"-Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; descubriré el precio de la felicidad... Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón."
Me atenaza la impaciencia, la sucesión de los días a medio llenar, como si me hubieran servido un cubata en vaso de tubo con cuatro hielos, como si mi fuero interno no cesase en la cuenta de las experiencias que aguardan por mí a la vuelta de la esquina.
Me atenaza la urgencia de echar a correr, con pedales, con alas o con algún tipo de motor que impulse mi suerte. Correr, descubrir, explorar, viajar, conocer, compartir... vivir. No pido más.
Me atenaza la inconstancia del fluir del tiempo, de su enorme y confusa relatividad, del modo en el que un sólo segundo puede representar toda una vida... De cómo un día invernal es capaz de desprender tanto calor como una hoguera de San Juan... Todo está ahí dentro, todo depende del momento.
Y, por último, me atenaza la impotencia de no hallar mundo en el que estés conmigo, para enseñarme cómo se hacía eso de cerrar los ojos y que los escalofríos te obliguen, de pronto, a olvidar todo lo un día vivido.
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