Un sol
afinado en una guitarra acústica, la cerveza que va por la mitad y se mantiene
fría, esa carcajada que no te sale con cualquiera, un billete que aparece el
día indicado, los últimos cinco minutos antes de que parta el tren (los mismos
que creías perdidos por culpa del adelantado de tu reloj), reemplazar la cena
por una avalancha de ideas que bajo ningún concepto se debe dejar que escapen,
trasnochar simplemente porque apetece aún sabiendo las escasas horas de sueño a
posteriori, llegar puntual por los pelos a una cita y luego hacerte la
contrariada porque llevas esperando treinta segundos, que él o ella lo sepa y
se eche a reír, la canción de Michael Kiwanuka que consigue hacer descansar a
cualquier reloj, una playa desierta, una playa desierta contigo y conmigo, que
olvides por completo durante una noche todas tus obligaciones y te pongas como
excusa que puedes morirte en cualquier momento, la sonrisa desprevenida y
natural que inmortaliza una cámara, el conjunto de metáforas con las que Sabina
consigue hacer soñar, cuando decides que te la suda todo y le das rienda suelta
a las ganas, los domingos de ruta, los viernes de apocalipsis, las palabras
perfectas para susurrarte al oído, el paquete de café que te ha salvado la
mañana y creías inexistente, tener una conversación en inglés con un alemán y
acabar hablando francés, el sonido de una ola justo después de haberse roto
contra la arena, el viento en un campo de maíz, que te tapen hasta arriba con
la manta cuando creen que estás profundamente dormida.
Y a todo
eso le podemos añadir el modo en que miras.
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