Sonreír acentúa las arrugas en el rostro. Entrecierra la
mirada. Crea ondulaciones, aunque temporales, en la piel. Y sin embargo, cuanto
más kilométrica sea una sonrisa, más embellecerá a su poseedor. Qué ironía. ¿A
qué se debe esto? ¿No debería surgir el efecto opuesto con todas las aparentes
imperfecciones que propicia su presencia? Por supuesto que no. Porque toda la
belleza que nos transmite una sonrisa no procede de ella en sí, sino de las sensaciones
que nos produce.
Algo por el estilo ocurre con las personas: formamos nuestra
propia imagen de alguien mediante lo que nos hace sentir, de forma que su
aspecto juega un papel secundario. Hay gente, dentro de la cual me incluyo, que
es capaz de ver mucho más aún teniendo los ojos cerrados. Mucho más de lo que
nos muestran. Mucho más de lo que creen que percibimos. Y esto no es más que el
resultado de una serie de percepciones que vamos modificando en nuestro
interior. Tomamos la imagen de alguien y la editamos haciéndola un poco
nuestra, fusionando los momentos vividos con el carácter: al igual que ocurre
con las sonrisas, nos quedamos con las sensaciones, en lugar de con la
realidad.
Emotivo, mejor descripición de esa percepción no la puede haber
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