domingo, 19 de febrero de 2017

Sonreír acentúa las arrugas en el rostro. Entrecierra la mirada. Crea ondulaciones, aunque temporales, en la piel. Y sin embargo, cuanto más kilométrica sea una sonrisa, más embellecerá a su poseedor. Qué ironía. ¿A qué se debe esto? ¿No debería surgir el efecto opuesto con todas las aparentes imperfecciones que propicia su presencia? Por supuesto que no. Porque toda la belleza que nos transmite una sonrisa no procede de ella en sí, sino de las sensaciones que nos produce.

Algo por el estilo ocurre con las personas: formamos nuestra propia imagen de alguien mediante lo que nos hace sentir, de forma que su aspecto juega un papel secundario. Hay gente, dentro de la cual me incluyo, que es capaz de ver mucho más aún teniendo los ojos cerrados. Mucho más de lo que nos muestran. Mucho más de lo que creen que percibimos. Y esto no es más que el resultado de una serie de percepciones que vamos modificando en nuestro interior. Tomamos la imagen de alguien y la editamos haciéndola un poco nuestra, fusionando los momentos vividos con el carácter: al igual que ocurre con las sonrisas, nos quedamos con las sensaciones, en lugar de con la realidad.

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