Sol. Arena. Tráfico sin control. Tus labios. El ruido de un martillo al golpear mi espera. Un rayo de soledad. Certezas eclipsadas por carcajadas. Tus piernas. Bullicio transeúnte. La palabra adecuada. Aprender de tus muecas...
Días que pasan, sin enumeración, sin control ni pausa; noches eternas en las que me relatas cómo se siente estar en tu piel; no sabes que sólo quiero rozarla... Dibujar, escribir mensajes confusos en tu espalda, trazar senderos con la yema de mis dedos, coger una pluma y saber que no volveré a ser la misma cuando me robes la tinta.
Tic, tic, tic... suena a constancia. No pretendo ser constante; lo que quiero ser es tu línea de inflexión, esa que separa lo eterno de lo que dura un segundo. No me digas que soy un mundo, no me digas que pagarías por tenerme, no me digas que no habría solsticio de invierno sin mirarme tres veranos enteros.
Aquí, ahora. Lo quiero todo. Lo quiero ya. Impaciencia desbordante, que cuanto más te acercas más se asoma. Y al tocarme, la piscina ya no está vacía; Casa ha tomado la forma de tus mejillas; la electricidad la conducen mis latidos; bum, bum, bum... como en una película de acción, siento que puede llegar esa explosión, y en cualquier momento me pierdo, olvido lo que es tener nombre, pero me encuentro de nuevo en el medio de tu hablar, que no para, que no comprende de tregua.
De nuevo me fulminan mis propios sentimientos, y cuando me quiero dar cuenta, ya es demasiado tarde. Dirección contraria y a pegarnos la hostia del siglo, que para eso hemos venido, que para eso te he conocido. Si quisiera estar entera, no habría vivido.
Tal vez ni yo misma sepa describirte. Yo, que me creía capaz de describirlo todo. Ahora me encuentro delante de un rompecabezas que me obliga a intentar descifrarlo, Quizás lo único de lo que tengo absoluta certeza es de que le pueden dar por culo a los deportes de riesgo si los comparo con quererte.
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