Mientras
marcaba el número dos entre los seis botones del ascensor, se preguntó a sí
misma el motivo real de su visita. Tal vez necesitaba expresar sus dudas en voz
alta, y si le parecían descabelladas, al menos que también se lo pareciesen a
otra persona. Además, en Nola, aunque acostumbraban a discutir, encontraba una
complicidad y un cariño que le infundían confianza, y no se contaban con los
dedos de las manos las tardes que se habían pasado simplemente charlando, entre
cañas, sentadas en los barriles.
De modo que
comenzaron a conversar. Y Nuria soltó nombres, sucesos y sensaciones con una
convicción antaño desconocida, para al final hallarse con la pregunta:
-Pero tú
¿qué es lo que buscas en realidad?
-¿Quieres
saber qué quiero? Quiero reírme de verdad. Reírme hasta llorar. Reírme sin
preocuparme por si levanto los labios demasiado y se me ven las encías, ni por
si las patatas fritas que me acabo de comer se me han quedado entre los
dientes. Quiero peleas de comida y sofás volcados. Quiero amanecer y
preguntarle al nuevo día qué me depara, y preguntármelo a mí también sin poder
imaginármelo. Quiero que ese alguien me toque una canción y no sentirme
ridícula si me apetece llorar. Porque a veces, Nola, ya sabes, a veces es
normal llorar cuando te emocionas. Quiero poder tener la confianza de soltarme
y susurrarle al oído todas las travesuras que reprimí por una bondad que en
realidad no tengo. Porque todos decís que soy buena. Pero yo no lo considero
así. Me veo egoísta , en ocasiones demasiado entusiasta y en otras marchita y
sin ilusión. Me veo como una cría a la que le importa una mierda lo que piensen
los demás con tal de dar rienda suelta a sus tentaciones. Y sobre todo quiero
que alguien me sorprenda de verdad; no sé si ya le conozco o todavía no he
tenido la oportunidad, pero estaría bien alguien que me rompiera la camisa por
la noche y al día siguiente apareciese con una nueva, alguien al que no le
importe mover los muebles del salón porque de repente cree que se está mejor
sobre una manta dentro de una tienda de campaña improvisada. No sé… puede que
suene infantil.
-No, Nuria.
Suena idílico. No deja de ser un ideal. Una esperanza, una ilusión. Por ese
tipo de ideales se trata de cambiar a la gente. Yo perdí tiempo intentándolo,
todavía hoy. Pero nadie cambia. Te dirán que son capaces, y alguno puede que lo
crea realmente, pero no lo son.
Nola
continuó con su monólogo desesperanzador, rasgado por el paso de los años y las
desilusiones y Nuria, de nuevo, se encontró disconforme con la mujer que había
vivido tantas desgracias que se le había olvidado vivir. Sin embargo, halló en
esa negación interna a su propio yo diciéndole lo que antes no conseguía
escuchar. Se dijo que si ella era así, si ella hacía ese tipo de cosas y
también las anhelaba, ¿cuántas personas habría en el mundo afines a su modo de mirar? Un millón. Más. Muchas más.
Pero allí
no. Allí no.
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