-Le abría mi mente como el que abre un baúl que ha mantenido siempre oculto. Pero no lo hacía porque me lo pidiese, jamás se le pasó por la cabeza; si lo hubiera hecho posiblemente ese baúl habría permanecido cerrado mucho más tiempo. Me desnudaba sin necesidad de hacer pregunta alguna. Era su tierna forma de mirarme la que me transmitía la seguridad necesaria para mostrarle mis rincones más intransitados. Supongo que sabrás que es peligroso enseñarle todo eso a cualquiera. En el momento en el que alguien te conoce por completo, sabe lo suficiente como para poder hacerte daño. Yo estaba seguro de que, aunque algún día nos separásemos, ella jamás trataría de herirme, ni tampoco sería capaz de olvidarme. Porque, y hablo por experiencia propia, es sumamente complicado no recordar a alguien que te ha mostrado sus ángeles y demonios sin importarle la posibilidad de ser juzgado. De todos modos, también sabía que nunca me juzgaría, ya que conocía tan bien como yo el apego del ser humano a cometer errores.
>>Pero entonces no imaginé lo vacío que me sentiría cuando se marchase. Fue como si se llevase esos pedazos de mí que había dejado al antojo de su raciocinio. Se llevó lo que pasa por mi cabeza cuando se cuelan los rayos de sol entre las hojas de un árbol; se llevó las dos cucharadas de azúcar que le echo al café cada mañana; se llevó el final de esa canción con la frase más introspectiva del mundo; se llevó el medio paso que doy sin querer cuando caigo en la cuenta de algo; se llevó la sonrisa de media luna que esbozo cuando vuelvo a ver a un viejo amigo; se llevó hasta mi peculiar forma de encender los cigarrillos. Y ahora sólo espero que no deje morir todo eso, que lo guarde y de vez en cuando le produzca una de esas sonrisas nostálgicas que dicen mucho más que cualquier monólogo. Sólo quiero que, vaya donde vaya, no abandone mis trozos en cualquier callejón de la calle Olvido.
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