Suso
comprendía que su hija tuviese su propio
mundo. No la obligaba a volver al real, al común, porque sabía que ella ya lo
conocía, y que esa consciencia era la que le había provocado crearse uno
propio, más adaptado a sus necesidades. El hogar al que siempre poder huir. Y
este hecho no podía ser de otro modo dado que era como actuaba cualquier
artista. Sin esos mundos paralelos, sin esos conjuntos de ideas y sensaciones
diferentes, ¿qué voces llenarían los vinilos de su colección? ¿Quién inundaría
de luz los marcos de fotos? ¿Cuán vacías y pálidas se le antojarían las paredes
de su casa sin cuadros que las vistiesen?
Al contrario
que un padre corriente, no trataba de sacarle de la cabeza esa peregrina e insalubre
idea de ser artista. Y sabía que no había modo de hacerlo, puesto que Nuria
llevaba siendo artista desde su nacimiento. Suso la observaba crear con sólo
seis años, hallando argumentos impensables para una edad tan temprana; la
observaba crear cuando se quedaba patidifusa contemplando el labor de una
hormiga en su jardín; la observaba crear cuando llegaba fin de curso y con él sus
respectivas notas mediocres; la observaba crear cada vez que algún profesor le
mostraba el incontable número de bocetos que le habían sido usurpados a su hija
por no prestar atención.
Así que no.
Aunque contrastara con su personalidad –la de un hombre sensato, previsor, partidario
de trabajar duro en lugar de soñar despierto-, Suso no podía evitar
enorgullecerse internamente de las creaciones de Nuria, y a pesar de que no
lograba comprender al completo el significado de sus pinturas, siempre se le
escapaba una sonrisilla satisfecha cuando husmeaba por el hueco de su puerta y
la cazaba expresándose artísticamente. No se le pasaría jamás por la mente
interrumpirla en uno de esos momentos. Tan íntimos. Tan brillantes.
Acostumbraba a dar media vuelta y aplazar lo que le hubiese conducido a su
cuarto. Era, además, una cuestión de respeto. El mismo que le impedía a Nuria hacerle
apartar a su padre la atención de los sobres que se desparramaban a lo largo de
su escritorio aquellas tardes en las que tocaba recordar.
Tal vez
porque era conocedor de su talento, el año perdido de Nuria le oprimía las
sienes y le producía un incómodo sudor en las manos cuando se paraba a pensar
en lo lejos que podría llegar, los obstáculos que sin duda esquivaría porque
siempre se le había dado bien resolver problemas. Si su hija fuera tonta,
habría aceptado que dejase de estudiar, e incluso la habría animado a hacerlo.
Pero, de sus cuatro hijos, la última les había salido artista, y ni él ni su
esposa iban a consentir que tanta devoción terminase por ser un simple
espejismo.
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