<<Mayo ha llegado con fuerza>>, pensaba Nuria mientras observaba el chaparrón que congregaba a los habituales fumadores en el umbral del portón. Ella no lo sospechaba, cómo habría de hacerlo, pues no tenía ni la menor idea de que tal pensamiento guardaba un matiz predictivo.
Aquella misma tarde, el cielo la sorprendía una vez más con su habitual impredecibilidad, saludándola mientras abría el bar con unos rayos luminosos que la obligaban a entrecerrar los párpados. Presagio, tal vez, de que su mundo estaba a punto de dar un vuelco.
Cuatro horas más tarde, Nuria se relamía internamente mientras observaba lo rápido que había avanzado el reloj: ya casi era hora de cerrar. Se imaginaba paseando de vuelta a casa por las callejuelas de piedra que guardaban su niñez; se imaginaba que de pronto percibía vida en un local que no solía abrir un martes; se imaginaba oyendo una voz amiga que la invitaba a tomarse algo. Pero Nuria no había cerrado todavía el bar. Y fue otra voz la que llegó a sus oídos, aunque también familiar.
-¡BU!
En aquel momento, vio como natural el girarse hacia la barra y cerciorarse de si sus temores eran ciertos, de si el dueño de esa voz era el mismo que había desaparecido hacía casi un año, sin dejar rastro ni despedida a la cual aferrarse. En aquel momento, Nuria anhelaba mirarle de nuevo: contemplar el tono ocre de sus ojos, su barba que siempre se le había asemejado a la de un pirata, la sonrisa torcida de quien ha ganado o está al alcance de conseguirlo todo, el pecho erguido que planchaba la camiseta de su grupo favorito. En aquel momento, se alegró tanto de volver a tenerle en frente que olvidó todo el sufrimiento, todas las ilusiones frustradas, todos los juegos a los que él había jugado con ella, sin esta percibirlo hasta pocos meses atrás.
-¡David! ¿Pero qué haces aquí?
Lo que pasó a continuación se lo devolvería su mente al día siguiente teñido con un filtro de arrepentimiento, de frustración irónica; y su recuerdo se intercalaba con una cita que no había desaparecido de su cabeza en años: <<Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiese llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo.>>
Aquella noche, la primera desde hacía mucho tiempo en la que se miraban con ganas y sin prejuicios, tras una serie de cubatas y cigarros prohibidos a puerta cerrada, ambos terminaron en el piso de Nuria. Primero, en la cocina; después, en el sofá; y, por último, en la cama. Y Nuria al fin consiguió lo que tanto había ansiado tiempo atrás, al fin tiró al suelo con ademán furioso la camiseta que siempre había querido que le regalase, al fin arañó su espalda, mordió su abdomen y descubrió el cuerpo que tanta intriga le provocaba. Pero se sorprendió hallando ira en cada beso que le regalaba a David. Donde creía que encontraría seguridad y calidez, descubrió una nueva faceta de sí misma: una que no le gustaba. Encontró a una mujer que ya no era la niña que soñaba con él; encontró a alguien que más que hacer el amor, se desfogaba, se liberaba de tanto odio, de tan larga y dolorosa espera, de la sucesión de casis que antaño habían minado su autoestima. Recordar a Benja sólo la hizo enfurecerse más, y la cama rugía también enfurecida, y el hombre que tenía debajo gemía enloquecido, inconsciente, embriagado y ajeno al motivo real de tanta agitación.
No hubo desayuno; de hecho, ella le pidió que se marchase nada más terminar. A él le sorprendió, no iba a engañarse, pero lo aceptó. Había pasado mucho tiempo.
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