Creo en la energía de un cuerpo en descomposición que se transforma en alimento para la planta que nacerá de su muerte. En la energía invisible e imposible de captar por los sentidos que provoca que esa banda sonora te erice la piel. En la energía que lleva a una madre a dar su propia vida por su hijo. En la energía del propio ciclo terrestre que consigue hacer mudar casi por completo a un árbol sin que parezca otro. En la energía que se apropia de palabras sin la necesidad de decirlas cuando dos personas se miran. En la energía capaz de transformarnos en locos durante lo que dura una escapada.
Creo en las percepciones que surcan los límites de nuestro raciocinio, fusionando nuestras impresiones con nuestro comportamiento y sentimientos, burlándose de los sentidos, de la propia realidad. Esas en las que nosotros mismos nos vemos reflejados, como si cumpliesen la función de un río plagado de rápidos si nos sentimos agitados. Las percepciones de nuestro propio mundo se parecen a un antifaz que tiñe de color nuestro mirar, y esto provoca que veamos cerca lo que está lejos o que nos resulte el fin del mundo una situación irrisoria.
Y también creo que hay momentos en los que se debe mantener a raya ambas, y otros en los que es necesario dejarse llevar por la tentación.
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