jueves, 18 de junio de 2015

Why is grandfather crying?

Golondrinas. Golondrinas que lo recuerdan todo a corto plazo. Golondrinas que cuando expiran, tiran todo lo bordado con delicadeza. Golondrinas que no ven el momento de dejar el nido, que revolotean inquietas mirando absortas la infinidad del horizonte crepuscular. Golondrinas que han venido para no quedarse, que dejan el rastro de sus garras bien hondo, que sólo han confiado medio segundo para tener un punto de apoyo desde el que retornar al vuelo. Golondrinas con las que soñarías en un millar de ocasiones, pero al conocerlas sus colores no son tan vivos como te los habían reproducido tus evasiones.
Golondrinas que saludan con un adiós, que te anticipan que están de paso. Repostamos y nos vamos, ¿te parece bien? No. Pues te jodes. Somos libres.
¿No es eso un tipo moderno de crueldad? El darlo todo a cada paso, incluso andar de traspié en traspié con una sonrisa enorme; el cautivar a todo aquel que se cruce en tu vuelo; el regalarle contados momentos de tu vida y hacerle ver que tendrá que seguir pagando la  factura el resto de la suya. ¿No es eso apocalíptico? No sé a qué te refieres. Lo que intento decir es que todo el mundo debería tener miradas guardadas en un rincón, un rincón al que sólo puedan asomarse las personas indicadas. Porque la intensidad de nuestras retinas se gasta si la usamos demasiado, si la usamos mirando a cualquiera que nos la alegre momentáneamente; si regalamos a la ligera lo mejor de lo que pretendemos transmitir, no tendremos nada nuevo que dar a esa persona, cuando llegue.

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