viernes, 25 de noviembre de 2016

9

Había pasado una semana. El teléfono seguía sin sonar. Mejor dicho: había sonado, y más veces de las que le hubiera gustado a David, pero los nombres que se reflejaban en la pantalla no eran personas, sino falsas alarmas. Y continuaba aguardando, incapaz de dar un paso en falso y ser el primero en llamar, porque ni siquiera sabía si debía hacerlo. Como tampoco sabía si había hecho lo correcto pasándose por el bar en el que trabajaba Nuria. Creía que se alegraría de volver a verle, y así había sido. Sin embargo, a David no se le escapaba de la cabeza la sensación de que no era la misma, de que cuando le miraba ya no hallaba esa absoluta adoración. Tal vez eso fuese lo que le llevó por fin a acostarse con ella. Hasta entonces, Nuria había sido tan alcanzable que no representaba ningún reto. El juego era entretenido, pero no le satisfacía, no le intrigaba. Quizás porque creía que ya la conocía, que no tenía forma de sorprenderlo, ni siquiera en la cama.
Pero aquella noche se encontró con una Nuria que albergaba un misterio digno de resolver. Y le dirigió las palabras que antaño sólo había dejado entrever, como el que es lo suficientemente valiente para dejar la puerta abierta y lo suficientemente cobarde para cerrarla cuando ve que alguien se dispone a entrar. Sólo se percató realmente de lo estúpido que había sido cuando su pelo despidió destellos rojizos, envuelto en un gravitar que precedía al mejor beso que le habían dado en mucho tiempo.
En ese momento, mientras mantenía la vista fija pero a la vez perdida en su número, a David se le pasó por la cabeza que nunca había estado más lejos de Nuria. Y maldijo la otra noche, maldijo la cara de tonto que se le había quedado cuando ella le pidió que se marchara. Pobre ingenuo. Creía que después de un año todo volvería a seguir su curso tal y como lo había dejado. No comprendía que el tiempo no solo corre para los que se marchan.

Arrojó el móvil al sofá, despidiéndose al menos durante un rato de las preguntas sin respuesta. Y dejó, como en tantas otras ocasiones, que las cosas surgieran solas. 

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