sábado, 19 de noviembre de 2016

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Ahora debía despedirse de otro de sus mundos. Y este, aún encima, era su favorito. Tan perfecto como irreal. Tan idealizado que, si llegara a materializarse, carecería de sentido. Y era ese el motivo por el que tenía que dejarlo marchar -aunque le doliese más que un latigazo, con marca incluida-: no era real, nunca lo había sido. Se repetía esto cada mañana, después y antes del primer café. Se repetía esto en la ducha, cuando se esforzaba en cantar pensando por una vez en la letra. Se repetía esto mientras pedía cien gramos de harina, y también cuando los utilizaba. Se repetía esto al mismo tiempo que el protagonista de la película se enfrentaba a sus miedos. Se repetía esto al ponerse el pijama. Se repetía esto al despedirse del sol otro día más.
Pero jamás se lo ha repetido creyéndoselo. A lo mejor, cuando lo haga, no necesita más repeticiones.

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