El mar nos conecta de una forma que ningún otro elemento de la naturaleza puede igualar. Junto al mar soñamos, nos enamoramos, probamos experiencias nuevas, nos deshacemos como olas que han hallado el lugar idóneo para reposar; junto al mar, algunos tuvimos la suerte de crecer y aprender que, frente a cualquier temporal, debemos mantenernos impasibles y constantes.
Paseando al borde de su fluir, muchos decidieron perderse para allí encontrarse de nuevo, cautivados por la casi imperceptible hipnosis del horizonte azul inalcanzable.
Ella es así. Ella viene y va, y cuando parece que los dedos se te empapan de su esencia, es justo el instante en el que se desvanece. Ella se parece al mar porque nunca consigues apartarla de tus sueños por completo; siempre hay algún resquicio que se cuela para inundar cualquier otro pensamiento que pudiera haber invadido tu mente, aunque fuera sólo durante un segundo. Ella es la perfecta encarnación de las ganas, de los besos robados y de los momentos contados a cuentagotas.
En ella, aquella noche creí haber encontrado por fin el norte. Bajo la llamada apremiante de los segundos que vuelan, a las agujas del reloj se les antojó ir en quinta; y yo que creía que para parar el tiempo tan sólo necesitaba otro beso aún más desenfrenado...
Pero, como casi siempre, me equivocaba. Y la noche se volvió día, y la marea descendió... Aún continúo a la espera de que vuelva a subir.
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