domingo, 14 de junio de 2015

"En este mundo lleno de desesperación, debemos atrevernos a soñar."

Vestía de suerte cada sábado por la noche. Y aunque era tu elección compartir o no el boleto, no podías negarte a soñar con alcanzar el premio gordo, aunque fuese en porciones, en porciones diminutas, administradas cuidadosamente con un cuentagotas; si te pasabas con la dosis, no volvías a tener suerte en un mes. Si pretendías jugártelo todo a una carta, el as se alejaba más y más velozmente.
Su rostro se teñía de dulzura si de tus labios salían las palabras adecuadas, y no otras. Equivocarse con las palabras que susurras al oído es un error imperdonable.
Daba a raudales sin pedir nada. Bueno, tal vez un par de caricias... pero porque sabía que, en el fondo, les estaba haciendo un favor a los demás, que se morían por tocarla, por imaginarla, por creer que era suya durante unas horas... Otro error imperdonable: ella no era de nadie.
No podía. Si no, dejaba de ser ella en su plenitud. Ella regalaba el alma al peor postor porque del mejor se había aburrido ya. Y cuando se la devolvían, pesaba un poco más, apestaba a usado. Pero continuaba siendo el alma más caritativa que habrán visto nunca los ojos de ese poeta.

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