martes, 4 de octubre de 2016

<<Este es el quinto intento de triunfo.
He eliminado los cuatro anteriores. Y posiblemente también borraré algún que otro párrafo de este.
Desconozco la razón de llamarlo de ese modo, a lo mejor es porque sería todo un triunfo llamar tu atención, aunque solo fuera durante lo que tardes en leer estas líneas.
Me he equivocado. Tú también, pero yo más. He desperdiciado una enorme cantidad de ocasiones que no me apetece ni rememorar, por culpa de dudar demasiado. Por culpa de mi orgullo. Ocasiones en las que tenía a un par de centímetros tu cuello, ocasiones en las que me quedé callada en lugar de seguirte el juego. Ahora me encantaría tenerte delante, y quién sabe si entonces abriría al fin mi torpe boca para soltarlo todo. Yo creo que un par de miradas bastarían para darme fuerzas, si aún sigues con ganas de pasar horas y horas bajo la luz de Lorenzo sin nada más que hacer que no sea vivir, de amanecer sin reloj, de que la cama sirva para todo menos para dormir.
 De futuro no podría hablarte aunque quisiera, ni siquiera conozco el mío. Pero por qué cojones debería preocuparnos el futuro si aún no ha llegado. Estoy aquí, ahora. ¿Tú dónde? Lo único de lo que tengo absoluta certeza es de que no me perdonaría jamás no haberlo intentado, nunca sabemos si vamos a estar aquí mañana, sonará a tópico pero en realidad es una verdad de mal gusto.
Así que perdóname por tratar de saber cómo continúa una historia que pintaba tan intrigante... siempre he sido fan de los libros con continuación. Pero necesito una señal.>>
Arrugó de nuevo otra carta más. Pero esta vez no se molestó en coger un folio nuevo. Estaba harta de no hallar las palabras adecuadas. Sin embargo, se detuvo a pensar finalmente en la señal que esperaba.
Y la esperaba a pesar de no haber enviado la carta. La esperaba como espera el barco salvador un náufrago en alta mar.

lunes, 3 de octubre de 2016

2

Había nacido demasiado tarde. De hecho, era un milagro que hubiera nacido.
Todas las familias tienen una serie de etapas. En su familia, las celebraciones más pomposas, plagadas de personas célebres y literatos que resurgieron de debajo de las piedras, tras haberse ocultado durante tanto tiempo, y los acontecimientos más relevantes ya habían sucedido antes de que ella existiera. Era todavía demasiado pequeña cuando el siglo XXI entraba en escena; y, con él, sus hermanos, al igual que antaño sus padres, abandonaban la lucha por el cambio, hartos de descubrir tramas emponzoñadas, intereses ocultos bajo capas de cordialidad, y principios corruptos.
Se podría decir que creció envuelta en un halo de desesperanza, de suspiros y reproches. El panorama político que siempre se había cernido sobre las diversas ramas de sus allegados sirvió al menos para hacerle ver la oculta pero verdadera cara del mundo: desde pequeña, tenía plena consciencia de que ahí fuera, en la inmensidad del planeta visto por los ojos de una niña, se hallaban incontables personas con el único objetivo de engañarla, de modificar de un modo u otro sus aspiraciones, sus principios, de hacerla ir por caminos erróneos. La televisión, con sus platós, su continua publicidad, sus distintas versiones de la realidad que variaban según qué número del mando pulsara, no era sino una prueba más de que detrás se ocultaba algo.
La religión, con sólo ocho años, le resultaba tan contradictoria como ficticia. Le parecía una novela más, pero una que se creía demasiada gente. Hasta que se le ocurrió preguntar, pensaba que todo lo obtenido tras el cepillo iba dirigido a la ayuda de los niños pobres de África. Cuando descubrió la verdad, ni siquiera se sorprendió por haber hallado otra prueba más de que, muchas veces, lo que se predica a los cuatro vientos no se cumple.
Resultaba chocante tanto escepticismo en una niña todavía por formar. Tal vez fuera debido al deseo de sus padres por criar hijos capaces de desenvolverse con total resolución en un mundo lleno de minas. No obstante, Nuria fue siempre feliz. Aún siendo la menor de tres hijas y un primogénito, y habiendo una notable diferencia entre las edades de esta y los tres primeros, a Nuria jamás le faltó el héroe en el que inspirarse que constituía la figura de su padre, ni el cariño que enfundaban los consejos de su madre.
Alcanzada la mayoría de edad, decidió escapar del estado de dejadez en el que sus padres estaban ya acostumbrados a habitar. Resolvió que su vida no había hecho más que comenzar, y no podía rodearse de personas que vivían en el pasado. De forma que abandonó aquella casa, la casa que la había visto crecer, a la que no le quedaba ni un hueco de pared en el que no hubiera un cuadro, una fotografía, un artículo enmarcado. Una casa enorme llena de recuerdos, una casa que apestaba a pasado.

1

Nola era una mujer peculiar para su edad.
Hasta su nombre lo era, puesto que constituía el resultado de su propio paso por otras vidas, hasta que no quedaba de él más que la esencia que se le fue otorgada: Manuela-Manola-Nola. En un pueblo como ese, no resultaba desconocido para nadie. Tal vez se debiese a que la gente lo había querido así, puesto que en su origen era tan común que no podía bajo ningún concepto nombrar a una persona incapaz de pasar desapercibida.
Ella era la única que podía afirmar que se había criado allí: en esa plaza, jugando en el tobogán que presidía el jardín que había sido sustituido por baldosas de piedra. Ella había presenciado su evolución y, a sus cincuenta y largos años, relataba viejos hábitos y festejos entre sorbo y sorbo de caña, siempre con la mirada ausente, perdida entre años que no lograban hallar el camino de vuelta.
Nola era partidaria de arreglar las cosas en lugar de tirarlas. Aunque este modo de pensar contrastaba con su espíritu guerrillero: acostumbraba a exclamar que hay que romper, que hay que quemar, que hay que destrozar para que los que nos observan desde su cómodo respaldo presidencial sientan miedo, como lo sentimos nosotros cuando vemos que no llega el día treinta. Esta era una de las razones por las que se deshacía de rabia por la boca cuando expresaba sus ideales. Ideales que, con veinte años, tuvo que cobijar en lo más profundo del falso fondo de su armario, acobardados por la posguerra, ansiando la hora de salir. Mas, cuando lo lograron, los brazos ya no encontraban las fuerzas para alzarse, de modo que Nola apaciguaba su conciencia infundiendo en los clientes habituales del local (sobre todo en los más jóvenes) sus principios marchitos, su anhelo de justicia, y los invitaba a asistir en todas y cada una de las manifestaciones venideras. 
Se veía a leguas que era una persona a la que la edad no le hacía justicia. Todo lo que soltaba por la boca no era más que lo que pensaba en el momento, y no le importaba enfrentarse con quien hiciese falta, en la más larga de las peleas verbales, con tal de demostrarle que la razón iba en su bando.

domingo, 2 de octubre de 2016

Prólogo de un prólogo.

El señor sentado al fondo de la barra gira la cabeza hacia ambos lados con ademán indignado, mientras repasa las últimas líneas de la exclusiva de su habitual periódico.
Fuera, una pareja discute acaloradamente, sumergidos en uno más de sus encontronazos rutinarios. En el barril contiguo, otra pareja los escucha ensimismada, tratando en vano de ocultar las carcajadas que asoman por sus miradas. No es para menos: a ojos ajenos, la disputa tiene matices cómicos; incluso a los propios participantes de esta se les escapa alguna que otra risa entre puñal y puñal.
En la penúltima mesa de la terraza, la chica que ojea el móvil distraída alza la vista cuando oye el grito: "¡Imbécil, tómate la pastilla cuando te levantes y déjame en paz!". Ella también reprime una sonrisa, puesto que la frase la ha devuelto al pasado -en ocasiones, volvemos a instantes concretos que llevaban tiempo sin surgir dentro de nuestra mente-, a días viejos y noches jóvenes, en los que cualquier problema se asemejaba a una mera piedra en el zapato, para la cual sólo debía tomarse un minuto.
La camarera, en cambio, no presta atención alguna a la conversación, y con los oídos a rebosar de Leonard Cohen, imagina la historia del chico de la mesa tres, intrigada porque desconoce el título del libro que lee, aunque sí le resulta familiar el autor. 




jueves, 29 de septiembre de 2016

"Todos los poetas escriben mala poesía. Los malos poetas la publican, los buenos la queman."

Por la habitación, de una manera totalmente arbitraria, se amontonaban álbumes de fotos incompletos; libros con sus respectivos marcapáginas sobresaliendo por la página treinta; diarios en los que las aventuras todavía no conocían su final; zapatillas nuevas, sin estrenar, pero amarillentas por el paso del olvido; cigarros a medio consumir, aunque ya apagados contra la frialdad grisácea del cenicero; la cama estaba deshecha y los surcos de las sábanas parecían conformar el contorno de la figura que en su última mañana se había revolcado a regañadientes hacia el despertador; sobre el escritorio, se hallaba un incontable número de escritos en los que, más que palabras, destacaba la confusión que impregnaba cada frase tachada.
Aquel dormitorio componía a la perfección la vida y personalidad de su dueño: una sucesión de puntos suspensivos, de asuntos que ansiaban su desembocadura, como un río perdido entre valles que no logra hallar su mar para al fin descansar. Sin embargo, todo ese aparente desorden seguía una regla que escapa de cualquier convención mundana. Los libros, anclados para siempre en la trigésima página, representaban la firme convicción de jamás continuar algo que no logra seducir a la imaginación; los diarios nunca se llenaron, pues su cometido era el de simbolizar etapas que se fundirían con las siguientes, y bajo ningún concepto se debe dejar un pedazo de alma en el papel inadecuado.
Era la primera vez que abría su cuarto desde entonces. Y resolvió, con una última mirada antes de cerrar la puerta, que todavía no estaba preparado. Que las zapatillas seguían blancas.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Paulo Coelho, "Veronika decide morir"

"¿Qué era un loco? No tenía la menor idea, porque esta palabra era empleada de una manera por completo anárquica. Decían, por ejemplo, que ciertos deportistas eran unos locos porque deseaban batir récords; o que los artistas eran locos, porque vivían de una manera insegura, improvisada, diferente de todos los <<normales>>. Por otro lado, ya había visto a mucha gente que iba por las calles de Ljubljana, mal abrigada durante el invierno, predicando el fin del mundo y empujando carritos de supermercado llenos de bolsas y vestidos.
-No sé qué es un loco -susurró Veronika-, pero yo no lo estoy. Soy una suicida frustrada.
-Loco es quien vive en su mundo. Como los esquizofrénicos, los psicópatas, los maníacos. O sea, personas que son diferentes de las demás.
-¿Como usted?
-Seguramente -continuó Zedka, fingiendo no haber escuchado el comentario- usted ha oído hablar de Einstein, el cual dijo que no había tiempo ni espacio, sino una unión de ambos. O Colón, insistiendo en que al otro lado del mar no había un abismo y sí un continente. O Edmond Hillary, que afirmaba que el hombre podía ascender hasta la cima del Everest. O los Beatles, que hicieron una música diferente y se vestían como personas totalmente fuera de la época. Todas esas personas, y otras miles, también vivían en su mundo."

martes, 27 de septiembre de 2016

Out of society

Perdonadme si no me llena el concepto de felicidad que nos inculca la sociedad en la que no me queda otra opción más que vivir.
Perdonadme si el matrimonio, con sus largos vestidos blancos y parafernalia varia, me suena a palabrería barata.
Perdonadme si no persigo el ideal común de un amor con fecha de caducidad, en el que un hijo es una medida de supervivencia en lugar de un regalo.
Perdonadme si rechazo permanecer largas y tediosas horas sentada con mi pareja en una terraza sin nada que decir, como si allí mismo nos encadenara a la silla nuestro propio silencio, provocado por años de dejadez en los que parecía tener más relevancia comprar cosas que vivirlas.
Perdonadme por tratar de que los convencionalismos no encuentren sitio en mi modo de actuar. Siempre he sido así, lo normal me resulta aburrido, vacío; conozco su final sin siquiera experimentarlo en carne propia.
Lo siento. Me niego. Me niego a esperar a que lleguen las vacaciones: prefiero vivir día a día como si cada uno fuera diferente (que lo es); me niego a dejar morir lentamente lo que un día me hizo soñar tanto.
Quedaos con vuestras comedias románticas. Yo me quedo con mis finales abiertos.