jueves, 15 de diciembre de 2016

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Camina por los callejones que escapan del interés de los turistas y empresarios, allí donde los grandes escaparates y rascacielos no representan más que un mal chiste que no es recomendado contar, allí donde todavía se puede apreciar la piedra primitiva sobre la que se había erigido tal civilización.
Se imagina murallas enormes, firmes portones de madera que no conocen el invento de la electricidad y sólo responden a la llamada del centinela. Se imagina puestos de frutas, que en la actualidad se harían llamar "frutas ecológicas", mas en aquel entonces tal redundancia era del todo innecesaria.
Y se pregunta una vez más si cualquier pasado no sería mejor o si, mejor dicho, el futuro que hemos convertido en presente resulta tan irónico como ilógico.

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