Ya había perdido la cuenta de las veces que, a lo largo de ese año, había contemplado su plaza. Sin embargo, nunca conseguía volver a divisar aquel tono dorado, por más que los crepúsculos bañasen un día tras otro aquellas baldosas de piedra que cobijaban su niñez. Jamás, aunque lo intentase hasta la saciedad, lograba recuperar aquel cariño perdido en la lenta sucesión de desilusiones que había conformado ese año.
Le parecía imposible que el melancólico y húmedo lugar que en ese instante surcaba su mirada fuera el mismo. No, no lo era. Allí ya no había gargantas secas coreando el nombre de la camarera; ni guitarras eléctricas encendiendo noches; ni amigos que sonríen y chocan las cinco como mascullando te quiero con los labios inmóviles; ni tampoco se divisaban botellines de estrellas vacíos.
A aquella plaza le habían arrebatado el alma los mismos que se la habían otorgado, y aguardaba, meditabunda, exhausta y desganada, a que volviesen a escucharse gritos de júbilo, a que de nuevo se derramasen botellas, y sobre todo a que a ella se le agotasen las dudas.
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