lunes, 27 de febrero de 2017

15

-Le abría mi mente como el que abre un baúl que ha mantenido siempre oculto. Pero no lo hacía porque me lo pidiese, jamás se le pasó por la cabeza; si lo hubiera hecho posiblemente ese baúl habría permanecido cerrado mucho más tiempo. Me desnudaba sin necesidad de hacer pregunta alguna. Era su tierna forma de mirarme la que me transmitía la seguridad necesaria para mostrarle mis rincones más intransitados. Supongo que sabrás que es peligroso enseñarle todo eso a cualquiera. En el momento en el que alguien te conoce por completo, sabe lo suficiente como para poder hacerte daño. Yo estaba seguro de que, aunque algún día nos separásemos, ella jamás trataría de herirme, ni tampoco sería capaz de olvidarme. Porque, y hablo por experiencia propia, es sumamente complicado no recordar a alguien que te ha mostrado sus ángeles y demonios sin importarle la posibilidad de ser juzgado. De todos modos, también sabía que nunca me juzgaría, ya que conocía tan bien como yo el apego del ser humano a cometer errores.
>>Pero entonces no imaginé lo vacío que me sentiría cuando se marchase. Fue como si se llevase esos pedazos de mí que había dejado al antojo de su raciocinio. Se llevó lo que pasa por mi cabeza cuando se cuelan los rayos de sol entre las hojas de un árbol; se llevó las dos cucharadas de azúcar que le echo al café cada mañana; se llevó el final de esa canción con la frase más introspectiva del mundo; se llevó el medio paso que doy sin querer cuando caigo en la cuenta de algo; se llevó la sonrisa de media luna que esbozo cuando vuelvo a ver a un viejo amigo; se llevó hasta mi peculiar forma de encender los cigarrillos. Y ahora sólo espero que no deje morir todo eso, que lo guarde y de vez en cuando le produzca una de esas sonrisas nostálgicas que dicen mucho más que cualquier monólogo. Sólo quiero que, vaya donde vaya, no abandone mis trozos en cualquier callejón de la calle Olvido.

jueves, 23 de febrero de 2017

14

Última bifurcación a la derecha. Once pasos. Entre los dos árboles más frondosos de toda la plaza. La piedra blanquecina rodeada de los bancos que nunca le incitaron a sentarse. Prefería aquel sitio, aparentemente frío e incómodo, lejos del mundanal ruido del que están plagadas las conversaciones vacías. Entonces, como siempre, tomaba asiento cruzando ambas piernas, mientras rebuscaba en su maletín de cuero el cuaderno que albergaba todas y cada una de sus reflexiones. En ocasiones le acompañaba en sus escritos la intensa luz que augura un nuevo día, aunque en otras prefería cobijarse bajo los rayos perpendiculares del crepúsculo. Eran estos dos momentos del día, los cuales no acostumbraban a durar más de media hora, sus preferidos para desparramar sobre el papel las historias que tenían la suerte de vivir los rostros que se le cruzaban en aquella plaza. Cada uno contaba con algún rasgo que le llamaba la atención, alguna característica con la que comenzar un nuevo relato. Pintaba en el margen superior derecho la fecha; a veces hacía tiempo subrayándola a la espera de que surgiesen las palabras, otras la garabateaba apresurado o se olvidaba de ponerla llevado por un ansia apremiante que se personificaba en el volar de su bolígrafo.
Era una rutina sagrada. Su modo de sanear la mente de todas las preocupaciones que adquieren más importancia cuanto más se paseaban por su cavilar. Sin embargo, en una de las escasas ocasiones -casi se podían enumerar con los dedos de una mano- en las que le había prestado su cuaderno a un amigo en busca de opiniones ajenas, se halló con una verdad que nunca antes había visitado su cabeza:
-Parece como si estuvieras constantemente hablando del pasado. Incluso cuando describes acciones transcurridas en el presente, haces que tomen un matiz exhausto, como si no fueran nada que no hubiera ocurrido antes. No me malinterpretes, Benja. Está genial, se nota que te sale talento hasta por las orejas. Es sólo que tus descripciones están llenas de nostalgia.
Cuando halló en sus propias palabras esa realidad silenciosa, trató de cambiar su modo de escribir. Pero, cuanto más borraba y borraba; cuanto más tachaba y tachaba; cuanto más reinventaba y recomponía, más se cercioraba de que intentar modificar su modo de ver el mundo tan sólo le conducía a una confusa frustración. Las ráfagas literarias que empujaban con fervor su bolígrafo solían teñirse con ese tono grisáceo tan propio del olvido. Y esto, según creía él hasta aquel nueve de abril, no tenía solución.
La mañana estaba a punto de dar paso a la tarde y a él le faltaban dos frases para ponerle punto y final a su relato cuando alguien se sentó en el banco de su derecha: la chica que, a partir de entonces, se sentaría cada día a la misma hora en el mismo banco, propagando la misma sombra sobre el mismo chico que ahora la contempla meditabundo sin que ella, concentrada en el fluir de su lápiz creador de esbozos, llegue a darse cuenta.
Tres días después, Benja le pregunta su nombre. Pero no serán sino cuatro semanas más tarde cuando realmente caiga en que ese nueve de abril dejó de hablar en pasado.

domingo, 19 de febrero de 2017

Sonreír acentúa las arrugas en el rostro. Entrecierra la mirada. Crea ondulaciones, aunque temporales, en la piel. Y sin embargo, cuanto más kilométrica sea una sonrisa, más embellecerá a su poseedor. Qué ironía. ¿A qué se debe esto? ¿No debería surgir el efecto opuesto con todas las aparentes imperfecciones que propicia su presencia? Por supuesto que no. Porque toda la belleza que nos transmite una sonrisa no procede de ella en sí, sino de las sensaciones que nos produce.

Algo por el estilo ocurre con las personas: formamos nuestra propia imagen de alguien mediante lo que nos hace sentir, de forma que su aspecto juega un papel secundario. Hay gente, dentro de la cual me incluyo, que es capaz de ver mucho más aún teniendo los ojos cerrados. Mucho más de lo que nos muestran. Mucho más de lo que creen que percibimos. Y esto no es más que el resultado de una serie de percepciones que vamos modificando en nuestro interior. Tomamos la imagen de alguien y la editamos haciéndola un poco nuestra, fusionando los momentos vividos con el carácter: al igual que ocurre con las sonrisas, nos quedamos con las sensaciones, en lugar de con la realidad.