Última bifurcación a la derecha. Once pasos. Entre los dos árboles más frondosos de toda la plaza. La piedra blanquecina rodeada de los bancos que nunca le incitaron a sentarse. Prefería aquel sitio, aparentemente frío e incómodo, lejos del mundanal ruido del que están plagadas las conversaciones vacías. Entonces, como siempre, tomaba asiento cruzando ambas piernas, mientras rebuscaba en su maletín de cuero el cuaderno que albergaba todas y cada una de sus reflexiones. En ocasiones le acompañaba en sus escritos la intensa luz que augura un nuevo día, aunque en otras prefería cobijarse bajo los rayos perpendiculares del crepúsculo. Eran estos dos momentos del día, los cuales no acostumbraban a durar más de media hora, sus preferidos para desparramar sobre el papel las historias que tenían la suerte de vivir los rostros que se le cruzaban en aquella plaza. Cada uno contaba con algún rasgo que le llamaba la atención, alguna característica con la que comenzar un nuevo relato. Pintaba en el margen superior derecho la fecha; a veces hacía tiempo subrayándola a la espera de que surgiesen las palabras, otras la garabateaba apresurado o se olvidaba de ponerla llevado por un ansia apremiante que se personificaba en el volar de su bolígrafo.
Era una rutina sagrada. Su modo de sanear la mente de todas las preocupaciones que adquieren más importancia cuanto más se paseaban por su cavilar. Sin embargo, en una de las escasas ocasiones -casi se podían enumerar con los dedos de una mano- en las que le había prestado su cuaderno a un amigo en busca de opiniones ajenas, se halló con una verdad que nunca antes había visitado su cabeza:
-Parece como si estuvieras constantemente hablando del pasado. Incluso cuando describes acciones transcurridas en el presente, haces que tomen un matiz exhausto, como si no fueran nada que no hubiera ocurrido antes. No me malinterpretes, Benja. Está genial, se nota que te sale talento hasta por las orejas. Es sólo que tus descripciones están llenas de nostalgia.
Cuando halló en sus propias palabras esa realidad silenciosa, trató de cambiar su modo de escribir. Pero, cuanto más borraba y borraba; cuanto más tachaba y tachaba; cuanto más reinventaba y recomponía, más se cercioraba de que intentar modificar su modo de ver el mundo tan sólo le conducía a una confusa frustración. Las ráfagas literarias que empujaban con fervor su bolígrafo solían teñirse con ese tono grisáceo tan propio del olvido. Y esto, según creía él hasta aquel nueve de abril, no tenía solución.
La mañana estaba a punto de dar paso a la tarde y a él le faltaban dos frases para ponerle punto y final a su relato cuando alguien se sentó en el banco de su derecha: la chica que, a partir de entonces, se sentaría cada día a la misma hora en el mismo banco, propagando la misma sombra sobre el mismo chico que ahora la contempla meditabundo sin que ella, concentrada en el fluir de su lápiz creador de esbozos, llegue a darse cuenta.
Tres días después, Benja le pregunta su nombre. Pero no serán sino cuatro semanas más tarde cuando realmente caiga en que ese nueve de abril dejó de hablar en pasado.
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