domingo, 6 de enero de 2013

Nothing to look for

No estamos programados para ser felices, ni siquiera para pensar en cómo alcanzar esa felicidad. No hay un mapa que nos pretenda guiar hacia un desayuno de limón o un beso de peluche.
-¿Más azúcar? 
-No, gracias, no tengo sed.
Y sin embargo seguimos caminando, aunque a veces nuestros pasos huelan a incertidumbre. 
-¿Qué buscas?
-El final.
-Ah, sí, le conocí en el instituto, me pareció majo.
-En cambio, a mí me aterroriza.
¿Y si te digo que no hay meta ni comienzo? Si tenemos que seguir respirando, por lo menos que huela a oportunidades. De esas que te llegan un jueves, a las doce de la noche, porque sí. Porque les apetece. Y entonces, ¡zas! Llega una idea, la lucecita se enciende, el mundo se ralentiza un poco más, ¿lo oyes?:
-Hey, me freno para dejarte pensar, pero date prisa, que los niños quieren montar en el tiovivo.
Tal vez no entiendas ni una palabra. Ojalá. Eso es lo que quiero. Entender las cosas es demasiado maduro. Mejor perderte… perderte en pensamientos que no tienen por qué seguir un guión, que no tienen por qué tener una finalidad. Simplemente pensar… o dormir. Como escribió un tal Shakespeare: dormir… tal vez soñar.

-Mira qué feliz parece cuando sonríe. Se me cae la baba…
-Pues a mí los dientes.
Será la edad, quizás. Sí. La edad de contar historias cuando a nadie le apetezca escucharlas.
-Es que, abuelo, le faltan ese toque de intriga.
-¿La vida te intriga, hijo?
-No.
-Pues las historias son la vida. Y deberías morirte de nervios por saber qué ocurrirá en el siguiente capítulo.
Mejor nos escondemos tras una salida de emergencia y hacemos que estamos perdidos. Nadie tiene por qué encontrarnos. Este momento es solo de aquellos que lo vivan. ¿Y qué hacer? ¿Por qué no contar latidos? El que acabe antes, pierde.

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