viernes, 16 de diciembre de 2016

"¿Qué tienen todos esos hombres y mujeres que parecen felices? ¿Qué secreto resorte de entusiasmo lleva escondido dentro la portera de su inmueble que la impulsa a cantar todas las mañanas mientras barre las escaleras? ¿Por qué el chico de la tienda de vinos parece tan satisfecho de haberse conocido? Raquel se encuentra con sus rostros en las aceras y se los queda mirando fijamente hasta incomodarlos, intentando desentrañar el misterio de su aparente acomodación al mundo, una mirada o un gesto que le recuerde a sí misma tal y como era antes.
Quizá, se dice Raquel, la gente normal, la gente feliz, los otros, no aspiran a una vida tan intensa. Quizá se conformaron con lo que encontraron. No son adictos a las emociones fuertes. No aspiran a que su amante sepa hablar de cuadros y de libros y de composiciones de Stravinsky, y sea perfecto en la cama, entregado, perverso, imaginativo y sofisticado. Les basta con vivir el día a día y no esperan hallar fuera lo que no tienen dentro."

jueves, 15 de diciembre de 2016

12

Camina por los callejones que escapan del interés de los turistas y empresarios, allí donde los grandes escaparates y rascacielos no representan más que un mal chiste que no es recomendado contar, allí donde todavía se puede apreciar la piedra primitiva sobre la que se había erigido tal civilización.
Se imagina murallas enormes, firmes portones de madera que no conocen el invento de la electricidad y sólo responden a la llamada del centinela. Se imagina puestos de frutas, que en la actualidad se harían llamar "frutas ecológicas", mas en aquel entonces tal redundancia era del todo innecesaria.
Y se pregunta una vez más si cualquier pasado no sería mejor o si, mejor dicho, el futuro que hemos convertido en presente resulta tan irónico como ilógico.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

-Me das envidia.
-¿Y eso?
-Porque no soy capaz de entenderte. Por la misma razón que provoca que tú me comprendas tan bien a mí. Tu cabeza está hecha de otra pasta, no puedes pretender pensar como el resto.
-No te sigo ahora mismo.
-Joder… Mira ese árbol –señaló hacia un gran sauce, a dos metros, que se balanceaba mecido por el viento-. Yo veo simplemente eso: un árbol, con sus hojas verdes y su tronco marrón. Pero creo que tú ves mucho, muchísimo más. Creo que incluso alcanzas a ver más de lo que cualquier ojo permite.
Sabía a qué se refería, aunque no estuviera demasiado acertada al escoger las palabras para describirlo. Ella también veía un árbol. Por supuesto que era esa, y no otra, la visión que le proporcionaba su mirada. Pero no eran las imágenes que le regalaba la luz las que hacían que tuviese una concepción tan singular del mundo, sino las sensaciones.
Las impresiones que le producían un mar en calma, una nube a punto de estallar, un amanecer, una mirada sostenida o ese mismo árbol bailando al son de la brisa crepuscular, eran las causantes de todas las sonrisas torcidas que la gente, como su amiga, no lograba comprender. Había más magia en cada uno de esos acontecimientos cotidianos que en la suma de los mejores números de un mago.

Sin embargo, a menudo solo agradece de verdad los rayos de sol quien se ha pasado el mes bajo un cielo encapotado. Es una lástima que para valorar algo tenga que desaparecer. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

He soltado un montón de te quieros inoportunos. Y me he guardado otros cuantos cuando debía liberarlos.
He caminado manteniendo el equilibrio para llegar a donde estoy ahora. Y no hay nada como que el abismo te mantenga la mirada para valorar lo que tienes.
He jugado con fuego llevándome un par de marcas de recuerdo. Y quemarse en ocasiones resulta demasiado placentero.
He escrito versos que nunca verán la luz. Y son más auténticos que los que lo logran.
He perdido el sueño de noche y lo he encontrado de día. Y diría que cambiando la perspectiva, se abren senderos inexplorados.
He desafiado a la lógica anhelando lo prohibido. Y no hay nada más intrigante que un cartel de "no pasar".
He eliminado miles de frases tan incoherentes como el interior de mi mente. Y un tachón, tecleo continuo, o canasta dentro de la papelera no se considera un error, sino otro nuevo comienzo.
Y, tras todo eso, sólo me quedan ganas de descubrir lo que falta por llegar. El incontable número de crepúsculos que me embriagarán, los que me perderé y no echaré en falta por contemplar otros soles; todos los sabores y olores que no alcanzo a imaginar todavía, distribuidos meticulosamente por todos los sitios en los que seguro me encantará perderme; las palabras que jamás se me ha ocurrido susurrar; la bifurcación que siempre ha estado ahí y nunca se me ha antojado tomar; mirar las montañas que me han visto crecer y que consigan reconocerme.

jueves, 1 de diciembre de 2016

11

Mientras marcaba el número dos entre los seis botones del ascensor, se preguntó a sí misma el motivo real de su visita. Tal vez necesitaba expresar sus dudas en voz alta, y si le parecían descabelladas, al menos que también se lo pareciesen a otra persona. Además, en Nola, aunque acostumbraban a discutir, encontraba una complicidad y un cariño que le infundían confianza, y no se contaban con los dedos de las manos las tardes que se habían pasado simplemente charlando, entre cañas,  sentadas en los barriles.
De modo que comenzaron a conversar. Y Nuria soltó nombres, sucesos y sensaciones con una convicción antaño desconocida, para al final hallarse con la pregunta:
-Pero tú ¿qué es lo que buscas en realidad?
-¿Quieres saber qué quiero? Quiero reírme de verdad. Reírme hasta llorar. Reírme sin preocuparme por si levanto los labios demasiado y se me ven las encías, ni por si las patatas fritas que me acabo de comer se me han quedado entre los dientes. Quiero peleas de comida y sofás volcados. Quiero amanecer y preguntarle al nuevo día qué me depara, y preguntármelo a mí también sin poder imaginármelo. Quiero que ese alguien me toque una canción y no sentirme ridícula si me apetece llorar. Porque a veces, Nola, ya sabes, a veces es normal llorar cuando te emocionas. Quiero poder tener la confianza de soltarme y susurrarle al oído todas las travesuras que reprimí por una bondad que en realidad no tengo. Porque todos decís que soy buena. Pero yo no lo considero así. Me veo egoísta , en ocasiones demasiado entusiasta y en otras marchita y sin ilusión. Me veo como una cría a la que le importa una mierda lo que piensen los demás con tal de dar rienda suelta a sus tentaciones. Y sobre todo quiero que alguien me sorprenda de verdad; no sé si ya le conozco o todavía no he tenido la oportunidad, pero estaría bien alguien que me rompiera la camisa por la noche y al día siguiente apareciese con una nueva, alguien al que no le importe mover los muebles del salón porque de repente cree que se está mejor sobre una manta dentro de una tienda de campaña improvisada. No sé… puede que suene infantil.
-No, Nuria. Suena idílico. No deja de ser un ideal. Una esperanza, una ilusión. Por ese tipo de ideales se trata de cambiar a la gente. Yo perdí tiempo intentándolo, todavía hoy. Pero nadie cambia. Te dirán que son capaces, y alguno puede que lo crea realmente, pero no lo son.
Nola continuó con su monólogo desesperanzador, rasgado por el paso de los años y las desilusiones y Nuria, de nuevo, se encontró disconforme con la mujer que había vivido tantas desgracias que se le había olvidado vivir. Sin embargo, halló en esa negación interna a su propio yo diciéndole lo que antes no conseguía escuchar. Se dijo que si ella era así, si ella hacía ese tipo de cosas y también las anhelaba, ¿cuántas personas habría en el mundo afines a su modo de mirar? Un millón. Más. Muchas más.
Pero allí no. Allí no.