viernes, 18 de noviembre de 2016

5

El futuro se parece a una tragaperras que no necesita monedas y que no cesa de girar. Cambiando la velocidad y el sentido, eso sí, en función de nuestras decisiones. Hasta la más insignificante puede torcernos el rumbo y cambiarnos los esquemas.
A lo mejor un día a Nola se le antoja ir a ese puesto del mercado que tiene las manzanas más naturales y apetecibles del mundo. A lo mejor conoce al chico que le sonríe cuando le entrega la bolsa. A lo mejor ese chico, con el tiempo, acaba por infundirle la confianza que creía perdida. A lo mejor crece como profesional y como persona, en parte gracias a él, en parte gracias a ella. A lo mejor logra el trabajo que siempre soñó, en el lugar donde siempre soñó dormir. A lo mejor ese chico pasa a ser una experiencia más del camino y llega el momento en el que se ve obligada a decirle adiós. Pero, aunque eso sucediera, la causa de su crecimiento siempre sería la misma: un día a Nola se le antojó ir a ese puesto del mercado.

Hay personas que no están destinadas a quedarse con nosotros, sino que aparecen en nuestras vidas para dejarnos su huella intercalada con una lección. ¿Cuál es el objetivo de esto? Aprender y avanzar.

jueves, 17 de noviembre de 2016

También hay cosas que me sacan de quicio.

La gente intransigente que exige empatía.
Los halagos falsos sin razón de sí.
Un albañil de derechas. Uno no. Muchos.
Que no se vaya la luz una noche de tormenta.
Los prejuicios propios del que nunca ha cambiado de zapatos.
Mantener la calefacción al máximo para crear un verano invernal.
Los futuros que jamás se tornarán presentes.
Que alguien se ponga en modo avión cuando le estoy revelando sensaciones que nunca antes había exteriorizado.
Que el tarro de la sal se parezca tanto al del azúcar y que yo me despierte tan dormida.
El mejor momento de la canción interrumpido por un diálogo banal.
Hacer la mochila para escapar a la playa y que comience a llover.
Perder cuando sé que podría haber ganado por goleada.
Los tiempos en condicional. Y lo que conllevan.
No poder deshacer nunca del todo la maleta.
Haber perdido la <<lista de cosas que hacer antes de morir>> garabateada a los quince. Habría tachado un par de experiencias.
Que alguien aumente el volumen de la televisión porque se grita en lugar de hablar.
El recuerdo que me prohíbe concentrarme.
Los lunes que sólo son lunes.

La cantidad de susurros que permanecerán anclados en una esquina recóndita de la avenida que rodea lo que pudo ser y no será.
(...)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

“-Doctor, puede decírmelo –insistió ella-. Ya no tengo miedo, ni indiferencia, ni nada. Tengo voluntad de vivir, pero sé que esto ahora no basta y estoy resignada con mi destino.
-Entonces, ¿qué es lo que desea?
-¿Cuánto tiempo me queda? –repitió Veronika, mientras la enfermera le ponía la inyección.
-Veinticuatro horas. Quizá menos.
Ella bajó los ojos y se mordió los labios, pero se controló.
-Quiero pedir dos favores. El primero es que me dé un medicamento, una inyección, lo que sea, para que me mantenga despierta y aproveche cada minuto que me reste de vida. Tengo mucho sueño, pero ya no quiero dormir; tengo mucho que hacer: cosas que siempre he dejado para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna; cosas por las que perdí interés cuando creí que la vida no valía la pena.
-¿Cuál es su segunda petición?
-Salir de aquí y morir allá afuera. Quiero subir al castillo de Ljubljana, que siempre ha estado ahí y nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Quiero conversar con la mujer que vende castañas en el invierno y flores en la primavera. ¡Cuántas veces nos hemos cruzado y nunca le he preguntado cómo se sentía! Quiero andar por la nieve sin abrigo, sintiendo el extremo frío, yo que siempre anduve bien abrigada, para no resfriarme.
>>En fin, Dr. Igor, quiero que la lluvia me dé en la cara, sonreír a los hombres que me interesan, aceptar todos los cafés que me inviten. Tengo que besar a mi madre, decirle que la amo, llorar en su hombro, sin vergüenza de mostrar mis sentimientos, que siempre existieron pero los oculté.
>>Quizá entre en la iglesia, mire las imágenes que nunca me dijeron nada… y a lo mejor me dicen alguna cosa. Si un hombre interesante me invita a un cabaret, lo aceptaré y bailaré toda la noche, hasta caer exhausta. Luego me iré a acostar con él, pero no como lo he hecho en otras ocasiones. Quiero entregarme a un hombre, a la ciudad, a la vida y, finalmente, a la muerte…”


“-En la catedral de Florencia hay un reloj bellísimo, diseñado por Paolo Uccello en 1443. Pero este reloj tiene una curiosidad: aunque marca las horas como los demás, las manecillas van en sentido contrario.
-¿Qué tiene que ver esto con mi enfermedad?
-Para allá voy. Paolo Uccello, al fabricar este reloj, no trataba de ser original. En realidad, en aquel momento había otros relojes así y otros cuyas manecillas iban en el sentido contrario que hoy conocemos. Por alguna razón desconocida, quizá porque el duque tenía un reloj cuyas agujas marchaban en el sentido que hoy conocemos como <<correcto>>, este fue el sentido que se impuso como único y el reloj de Uccello pasó a ser una aberración, una locura.
>>Ahora vayamos a su mal: cada ser humano es único, con sus propias cualidades, instintos, formas de placer, búsqueda de aventuras. Pero la sociedad termina imponiendo una manera colectiva de actuar y la gente no se detiene a preguntarse por qué hay que comportarse así. Lo aceptan y ya, como los dactilógrafos aceptaron el hecho de que el QWERTY era el mejor teclado posible. ¿Ha conocido a alguien en toda su vida que se haya preguntado por qué las manecillas del reloj marchan en una dirección y no en sentido contrario?
-No.
-Si alguien preguntara, seguramente escucharía: <<¡Está usted loco!>> Si insistiera en la pregunta, los demás tratarían de encontrar una razón, pero enseguida cambiarían de tema, porque no hay ninguna razón, salvo la que le he explicado. Ahora, volvamos a su pregunta. Repítala.
-¿Estoy curada?

-No. Usted es una persona diferente y quiere ser igual. Y esto, según mi punto de vista, se considera un mal grave.”

lunes, 14 de noviembre de 2016

"Una tarde pasó frente a la estatua de Preweren, el gran poeta esloveno, y comenzó a reflexionar sobre su vida. A los treinta y cuatro años, él había entrado cierta vez en una iglesia y vio a una joven adolescente, Julia Primic, por la que se apasionó perdidamente. Como los antiguos trovadores, le escribió poemas, con la esperanza de casarse con ella.
Resultó que Julia era hija de una familia de la alta burguesía y, salvo en aquel encuentro fortuito en la iglesia, Preweren nunca consiguió acercársele. Pero aquel encuentro le inspiró sus mejores versos y creó la leyenda en torno a su nombre. En la pequeña plaza central de Ljubljana, la estatua del poeta mantiene los ojos fijos en una dirección: quien siga su mirada descubrirá, del otro lado de la plaza, un rostro de mujer esculpido en la pared de una de las casas. Allí moraba Julia. Preweren, incluso después de muerto, contempla por toda la eternidad su amor imposible.
¿Y si él hubiera luchado más?"

"Eduard sonreía, quizá sin entender ni una palabra de lo que le estaba diciendo. Pero ella se acordó del Dr. Igor: los esquizofrénicos podían entrar y salir de sus separadas realidades.
-Yo voy a morir -continuó, con la esperanza de que sus palabras fueran comprendidas-. La muerte ya rozó hoy mi cara con sus alas y tocará a mi puerta mañana o después. No tienes que acostumbrarte a oír el piano todas las noches.
>>Nadie se tiene que acostumbrar a nada, Eduard. Mira: yo estaba disfrutando de nuevo del sol, de las montañas, de los problemas y hasta estaba aceptando que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie, salvo mía. Quería volver a ver la plaza de Ljubljana, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas simples y tontas que forman parte de lo cotidiano, pero que dan gusto a la existencia. Si algún día llegara a salir de aquí, me permitiría ser loca, porque todo el mundo lo está y aún son peores aquellos que no saben que lo están, porque no hacen más que repetir lo que los otros ordenan.
>>Pero nada de esto es posible, ¿entiendes? Por lo mismo, no tienes que pasarte el día esperando que llegue la noche y que una de las internas toque el piano, porque esto pronto acabará. Mi mundo y el tuyo se están acabando."

jueves, 10 de noviembre de 2016

"La utilidad del pasado está en quedarse atrás."

Tenemos la extraña afición de volver a los mismos sitios cuando regresamos a una determinada ciudad. Nos encanta pasear por ellos y que nos invadan los recuerdos en cada esquina. Encantar, a lo mejor, no es la palaba adecuada. Pero lo buscamos, aunque en la mayoría de las ocasiones sea nocivo, sentimos la necesidad de volver a mirar en la misma dirección y ver lo mismo, a pesar de que todo haya cambiado. Es entonces y solo entonces cuando nos cercioramos de que el reloj no ha dejado de contar por muy larga que sea nuestra ausencia. Y cuando miramos el escalón, el parque, la cervecería o el puente de nuestra añoranza, sentimos que ya no son los mismos, porque ya no son nuestros.  
Considero un error la necesidad que nos apremia a retornar a los lugares que antaño parecían guardar nuestro nombre. La alternativa más adecuada siempre será conocer nuevos senderos, y dejarse un pedazo de corazón en cada uno de ellos; no prometer en las despedidas, simplemente aprovecharlas porque presagian un final.

No hay nada que salvar en la nostalgia. La nostalgia se sustenta a base de pasado. Y si nos dejamos seducir en exceso por ella, nos pasaremos la vida con la mirada perdida.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Winter

´Creo que hay pocas sensaciones tan reconfortantes como pasear por una ciudad que acaba de ser acariciada por la lluvia. Todo es diferente sin cambiar en absoluto. Hasta tú lo eres. También tú te renuevas, de alguna manera, con la lluvia. Sobre todo al observarla caer a través del cristal. O cuando te moja, cuando te cala hasta los huesos, para llegar a casa y quitarte los zapatos nada más entrar, y que alguien aparezca de pronto con una toalla, y que la ropa vuele y la toalla también, y que de pronto te olvides de que estás helada. Porque ya no lo estás.

sábado, 5 de noviembre de 2016

No sé hacia dónde debemos dirigirnos. A veces me cuesta diferenciar entre perder tiempo o aprovecharlo. A menudo mis noches se convierten en días y pasan a ser estos los que me confunden. No sé si tomar un determinado camino me llevará a perderme otro todavía mejor. De momento no tengo ni idea de si debo capturar, escribir o crear sensaciones, ni si en lugar de eso mi futuro está en intentar que la marea no suba todavía más. Voy dando pasos de ciego, tropezando algunas ocasiones, encontrándome otras, pero suelo salir ilesa.

Aunque elegir siempre ha sido lo más duro. Porque mientras no lo hagas, todo sigue siendo posible.