miércoles, 16 de noviembre de 2016

“-Doctor, puede decírmelo –insistió ella-. Ya no tengo miedo, ni indiferencia, ni nada. Tengo voluntad de vivir, pero sé que esto ahora no basta y estoy resignada con mi destino.
-Entonces, ¿qué es lo que desea?
-¿Cuánto tiempo me queda? –repitió Veronika, mientras la enfermera le ponía la inyección.
-Veinticuatro horas. Quizá menos.
Ella bajó los ojos y se mordió los labios, pero se controló.
-Quiero pedir dos favores. El primero es que me dé un medicamento, una inyección, lo que sea, para que me mantenga despierta y aproveche cada minuto que me reste de vida. Tengo mucho sueño, pero ya no quiero dormir; tengo mucho que hacer: cosas que siempre he dejado para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna; cosas por las que perdí interés cuando creí que la vida no valía la pena.
-¿Cuál es su segunda petición?
-Salir de aquí y morir allá afuera. Quiero subir al castillo de Ljubljana, que siempre ha estado ahí y nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Quiero conversar con la mujer que vende castañas en el invierno y flores en la primavera. ¡Cuántas veces nos hemos cruzado y nunca le he preguntado cómo se sentía! Quiero andar por la nieve sin abrigo, sintiendo el extremo frío, yo que siempre anduve bien abrigada, para no resfriarme.
>>En fin, Dr. Igor, quiero que la lluvia me dé en la cara, sonreír a los hombres que me interesan, aceptar todos los cafés que me inviten. Tengo que besar a mi madre, decirle que la amo, llorar en su hombro, sin vergüenza de mostrar mis sentimientos, que siempre existieron pero los oculté.
>>Quizá entre en la iglesia, mire las imágenes que nunca me dijeron nada… y a lo mejor me dicen alguna cosa. Si un hombre interesante me invita a un cabaret, lo aceptaré y bailaré toda la noche, hasta caer exhausta. Luego me iré a acostar con él, pero no como lo he hecho en otras ocasiones. Quiero entregarme a un hombre, a la ciudad, a la vida y, finalmente, a la muerte…”


“-En la catedral de Florencia hay un reloj bellísimo, diseñado por Paolo Uccello en 1443. Pero este reloj tiene una curiosidad: aunque marca las horas como los demás, las manecillas van en sentido contrario.
-¿Qué tiene que ver esto con mi enfermedad?
-Para allá voy. Paolo Uccello, al fabricar este reloj, no trataba de ser original. En realidad, en aquel momento había otros relojes así y otros cuyas manecillas iban en el sentido contrario que hoy conocemos. Por alguna razón desconocida, quizá porque el duque tenía un reloj cuyas agujas marchaban en el sentido que hoy conocemos como <<correcto>>, este fue el sentido que se impuso como único y el reloj de Uccello pasó a ser una aberración, una locura.
>>Ahora vayamos a su mal: cada ser humano es único, con sus propias cualidades, instintos, formas de placer, búsqueda de aventuras. Pero la sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar y la gente no se detiene a preguntarse por qué hay que comportarse así. Lo aceptan y ya, como los dactilógrafos aceptaron el hecho de que el QWERTY era el mejor teclado posible. ¿Ha conocido a alguien en toda su vida que se haya preguntado por qué las manecillas del reloj marchan en una dirección y no en sentido contrario?
-No.
-Si alguien preguntara, seguramente escucharía: <<¡Está usted loco!>> Si insistiera en la pregunta, los demás tratarían de encontrar una razón, pero enseguida cambiarían de tema, porque no hay ninguna razón, salvo la que le he explicado. Ahora, volvamos a su pregunta. Repítala.
-¿Estoy curada?

-No. Usted es una persona diferente y quiere ser igual. Y esto, según mi punto de vista, se considera un mal grave.”

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