Había versos pintarrajeados en cada esquina, y sus letras cobraban tal vida, al ser leídas en voz alta, que se asemejaba aquella cocina a la cuna de los sueños. Sueños encarcelados entre tinta y pergamino. Sueños disfrazados de quehaceres, cuya voz resultaba tan difícil de percibir como una libélula en una catarata. Pero estaban allí. Y cuando surcaban la mente del soñador que los albergaba, los más observadores afirman que en sus ojos surgía una luz antes inexistente.
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