miércoles, 14 de diciembre de 2016

-Me das envidia.
-¿Y eso?
-Porque no soy capaz de entenderte. Por la misma razón que provoca que tú me comprendas tan bien a mí. Tu cabeza está hecha de otra pasta, no puedes pretender pensar como el resto.
-No te sigo ahora mismo.
-Joder… Mira ese árbol –señaló hacia un gran sauce, a dos metros, que se balanceaba mecido por el viento-. Yo veo simplemente eso: un árbol, con sus hojas verdes y su tronco marrón. Pero creo que tú ves mucho, muchísimo más. Creo que incluso alcanzas a ver más de lo que cualquier ojo permite.
Sabía a qué se refería, aunque no estuviera demasiado acertada al escoger las palabras para describirlo. Ella también veía un árbol. Por supuesto que era esa, y no otra, la visión que le proporcionaba su mirada. Pero no eran las imágenes que le regalaba la luz las que hacían que tuviese una concepción tan singular del mundo, sino las sensaciones.
Las impresiones que le producían un mar en calma, una nube a punto de estallar, un amanecer, una mirada sostenida o ese mismo árbol bailando al son de la brisa crepuscular, eran las causantes de todas las sonrisas torcidas que la gente, como su amiga, no lograba comprender. Había más magia en cada uno de esos acontecimientos cotidianos que en la suma de los mejores números de un mago.

Sin embargo, a menudo solo agradece de verdad los rayos de sol quien se ha pasado el mes bajo un cielo encapotado. Es una lástima que para valorar algo tenga que desaparecer. 

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