-Me das
envidia.
-¿Y eso?
-Porque no
soy capaz de entenderte. Por la misma razón que provoca que tú me comprendas
tan bien a mí. Tu cabeza está hecha de otra pasta, no puedes pretender pensar
como el resto.
-No te sigo
ahora mismo.
-Joder… Mira
ese árbol –señaló hacia un gran sauce, a dos metros, que se balanceaba mecido
por el viento-. Yo veo simplemente eso: un árbol, con sus hojas verdes y su
tronco marrón. Pero creo que tú ves mucho, muchísimo más. Creo que incluso
alcanzas a ver más de lo que cualquier ojo permite.
Sabía a qué
se refería, aunque no estuviera demasiado acertada al escoger las palabras para
describirlo. Ella también veía un árbol. Por supuesto que era esa, y no otra,
la visión que le proporcionaba su mirada. Pero no eran las imágenes que le
regalaba la luz las que hacían que tuviese una concepción tan singular del
mundo, sino las sensaciones.
Las
impresiones que le producían un mar en calma, una nube a punto de estallar, un amanecer,
una mirada sostenida o ese mismo árbol bailando al son de la brisa crepuscular,
eran las causantes de todas las sonrisas torcidas que la gente, como su amiga,
no lograba comprender. Había más magia en cada uno de esos acontecimientos
cotidianos que en la suma de los mejores números de un mago.
Sin embargo,
a menudo solo agradece de verdad los rayos de sol quien se ha pasado el mes
bajo un cielo encapotado. Es una lástima que para valorar algo tenga que
desaparecer.
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