“-Doctor,
puede decírmelo –insistió ella-. Ya no tengo miedo, ni indiferencia, ni nada.
Tengo voluntad de vivir, pero sé que esto ahora no basta y estoy resignada con
mi destino.
-Entonces,
¿qué es lo que desea?
-¿Cuánto
tiempo me queda? –repitió Veronika, mientras la enfermera le ponía la
inyección.
-Veinticuatro
horas. Quizá menos.
Ella bajó
los ojos y se mordió los labios, pero se controló.
-Quiero
pedir dos favores. El primero es que me dé un medicamento, una inyección, lo
que sea, para que me mantenga despierta y aproveche cada minuto que me reste de
vida. Tengo mucho sueño, pero ya no quiero dormir; tengo mucho que hacer: cosas
que siempre he dejado para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna;
cosas por las que perdí interés cuando creí que la vida no valía la pena.
-¿Cuál es su
segunda petición?
-Salir de
aquí y morir allá afuera. Quiero subir al castillo de Ljubljana, que siempre ha
estado ahí y nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Quiero conversar con
la mujer que vende castañas en el invierno y flores en la primavera. ¡Cuántas
veces nos hemos cruzado y nunca le he preguntado cómo se sentía! Quiero andar
por la nieve sin abrigo, sintiendo el extremo frío, yo que siempre anduve bien
abrigada, para no resfriarme.
>>En
fin, Dr. Igor, quiero que la lluvia me dé en la cara, sonreír a los hombres que
me interesan, aceptar todos los cafés que me inviten. Tengo que besar a mi
madre, decirle que la amo, llorar en su hombro, sin vergüenza de mostrar mis
sentimientos, que siempre existieron pero los oculté.
>>Quizá
entre en la iglesia, mire las imágenes que nunca me dijeron nada… y a lo mejor
me dicen alguna cosa. Si un hombre interesante me invita a un cabaret, lo
aceptaré y bailaré toda la noche, hasta caer exhausta. Luego me iré a acostar
con él, pero no como lo he hecho en otras ocasiones. Quiero entregarme a un
hombre, a la ciudad, a la vida y, finalmente, a la muerte…”
“-En la
catedral de Florencia hay un reloj bellísimo, diseñado por Paolo Uccello en
1443. Pero este reloj tiene una curiosidad: aunque marca las horas como los
demás, las manecillas van en sentido contrario.
-¿Qué tiene
que ver esto con mi enfermedad?
-Para allá
voy. Paolo Uccello, al fabricar este reloj, no trataba de ser original. En
realidad, en aquel momento había otros relojes así y otros cuyas manecillas
iban en el sentido contrario que hoy conocemos. Por alguna razón desconocida,
quizá porque el duque tenía un reloj cuyas agujas marchaban en el sentido que
hoy conocemos como <<correcto>>, este fue el sentido que se impuso
como único y el reloj de Uccello pasó a ser una aberración, una locura.
>>Ahora
vayamos a su mal: cada ser humano es único, con sus propias cualidades, instintos,
formas de placer, búsqueda de aventuras. Pero la sociedad termina imponiendo
una manera colectiva de actuar y la gente no se detiene a preguntarse por qué
hay que comportarse así. Lo aceptan y ya, como los dactilógrafos aceptaron el
hecho de que el QWERTY era el mejor teclado posible. ¿Ha conocido a alguien en
toda su vida que se haya preguntado por qué las manecillas del reloj marchan en
una dirección y no en sentido contrario?
-No.
-Si alguien
preguntara, seguramente escucharía: <<¡Está usted loco!>> Si insistiera
en la pregunta, los demás tratarían de encontrar una razón, pero enseguida
cambiarían de tema, porque no hay ninguna razón, salvo la que le he explicado.
Ahora, volvamos a su pregunta. Repítala.
-¿Estoy curada?
-No. Usted
es una persona diferente y quiere ser igual. Y esto, según mi punto de vista,
se considera un mal grave.”
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