Por la habitación, de una manera totalmente arbitraria, se amontonaban álbumes de fotos incompletos; libros con sus respectivos marcapáginas sobresaliendo por la página treinta; diarios en los que las aventuras todavía no conocían su final; zapatillas nuevas, sin estrenar, pero amarillentas por el paso del olvido; cigarros a medio consumir, aunque ya apagados contra la frialdad grisácea del cenicero; la cama estaba deshecha y los surcos de las sábanas parecían conformar el contorno de la figura que en su última mañana se había revolcado a regañadientes hacia el despertador; sobre el escritorio, se hallaba un incontable número de escritos en los que, más que palabras, destacaba la confusión que impregnaba cada frase tachada.
Aquel dormitorio componía a la perfección la vida y personalidad de su dueño: una sucesión de puntos suspensivos, de asuntos que ansiaban su desembocadura, como un río perdido entre valles que no logra hallar su mar para al fin descansar. Sin embargo, todo ese aparente desorden seguía una regla que escapa de cualquier convención mundana. Los libros, anclados para siempre en la trigésima página, representaban la firme convicción de jamás continuar algo que no logra seducir a la imaginación; los diarios nunca se llenaron, pues su cometido era el de simbolizar etapas que se fundirían con las siguientes, y bajo ningún concepto se debe dejar un pedazo de alma en el papel inadecuado.
Era la primera vez que abría su cuarto desde entonces. Y resolvió, con una última mirada antes de cerrar la puerta, que todavía no estaba preparado. Que las zapatillas seguían blancas.
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