“El camarero
reaparece con la taza de café y de pronto Jaime empieza a sentirse más
tranquilo, quizá porque ahora es consciente de que ya no alberga la menor
esperanza, de que lo ha perdido todo, y de que no queda, por tanto, ni el más
mínimo resquicio abierto a la ansiedad. Cuando llegó al restaurante lo hizo con
la misma absurda e insolente esperanza con la que uno relee una historia trágica
esperando que termine de otra manera. Pero ahora la marea de lo inevitable se
ha abalanzado sobre él, dejándolo demasiado exhausto como para respirar. La
marea se aleja, se lleva lo que Jaime deseaba ser, y cuando regresa, imponente,
trae la certidumbre de que Jaime ha perdido a Raquel para siempre.”
Si quisiéramos
narrar lo que sucedió sin complicarnos, diríamos que Nuria lloraba por lo que
quiso tener y nunca tuvo. O peor: por lo que quiso tener y tuvo demasiado
tarde. Tan tarde que lo que recibió tenía el mismo aspecto que lo que creía
anhelar, pero ese aspecto no era más que un envoltorio. Ya no quedaba nada de
la imagen idealizada que Nuria albergaba en su cabeza. La habían empobrecido y
maltratado el número de esperanzas que ella misma había mandado ahorcar.
David no
había cambiado. Era ella la que lo había hecho. Y con ella, su imagen de él. La
antaña adoración irracional, las miradas capaces de reactivar volcanes, las
ensoñaciones que se sucedían a ritmo frenético en las que se imaginaba con él:
con él, en la cama, con él en el teatro, con él en la playa, con él sobre la
encimera, con él muriéndose de frío al contemplar un cielo nocturno y
despejado, con él tirando el mapa por la ventanilla del coche mientras le
propone que se pierdan, con él inmersa en una guerra de cosquillas, con él
intentando impresionarle mientras se comunica en un perfecto alemán con un
turista desorientado… Ahora todo aquello se parecía a un pasado que nunca jamás
había existido, a error, a rabia y a orgullo. La capacidad de estar por encima
de cualquier situación que Nuria había hecho resurgir en ese año, la
incapacitaba en la tarea de volver a mirar a David con los mismos ojos.
Al fin y al
cabo, era él quien se había marchado. Era él quien no se había lanzado nunca a
por ella, a pesar de tener múltiples oportunidades. Y ahora estaba de vuelta, y
pretendía… ¿qué pretendía? Nuria no tenía la menor idea, y tampoco quería
tenerla. Nuria ya estaba harta de finales inacabados, de ensoñaciones
incompletas, de esperanzas frustradas, y tal vez por eso se acostó aquella noche
con David. Para, por una vez, pagarle con la misma moneda: permitirle probar lo
que le había estado esperando durante tanto tiempo, y acto seguido
arrebatárselo.
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