cantidad de susurros que permanecerán anclados en una esquina recóndita de la avenida que rodea lo que pudo ser y no será.
(...)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

“-Doctor, puede decírmelo –insistió ella-. Ya no tengo miedo, ni indiferencia, ni nada. Tengo voluntad de vivir, pero sé que esto ahora no basta y estoy resignada con mi destino.
-Entonces, ¿qué es lo que desea?
-¿Cuánto tiempo me queda? –repitió Veronika, mientras la enfermera le ponía la inyección.
-Veinticuatro horas. Quizá menos.
Ella bajó los ojos y se mordió los labios, pero se controló.
-Quiero pedir dos favores. El primero es que me dé un medicamento, una inyección, lo que sea, para que me mantenga despierta y aproveche cada minuto que me reste de vida. Tengo mucho sueño, pero ya no quiero dormir; tengo mucho que hacer: cosas que siempre he dejado para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna; cosas por las que perdí interés cuando creí que la vida no valía la pena.
-¿Cuál es su segunda petición?
-Salir de aquí y morir allá afuera. Quiero subir al castillo de Ljubljana, que siempre ha estado ahí y nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Quiero conversar con la mujer que vende castañas en el invierno y flores en la primavera. ¡Cuántas veces nos hemos cruzado y nunca le he preguntado cómo se sentía! Quiero andar por la nieve sin abrigo, sintiendo el extremo frío, yo que siempre anduve bien abrigada, para no resfriarme.
>>En fin, Dr. Igor, quiero que la lluvia me dé en la cara, sonreír a los hombres que me interesan, aceptar todos los cafés que me inviten. Tengo que besar a mi madre, decirle que la amo, llorar en su hombro, sin vergüenza de mostrar mis sentimientos, que siempre existieron pero los oculté.
>>Quizá entre en la iglesia, mire las imágenes que nunca me dijeron nada… y a lo mejor me dicen alguna cosa. Si un hombre interesante me invita a un cabaret, lo aceptaré y bailaré toda la noche, hasta caer exhausta. Luego me iré a acostar con él, pero no como lo he hecho en otras ocasiones. Quiero entregarme a un hombre, a la ciudad, a la vida y, finalmente, a la muerte…”


“-En la catedral de Florencia hay un reloj bellísimo, diseñado por Paolo Uccello en 1443. Pero este reloj tiene una curiosidad: aunque marca las horas como los demás, las manecillas van en sentido contrario.
-¿Qué tiene que ver esto con mi enfermedad?
-Para allá voy. Paolo Uccello, al fabricar este reloj, no trataba de ser original. En realidad, en aquel momento había otros relojes así y otros cuyas manecillas iban en el sentido contrario que hoy conocemos. Por alguna razón desconocida, quizá porque el duque tenía un reloj cuyas agujas marchaban en el sentido que hoy conocemos como <<correcto>>, este fue el sentido que se impuso como único y el reloj de Uccello pasó a ser una aberración, una locura.
>>Ahora vayamos a su mal: cada ser humano es único, con sus propias cualidades, instintos, formas de placer, búsqueda de aventuras. Pero la sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar y la gente no se detiene a preguntarse por qué hay que comportarse así. Lo aceptan y ya, como los dactilógrafos aceptaron el hecho de que el QWERTY era el mejor teclado posible. ¿Ha conocido a alguien en toda su vida que se haya preguntado por qué las manecillas del reloj marchan en una dirección y no en sentido contrario?
-No.
-Si alguien preguntara, seguramente escucharía: <<¡Está usted loco!>> Si insistiera en la pregunta, los demás tratarían de encontrar una razón, pero enseguida cambiarían de tema, porque no hay ninguna razón, salvo la que le he explicado. Ahora, volvamos a su pregunta. Repítala.
-¿Estoy curada?

-No. Usted es una persona diferente y quiere ser igual. Y esto, según mi punto de vista, se considera un mal grave.”

lunes, 14 de noviembre de 2016

"Una tarde pasó frente a la estatua de Preweren, el gran poeta esloveno, y comenzó a reflexionar sobre su vida. A los treinta y cuatro años, él había entrado cierta vez en una iglesia y vio a una joven adolescente, Julia Primic, por la que se apasionó perdidamente. Como los antiguos trovadores, le escribió poemas, con la esperanza de casarse con ella.
Resultó que Julia era hija de una familia de la alta burguesía y, salvo en aquel encuentro fortuito en la iglesia, Preweren nunca consiguió acercársele. Pero aquel encuentro le inspiró sus mejores versos y creó la leyenda en torno a su nombre. En la pequeña plaza central de Ljubljana, la estatua del poeta mantiene los ojos fijos en una dirección: quien siga su mirada descubrirá, del otro lado de la plaza, un rostro de mujer esculpido en la pared de una de las casas. Allí moraba Julia. Preweren, incluso después de muerto, contempla por toda la eternidad su amor imposible.
¿Y si él hubiera luchado más?"

"Eduard sonreía, quizá sin entender ni una palabra de lo que le estaba diciendo. Pero ella se acordó del Dr. Igor: los esquizofrénicos podían entrar y salir de sus separadas realidades.
-Yo voy a morir -continuó, con la esperanza de que sus palabras fueran comprendidas-. La muerte ya rozó hoy mi cara con sus alas y tocará a mi puerta mañana o después. No tienes que acostumbrarte a oír el piano todas las noches.
>>Nadie se tiene que acostumbrar a nada, Eduard. Mira: yo estaba disfrutando de nuevo del sol, de las montañas, de los problemas y hasta estaba aceptando que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie, salvo mía. Quería volver a ver la plaza de Ljubljana, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas simples y tontas que forman parte de lo cotidiano, pero que dan gusto a la existencia. Si algún día llegara a salir de aquí, me permitiría ser loca, porque todo el mundo lo está y aún son peores aquellos que no saben que lo están, porque no hacen más que repetir lo que los otros ordenan.
>>Pero nada de esto es posible, ¿entiendes? Por lo mismo, no tienes que pasarte el día esperando que llegue la noche y que una de las internas toque el piano, porque esto pronto acabará. Mi mundo y el tuyo se están acabando."

jueves, 10 de noviembre de 2016

"La utilidad del pasado está en quedarse atrás."

Tenemos la extraña afición de volver a los mismos sitios cuando regresamos a una determinada ciudad. Nos encanta pasear por ellos y que nos invadan los recuerdos en cada esquina. Encantar, a lo mejor, no es la palaba adecuada. Pero lo buscamos, aunque en la mayoría de las ocasiones sea nocivo, sentimos la necesidad de volver a mirar en la misma dirección y ver lo mismo, a pesar de que todo haya cambiado. Es entonces y solo entonces cuando nos cercioramos de que el reloj no ha dejado de contar por muy larga que sea nuestra ausencia. Y cuando miramos el escalón, el parque, la cervecería o el puente de nuestra añoranza, sentimos que ya no son los mismos, porque ya no son nuestros.  
Considero un error la necesidad que nos apremia a retornar a los lugares que antaño parecían guardar nuestro nombre. La alternativa más adecuada siempre será conocer nuevos senderos, y dejarse un pedazo de corazón en cada uno de ellos; no prometer en las despedidas, simplemente aprovecharlas porque presagian un final.

No hay nada que salvar en la nostalgia. La nostalgia se sustenta a base de pasado. Y si nos dejamos seducir en exceso por ella, nos pasaremos la vida con la mirada perdida.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Winter

´Creo que hay pocas sensaciones tan reconfortantes como pasear por una ciudad que acaba de ser acariciada por la lluvia. Todo es diferente sin cambiar en absoluto. Hasta tú lo eres. También tú te renuevas, de alguna manera, con la lluvia. Sobre todo al observarla caer a través del cristal. O cuando te moja, cuando te cala hasta los huesos, para llegar a casa y quitarte los zapatos nada más entrar, y que alguien aparezca de pronto con una toalla, y que la ropa vuele y la toalla también, y que de pronto te olvides de que estás helada. Porque ya no lo estás.

sábado, 5 de noviembre de 2016

No sé hacia dónde debemos dirigirnos. A veces me cuesta diferenciar entre perder tiempo o aprovecharlo. A menudo mis noches se convierten en días y pasan a ser estos los que me confunden. No sé si tomar un determinado camino me llevará a perderme otro todavía mejor. De momento no tengo ni idea de si debo capturar, escribir o crear sensaciones, ni si en lugar de eso mi futuro está en intentar que la marea no suba todavía más. Voy dando pasos de ciego, tropezando algunas ocasiones, encontrándome otras, pero suelo salir ilesa.

Aunque elegir siempre ha sido lo más duro. Porque mientras no lo hagas, todo sigue siendo posible.