Tenemos la
extraña afición de volver a los mismos sitios cuando regresamos a una
determinada ciudad. Nos encanta pasear por ellos y que nos invadan los
recuerdos en cada esquina. Encantar, a lo mejor, no es la palaba adecuada. Pero
lo buscamos, aunque en la mayoría de las ocasiones sea nocivo, sentimos la
necesidad de volver a mirar en la misma dirección y ver lo mismo, a pesar de
que todo haya cambiado. Es entonces y solo entonces cuando nos cercioramos de
que el reloj no ha dejado de contar por muy larga que sea nuestra ausencia. Y
cuando miramos el escalón, el parque, la cervecería o el puente de nuestra
añoranza, sentimos que ya no son los mismos, porque ya no son nuestros.
Considero un
error la necesidad que nos apremia a retornar a los lugares que antaño parecían
guardar nuestro nombre. La alternativa más adecuada siempre será conocer nuevos
senderos, y dejarse un pedazo de corazón en cada uno de ellos; no prometer en
las despedidas, simplemente aprovecharlas porque presagian un final.
No hay nada
que salvar en la nostalgia. La nostalgia se sustenta a base de pasado. Y si nos
dejamos seducir en exceso por ella, nos pasaremos la vida con la mirada
perdida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario